miércoles, 3 de abril de 2013
Greg Shaw y su búsqueda de las raíces del Powerpop
sábado, 24 de marzo de 2012
Los chicanos que se convirtieron en estrellas: Thee Midniters
jueves, 10 de noviembre de 2011
Creer es poder y otras historias religiosas
Billy Nicholls - Would You Believe (1968)
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| Billy afirmando que las patatas no se pueden poseer |
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| Soy capaz de poner esa cara, me ocurre siempre que intento que se me entienda por un telefonillo |
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| Hacer la tempura con agua helada. Es el consejo de Billy para cocineros aficionados |
Pero llegamos a la pregunta que habéis estado esperando: ¿se consiguió el objetivo?, pasar las melodías de bolsillo de los Wilson por un filtro de té de las cinco (atentos, de un momento a otro se disparará la alerta de tópicos). Pues sí, pero no; desde luego tiene unas estupendas semejanzas con la magna obra nacida en 1966, pero quizás Would You Believe se encuentre más cómodo entre otras referencias como Saggitarius, The Millenium, Graham Gouldman... orfebres del pop que seguramente hoy sobrevivan como soldados de fortuna. En cualquier caso hablamos de un álbum que contiene alguna de las mejores canciones de pop de colorines que puedes encontrar en los años 60, una orgía de melodías y arreglos que comienza de manera magistral con la canción que da nombre al disco (y la única no compuesta por Nicholls), 'Would You Believe' con un crescendo instrumental tremendo que hubiera tenido el mismo efecto en Mona Simpson que las patillas de Joe Namath y que cuenta con el estupendo contrapunto de Steve Marriot en la voz. 'Come Again', el siguiente corte presenta un estilo completamente distinto, con Nicholls disparando una tremenda melodía acompañado solo por una guitarra acústica, a la manera de Ray Davies y vestido con camisa de Saville Row. 'Life Is short', por el contrario ya da rienda suelta a las intenciones del álbum: base rítmica con influencia del Soul, armonías de voces potentes y el sonido del teclado de juguete tan prototípico de estos años.
Este disco tiene poderes, se lo aseguro. Les puedo contar la historia de un chaval muy majete con el porte de Dom Mariani y la determinación ante los contratiempos de José Antonio Camacho que empezó pasando la escoba por su casa mientras ponía el disco por primera vez para "ver qué tal" y terminó subiendo el volumen, sentado en su sillón favorito y disfrutando del disco con cara de absorción de largas cadenas de ADN y una cervezuela en su mano. Todo en una transición tan suave que ningún efecto del Power Point podrá igualar nunca. Culpables de esto: la majestuosidad de 'Feeling Easy', con un areglo de cuerdas que pone todo el talento de John Paul Jones al servicio de la magnífica composición de Billy. A destacar su efecto lisérgico, esa maravillosa sensación de estar tocado con franca letanía. Igualmente inolvidable es la pegadiza 'Daytime Girl', con tantas capas de voz y arreglos superpuestos que transita con gran acierto entre los mejores momentos de The Left Banke y The Zombies. Caza mayor, amigas y amigos. 'London Social Degree' muestra hasta qué punto Oldham tenía asumida la idea de crear un mini muro de sonido en cada canción. ¿Qué podemos meter en el puchero? Pues unos cuantos teclados barrocos, guitarras con todo tipo de efectos psicodélicos, voces etéreas, percusión, lo que haga falta y en cantidades industriales. Un tipo de producción que solo está al alcance de algunos privilegiados capaces de "ver" la musica en cuatro dimensiones, exactamente el mismo efecto que consigue Christopher Lambert cuando se concentra de verdad en un punto fijo.
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| Las cerillas de "Bar Manolo, buen trato y comida casera" han patrocinado esta entrada |
Sin marcharnos de Londres, Nicholls, ofrece un final de disco más introspectivo (traducción, más 'pa dentro'), primero vuelve a hacernos de guía turístico valiéndose de su voz, a mitad de camino entre la ternura y lo espectral con 'Portobello Road' y después se pone por delante de sus coetáneos con 'Question Mark' o 'Being Happy' ofreciendo un compendio de cómo hacer una canción de pop en menos de 3 minutos con multitud de detalles para la desgustación de oreja: ojo a los cambios de melodía y los licks de guitarras pinza ligamentos. El disco se cierra con dos obras maestras, 'Girl From New York' que se beneficia de una guitarra llena de testosterona de Steve Marriot en claro contraste con la voz de Nicholls y 'It Brings me Down', que es con mucho la más oscura y desgarradora pieza del vinílico elemento, pero que tampoco se priva de contener un estribillo irresistible y una coda final hija de una época donde, por increíble que parezca, se prefería el papel celofán de colores al desenfoque gaussiano.
