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miércoles, 3 de abril de 2013

Greg Shaw y su búsqueda de