En cierto modo Would You Believe podría compararse con el origen del champán, tanto uno como el otro nacieron con una intención de conservar el mejor aroma, pero la resultado final de ambos tuvo resultados imprevistos: en el caso del disco, no consiguió ser Pet Sounds, pero a cambio es una de las mejores pruebas de pop psicodélico de la historia (y por el que se llegaron a pagar fortunas hasta su reedición) y en el caso del champán, no fue un gran vino, se llevó consigo el ojo de algún monje curioso que quiso comprobar ese tapón "que no dejaba de moverse" más de cerca, pero hizo que los triunfadores de eventos deportivos no tuvieran que hacer la gracia con zumo de naranja, que deja unas manchas horribles. En cualquier caso, tanto los monjes de Champange como el bueno de Andrew 'Loog' Oldham tuvieron fe, igual que ustedes deberían tenerla en nosotros, no en vano este blog se creó con la intención de ser una referencia en labores y bordados y miren cómo hemos acabado.
Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein
sábado, 7 de agosto de 2010
El gran legado de la oveja negra

Pero no crean, también existen despistes en el ámbito musical, una lista interminable de conciertos que te perdiste porque "pensaste que las entradas no se agotarían tan rápido" o de discos de ediciones especial no reeditadas que podían esperar un día más en la tienda y que fueron a la estantería de otro (desde aquí un saludo, oh enemigo anónimo). En este nivel musical del que hablamos podría tener perfectamente su hueco el disco del que soltamos chorradas hoy, el nunca suficientemente ponderado Pacific Ocean Blue de Dennis Wilson. ¿Por qué podría formar parte este disco de esta clasificación de olvidos que me he sacado de la manga? (en un truco de polichinela que haría palidecer de envidia a Krusty el payaso), pues porque se trata del primer disco que salió al mercado de un Beach Boy en solitario y, más aún, no se trataba de un disco de Brian. Quién podía decir que no había dado por hecho que el primer disco de la familia sería de su miembro aparentemente menos dotado musicalmente, más rebelde y desinteresado por la música. Vamos, quiero ver esas manos. India no se me esconda...
Brian y Dennis en el psicotécnico del primero. Aquí también le hubiéramos dado el carné aunque no viera tres en un burro, no se preocupen.Aunque estamos aquí para hablar de la música, no quería dejar de aprovechar este momento para hablar de un libro (al estilo Umbral) y es que por más que este humilde servidor les cuente, todo lo que quieran saber sobre los fabulosos Beach Boys y la fascinante (y también algo triste) historia de Brian Wilson se encuentra en el estupendo libro que José Angel Gónzalez Balsa escribió hace unos años y que es uno de los tratados más completos, subyugantes y entretenidos que he tenido sobre mis dos pies (sí, cada uno lee como quiere), autor al que tengo un aprecio especial por ser capaz de poner un título tan largo para algo, para uno que no sabe escribir sin subordinar algo, casi puedo decir que he encontrado un hermano.
Parece ser que el poncho fue indispensable para grabar un disco tan bueno como este. Yo de momento he encargado ochoDennis utilizó el estudio que tenía en Santa Mónica junto a Carl para sacar adelante sus canciones, alejadas del estilo surfero, densas, adultas, con un trasfondo musical que podía ir desde una tierna balada a piano, pasando por influencia del góspel. Un disco muy ambicioso que suena unas cien millones de veces más interesante que todo el material de los Beach Boys de la época y que ha envejecido de manera excelente gracias a unos arreglos arriesgados y un fondo musical tupido y hecho con mimo. Una obra maestra de aquel que sólo era el guapo del grupo (estigma que algunos tenemos la suerte de no soportar) y que que en realidad ocultaba un carácter sensible y apasionado bajo una máscara de minihostilidad, como Maude en los Simpsons.
Pero aunque sólo hablemos de Dennis, lo que hace tan especial este disco son sus canciones, tratadas con delicadeza de artesano y con colaboraciones de lujo que hacen que luzcan tan esplendorosamente como 'River Song', majestuosa pieza de gospel que va creciendo de manera progresiva hasta alcanzar cotas de disfrute máximas gracias a la profunda voz de en contrapunto con el coro y unos metales tremebundos. Una sutil y subyugante mezcla de Rock, Gospel y Funk. ¡La bomba! El disco sigue carburando gracias a 'What's Wrong', canción que tiene una deuda evidente con las canciones de Brian, pero que está llevada por un camino diferente. Aquí no hay armonías perfectas, pero sí una conjunción casi mágica de piano y metales (dos constantes durante todo el disco), una muestra de música animada que contrasta con la intimidad de 'Moonshine', influida directamente por la relación de amor y odio que Dennis tenía con su mujer en esos años. Siguiente canción, siguiente contraste. Una intro que recuerda a The Band y su Chest Fever, seguida por guitarras fronterizas tipo Ry Cooder y una gran melodía cantada con fuerza por Dennis, es 'Friday Night', agresiva canción que termina mezclando oportunamente con 'Dreamer', un Funk 'arrastraó' en el que bajo y la cantidad de teclados (con un Fender Rhodes magnífico) se te pegan al cuerpo de manera irremisible. Cuando decimos que este disco es moderno, además de por levantar polémica (si todo sale bien iniciaremos un hábil estratagema para conseguir más visitas al blog diciendo que Ninette y un señor de Murcia no es más que un plagio descarado de Kill Bill) es porque hay que recordar que estábamos en 1977, época donde el pop estaba reinventándose a sí mismo, el progresivo dilatando sus últimos años y el punk en la cresta de la ola. Dennis consiguió unir estilos y crear el suyo propio tomando las clases magistrales del pop que había aprendido en casa Wilson mezclándola con funk o jazz, adaptándola a su propia voz hasta crear paisajes tan sentidos e interesantes musicalmente como 'Thoughs of You'.
Servidor: Megaupload. Contraseña: peluquin
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Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein
domingo, 30 de mayo de 2010
Cuando el equipo B se convierte en el A
En determinadas ocasiones, normalmente tan determinadas que suele ser "una y no más Santo Tomás" se produce una confluencia de factores que hacen florecer facetas inéditas de uno revelando indefectiblemente algo que nadie podía prever. Me refiero a esos momentos donde nadie da un duro por nosotros, pero al final conseguimos llevarnos brillantemente el gato al agua ante la incredulidad del respetable (normalmente estos momentos pasan a cámara lenta y con música épica, pero sólo si se está en una peli de Michael Bay). Decir, además, que esos instantes de satisfacción personal saben siempre mejor si se vive a la sombra de un líder que lo sabe todo y que es capaz de las genialidades más absolutas con tan solo arquear una ceja.
Algunos ejemplos de lo que les comento: la conversión de los Breavers de 'Teen Wolf' en los Bulls de Jordan cuando todos en el equipo se dan cuenta de que no necesitan los poderes lobunos de Michael J. Fox. Otro, el partido que gana el Niupi con un gol con la cara de Bruce Arper mientras Olivier se resentía de su enésima lesión en el hombro o, mi favorito: las series secuela de los Simpson, con la irresistible historia del Jefe Wiggum como investigador privado en Nueva Orleans.
¡Sapristi! Gente con barba en el bosque, uno canadiense y otro rubio. Si no se trata de Crazy Horse, tienen que ser los seis enanitos (el árbol cuenta, por supuesto) Aunque si hay que destacar un momento, en términos estrictamente musicales, que refleje de manera directa lo que queremos decir (y que no sea una historia de ficción) nos quedamos con Crazy Horse, el disco homónimo que sacó Crazy Horse al mercado poco después de unir su nombre al de Neil Young para los anales de historia, convirtiendo a Neil Young & Crazy Horse en una marca de fábrica que dura hasta nuestros días (si después de esta sopa de letras nominativa no les duele la cabeza lo más mínimo, les recomiendo que vayan a Cifras y Letras, que se llevan el premio gordo.
Crazy Horse, el grupo, nació en la soleada california, formado por el talentoso guitarrista y compositor Danny Whitten, el bajista Billy Talbot y el baterista Ralph Molina como núcleo del grupo. Su primera formación, que data de 1962, se mantuvo con el nombre de Danny & The Memories el suficientemente tiempo para darse cuenta de que el nombre no funcionaba y cambiarlo por The Rockerts (aunque no fue sólo su identidad la que cambiaron, ya que consideraron que los grupos vocales no vivirían su apogeo hasta los 80, con los Solfamidas, de modo que se pasan al Rock&Roll) El grupo, que en esos momentos cuenta con cinco miembros estables y un violinista para escenas peligrosa, debutan con un álbum homónimo (muy estimable) que puede encontrarse buceando por blogs ajenos.
Las fotos de calidad 'variable' y el desenfoque gaussiano ha hecho milagros por la carrera y autenticidad de muchos grupos. The Rockets fueron hijos de su década, adoptando el pop psicodélico tan de moda entonces y estableciendo su campo de operaciones en San Francisco, cuna de todas las cosas que molaban, excepto de la bomba que bota, patrimonio y orgullo de Manchester. En su sonido, ya destacaba el muro rítmico de Talbot y Molina, así como el talento de Whitten escribiendo canciones. características que no pasaron desapercibidas para Neil Young quien, en 1968, y tras un par de actuaciones e improvisaciones de prueba les propuso convertir al trío en su banda de acompañamiento, de la misma manera que caían las broncas en casa cuando eras el pequeño de una larga saga familiar (en orden descendente en edad y ascendente en la fuerza de la colleja que te tocaba).
Young contó con el grupo para su siguiente disco, el gran Everybody Knows This Is Nowhere, con unas profundas y marcadas señas de identidad: melodías infalibles, largos trabajos de guitarra que perdurarían en el sonido de Young y que producen una digestión lenta en el oyente, casi tanto como una comida con pacharán de postre,. Con este disco se iniciaba una de las más longevas y discontinuas asociaciones de la historia de la música.
Como decimos, Neil comenzó a jugar al sile/nole con los Crazy Horse. Contó con ellos en Everybody, luego cambió de aires uniéndose a Crosby, Stills y Nash en el legendario Déjà vu, contando con el grupo de nuevo en su siguiente disco en solitario: After the Gold Rush, pero sólo en tres canciones. El grupo, por su parte, no pierde el tiempo y mientras Neil saltaba de flor en flor, ellos reclutaban a dos secundarios de lujo del mundo musical: Jack Nitszche (mano derecha durante muchos años de Phil Spector, tanto que hasta se me parecen físicamente), fino productor y arreglista de algunos de los temas más grandes de la música y al guitarrista Nils Lofgren, al que Bruce Springsteen debe parte de su sonido con su banda. Con el apoyo de Young en algunas composiciones y la producción de Bruce Botnick (Love, The Doors) configuran un debut que nada tiene que envidiar al trabajo de Young de esos años.
El disco es una colección de temas que beben de varios estilos y que cuentan con al menos tres voces principales. Una fórmula arriesgada, pero que aquí funciona de manera muy cohesionada, tan difícil de conseguir como una bechamel sin grumos (se agradecen comentarios respecto a esto, razón: cocinero inexperto, pero con voluntad). Así, Crazy Horse sorprende con el pop danzarín de 'Gone Dead train', con su estupendo trabajo de bajo y un estribillo a tres voces realmente irresistible. 'Dance, Dance, Dance', es una de la canciones que Young cedió al grupo, festiva y con con fiddle autóctono, nos muestra otra faceta más del grupo. El pop de gran armonía vocal es rescatado en 'Look at all the Things' de Whitten, que da paso a 'Beggars Day', que firma Nils Logfren y que cambia el tercio, ofreciendo un sonido ampuloso. Por no romper la tónica de encontrarnos con grandes temas en diversos estilos, Whitten escribe y canta 'I Don't Want to talk About It', balada de las que dejan poso y que no necesita de mecheros encendidos para tocar la fibra sensible (con el slide de Ry Cooder es suficiente). Más famosa por la versión que hizo Rod Stewart, pasará a la historia (o no) por ser una de las canciones favoritas de Rob Fleming, el prota de Alta Fidelidad (versión libro). El pulso del caballo desbocado se recupera con 'Dowtonwn' que cuenta con un gran trabajo de los dos guitarristas del grupo, lo que se repite en 'Dirty Dirty' o 'I'll Get By'. Jack Nitzsche es el último en sumarse a la fiesta, pero entrega dos grandes gemas pop: "Carolay" y "Crow Jane Lady", preciosistas y de estructura sorprendente, funcionan como canción pegadiza y como dato para saber cuándo un grupo puede ofrecerte más de lo que esperabas.
El disco termina dejando una sensación de hacia dónde podría haberse desarrollado la música de Crazy Horse que lamentablemente nunca pudo llevarse a cabo (Whitten perdió sus mejores años en la heroína y murió poco tiempo después), aunque Molina y Talbot lo volvieron a intentar una año más tarde con Loose (del que hay variopintas opiniones según el crítico influyente al que sigas) y posteriormente con At Crooked Lake.
Fue una lástima que este grupo (formado por secundarios en esto de la música) no pudiera repetir esta fórmula y haber seguido entregando buenas canciones, pero no creo que ninguno de los participantes (que han tenido sus momentos de estrellato y gloria pero siempre de manera muy moderada) cambiara la creación de momento tan glorioso como este disco por cualquier otra cosa (a menos que se ofreciera un aparato para tener razón siempre, por el cual vendería mi alma, dos veces). De hecho, si lo pensamos fríamente, no sé si yo mismo cambiaría un momento de gloria por un montón de momentos medianos, más aún si tenemos en cuenta lo que significa mediano para según qué personas, pero ejemplo, para Zara significa que careces de hombros, tienes cintura de avispa y pecho palomo. Si eso es mediano, perdónenme, pero me quedo con este disco y con mi perfil Bertín Osborne.
Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein
lunes, 21 de septiembre de 2009
Caminando se llega más rápido

La historia biográfica y cronológica de los Ventures comienza en las frías tierras del estado de Washington, Pacific Northwest americano (otra vez), corren los felices años cincuenta y Bob Bogle, un joven aficionado a la guitarra eléctrica acude a una tienda de coches en busca de un dichoso Chevrolet del 83 (sí, ya sé que es una relación espacio-tiempo algo confusa). El dueño del parque móvil es el señor Wilson, que con un gran carisma y simulando el ruido de un látigo consigue que Bogle se lleve un coche y conozca a su hijo, Don Wilson, otro aficionado guitarrista y colega desde entonces del bueno de Bob, con el que quedarían para aprender a tocar.
Tocando juntos, tanto Bogle como Wilson logran un éxito escandaloso por la indiferencia con la que eran recibidos en los bares y clubes del noroeste, quizás el nombre del grupo (The Versatones) y el dúo formado no despertaban el agrado del público. Se hacía necesaria la compañía de más músicos, por aquello de repartir los bostezos del público, y para ello se une al grupo un bajista de esos que terminan toda su vida en el grupo, Nokie Edwards. Lo cierto es que el éxito seguía siendo esquivo, hasta un golpe de gracia motivado por una buena elección discográfica en la estantería de la casa de la familia Bogle. Allí encontraron una canción originaria del jazz, pero interpretada por el cantante country Chet Atkins llamada “Walk Don´t Run”, que aunque pudiera parecer un anuncio de Nike, no es así (por aquella época ni la marca, ni las fábricas vietnamitas existían). El grupo decide reinterpretarla de otra manera, con Wilson haciendo de guitarra rítmica, Boogle como enérgico solista y Skip Moore como baterista para la ocasión. La falta de contratos discográficos hace que el grupo decida grabar la canción sin ningún sello que les apoye en los estudios locales de Seattle, con todo un lujo de comodidades: un dos pistas para registrar una canción histórica. Tras sonar como cabecera en un noticiario de la radio local de Seattle, mucha gente pregunta por esa sintonía y el grupo consigue al fin un contrato con Dolton Records (precisamente una de las compañías que les rechazaron anteriormente) que se encarga de la distribución nacional de la canción, alcanzando en pocas semanas el número dos en el Billboard.
A partir de este “Walk Don´t Run”, el grupo contrata a un batería que no fuera temporal, Howie Johnson, y la producción de discos empieza a ser morrocotuda, tanto que hasta la salida del grupo de Johnson en 1962 se llegan a sobrepasar la decena de vinilos y una basta cantidad de singles que aparecen continuamente en las listas de éxitos americanas copando varios puestos en las mismas de forma simultánea. A destacar de la primera época canciones como “Perfidia”, “RAM-BUNK-SHUSH”, “Apache”, “Silver City” o “Lullaby Of The Leaves”. Precisamente el fatal accidente de coche que provoca el reemplazo de Johnson por Mel Taylor en las baquetas motiva los cambios más sustanciales del grupo, la formación más clásica de los Ventures se completa con el intercambio de instrumentos que realizarían Nokie Edwards pasándose a la guitarra y Bogle al bajo. De esta manera el grupo va adaptando su sonido a los nuevos tiempos con un poco de Surf por allá (“Wipe Out”, “The Twomp”, ”Driving Guitars”), un poco de Spaghetti Western por acá (“Diamond Head”, ”Hang On Sloopy”), experimentaciones sónicas muy propias de la época (“Telstar”) o un montón de versiones de las canciones más conocidas del pop sesentero, que van desde “Hey Jude” a “Satisfaction” o “Bridge Over Troubled Waters”. Lo que nada cambia son unas inconfundibles portadas (publicidad encubierta de Fender en casi todas) y la inabarcable cantidad de discos editados, siguiendo la misma línea de éxitos anterior, que como se puede ver en la web oficial del grupo rayan a la altura del Alce Pulcro del Señor Burns.

A finales de los sesenta las tendencias musicales habían evolucionado hasta la psicodelia, y aunque los Ventures estaban asentados en las entrañas de la música popular americana era una aventura digna de Miguel de La Cuadra Salcedo mantener un cierto nivel de ventas y un estilo de Rock and Roll instrumental que estaba estancado (pero, no, en este caso no fueron los cuartetos vocales los que llenaron el vacío). “Hawaii O´Five” sería el último éxito del grupo, pero su influencia no ha hecho sino más que crecer: siguen dando conciertos manteniéndose en el grupo Wilson, Edwards y Leon Taylor (hijo del baterista Mel); en Japón son idolatrados hasta tal punto que los rumores sitúan las ventas de discos en el país nipón al nivel de The Beatles y la banda sonora de Godzilla, juntos; la enciclopedia británica les cita como una de las grandes influencias en los grupos de Rock; muchos guitarristas como John Fogerty, Van Halen, Steve Ray Vaughan, Gene Simmons (inspirador de Tomás Verléin para su vestimenta diaria), Jeff Baxter o el guitarrista de un grupo de Liverpool, George Harrison, han citado el sonido Venturiano como una influencia en sus inicios. En la web del grupo tienen una completa lista de méritos en la larga trayectoria de los chicos de Tacoma.
Al pinchar en el enlace de abajo puede ocurrir que éste no funcione (seguramente tu empresa no tolera empleados poco productivos) o que si lo haga; si es así, encontrarás un curioso recopilatorio donde hemos mezclado las canciones más conocidas de los Ventures con algunas versiones instrumentales bastante reconocibles. Es posible que no esté todo lo que debería, pero es lo que hay y no hemos dado para más, pero como decía Jebediah Springfield: “Un espíritu noble ensanchece al hombre más pequeño”.
martes, 5 de mayo de 2009
El padrino del punk

Johnny Thunders - So Alone (1978)
Quizás muchos de ustedes no me entiendan, pero llegado todo momento en la vida uno comienza a plantearse qué personaje podría encarnar si estuviera en una cárcel de película americana. No se pregunten que si estamos locos, es evidente. El caso es que mi compañero 61&49 tiene claro que él sería un conseguidor, a imagen y semejanza de Morgan Freeman en Cadena Perpetua. Sólo que en el caso de mi numérico amigo habría que darle un vinilo de 7" para que nos consiguiera un martillo de gemas Yo, por mi parte me conformaría con ser el tío Paulie en Uno de los Nuestros, cortando el ajo para la pasta con una cuchilla de afeitar y vestido con chándal cómodo y calcetines blancos.Sin embargo, a estos dos dos personajes podíamos añadir otro más. Alguien que no sería el mejor dotado, pero sumaría a cierto talento una cantidad brutal de carisma y una capacidad para estar 'aquí y ahora' que ya quisiéramos muchos. Ese personaje; mitad leyenda, mitad maldito, un hijo perdido de Keith Richards se llamó Johnny Thunders y fue una figura fundamental y desconocida de la música, del punk y del rock.
Instantánea patrocinada por Llongueras. ¿Nunca habían oído hablar del estilo peinado pero despeinado?
John Anthony Genzale Jr, más conocido como Johnny Thunders pasó por la vida y la música como un auténtico tren descarrilado, saltando de grupo y estilo musical y yendo siempre un paso por delante de la historia (pero sin el crédito que esto merece). Empezó su andadura en 1972 con unos señores que se pintaban como puertas y que inventaron el glam americano y dejaron el terreno perfecto para la llegada del punk. El grupo al que nos referimos empezó llamándose 'Actress' para pasa rpoco después a llamarse New York Dolls. Al frente de estos seguidores de los Stones desfasados, Johnny dejó para la memoria dos álbumes: uno homónimo y el más que respetable Too Much For Nothing que pasaron inadvertidos para el público, aunque confirmaron a nuestro protagonista como alguien muy querido, sobre todo en los bares donde gastaba los pocos reales que su actividad musical le dejaba (muchos de ellos pasaron rápidamente de la categoría de 'bar de mala muerte' a 'bar de mala muerte con baños alicatados hasta el techo, con lavabo de mármol y grifería monomando'). Johnny tenía algo especial: caía bien a la gente y, pese a que su enganche con todo tipo de drogas empezaba a dejar en pañales al de Renton & Cia, fue una de las personas más importantes en el nacimiento del nuevo estilo musical que iba a consolidarse en esos años.
En 1975 abandonó las filas de las muñecas de Nueva York, pero ya les había infectado de una serie de características que les acompañarían hasta hoy a saber: mezcla de música de los 50 con la estética stoniana, canciones de tres acordes y todo el catálogo de productos de Margaret Astor en sus caras. Sin tiempo para cortinillas de estrella de tan gusto de Homer Simpson, Johnny emprendió una nueva aventura en el errático grupo Heartbreakers, que tuvo como primer bajista a Richard Hell (otro personaje de ese tiempo del que algún día hablaremos). Con los rompecorazones grabó un único disco, pero su verdadera contribución a la causa fueron unas giras por Inglaterra que inspiraron a las bandas de punk de allí tanto o más que la visita de cuatro chicos de pelo largo, con vaqueros azules y chaquetas de cuero y que respondían a un apellido común.
Premio para el que me diga la diferencia entre esta instantánea de los Dolls y la puerta de una discoteca cualquiera.
Las actuaciones de los Heartbreakers pasarán a la historia por controvertidas y extrañas. Ni el propio Johnny sabía cómo iba a salir al escenario esa noche, algunas noches era un dandy caótico capaz de entregarse al 100% y otras una versión anglosajona del tío borracho que habita en todas las bodas. Lo peor en esas situaciones es que todo el mundo sabe qué va a pasar pero nadie hace nada por evitarlo; ejemplo: La organización de los juegos olímpicos de Madrid 2016 lleva a la delegación del COI en autobús por la M-40 de Madrid y claro, pillan un atasco de los gordos. Cáspita, nadie podía esperarlo. Con Johnny era igual, se sabía lo que iba a pasar, pero se disfrutaba. De tal manera que si salía cara, lo normal es que el público destrozará la sala de felicidad y rabia ante el concierto visto, si salía cruz, pues más o menos lo mismo.
en 1978 y con todo en contra: un hábito de drogadicción de alto copete, abandono de su banda, la fama de no rebobinar las cintas del videoclub y estando a punto de superar el récord de Keith Richards de 'guitarrista de rock que más veces ha sido dado por muerto', publicó un disco tan acertado como inesperado que bebía de las fuentes más transgresoras del punk (y cimentaba unas cuantas más), pero sonaba como el Rock 'n' Roll de los 50, con toques de música surf. Un disco con corazón de crooner triste, pero envuelto en una coraza dura y rasposa, a imagen y semejanza del propio Johnny. No se puede hacer un disco de una manera más honesta.
El trabajo en solitario de este superviviente (si fuera más conocido se le incluiría como pareja de dobles de Elvis en el torneo de tenis de la isla de los no-muertos famosos. Por si tienen curiosidad se enfrentarían a Jesús Gil y Roald 'el látigo noruego' Dahl) es pura ironía. Se llamó So alone (tan solo), quizás haciendo alusión a sus demonios interiores, a su sentimiento de no-pertenencia a ninguna parte o, sin buscarle tres pies al gatopardo, porque en la portada aparece más solo que la una. Sea como fuere, lo irónico del asunto es que la nómina de colaboradores, en el disco supera al del show de la vuelta de Krusty el payaso: Phil Lynott de Thin Lizzy; Chryssie Hynde de los Pretenders; Steve Marriott de los Small Faces y Humble Pie; Glen Matlock, Paul Cook y Steve Jones de los Sex Pistols; Walter Lure de los Heatrbreakes; Billy Rath, y Peter Perrett de The Only Ones. Como para que saliera un mal disco.
No estuvimos presentes en semejante encuentro, pero seguro que la conversación fue la siguiente: "Sid, dberías revisar el borrador, que últimamente no meten todas las retenciones...".
No me pregunten que si es bueno, es tan bueno que hasta cuesta ponerle una etiqueta; por ejemplo, 'Pipeline' es puro surf, un instrumental que bebe directamente de Dick Dale. 'You Can't Put Your Arms Around a Memory' empieza suavemente con una guitarra acústica para desembocar en un estribillo tan powerpopero que nos hace dudar de lo que escuchamos. Como si fueran disfraces carnavaleros (yo me pondría el de zurullito, que ya lo tengo pensado) Johnny ensaya poses, entregando en 'Great Big Kiss' una canción en la mejor tradición del los albores del género roquero con arreglos de viento y diálogos entre él mismo y sus coristas. Después todo cambia radicalmente hasta mostrar un híbrido entre el 'White rabbit' de Jeferson Airplane y una canción de Pattie Smith. Nos referimos a 'Ask me no questions', donde su voz, como la de un gato jimoteante pero con una personalidad demoledora, pone el perjil en la canción. 'Leave me Alone' nos devuelve al año en el que grabó el disco, tan punk que podría haber sifo interpretado por los Ramones.
Ahí no acaba la cosa, como buscando desconcertar al personal, Johnny nos da 'Daddy Rollin' Stone', que suena a un buen boogie-woogie, con una armónica siempre presente, los acordes de 'Shakin' all over' dando vueltas y la participación de Phil Lynott. Asombroso, hemos pasado por cuatro etapas del rock en siete cortes del disco, pero seguimos: 'London Boys' parece un homenaje a los Sex Pistols (Johnny es más parecido a Johnny Rotten cantando que nunca), mientras que 'She' so untouchable' puede parecerse más a lo que Todd Rugrend hacía por aquel tiempo. Johnny consigue un sonido único, agridulce y complejo, pero tan variado que muchas veces parece que imita, cuando el imitado puede que fuera él, como demuestran 'Subway train' o 'Dead or Alive'; sendos trallazos que dejan pocas dudas de que un día malo de Johnny Thunders podía valer por 100 buenos de otros. Como si de una Copa Danone se tratara, So Alone reserva la nata para el final : la sentida honestidad de So Alone (los golpes de timbales y los parones casi duelen en carne propia).
¿Qué resultado tuvo este disco? Pues fue bien valorado por la crítica en su momento, pero ignorado por el público (un cuento casi tan viejo como yo mismo diciéndole a mi compañero que iba a terminar este panegírico) y Johnny siguió jugando al despiste: desenganchándose y enganchándose de la heroína, apareciendo a tocar en conciertos donde no había sido invitado, aunque le faltó presentarse en alguno de Víctor Manuel y Ana Belén y grabando un directo en Japón donde parecía limpio de polvo y paja. Ese fue su último canto del cisne, el último de un especialista en darse segundas oportunidades que dejó en el camino discos tan interesantes como éste.
Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein



















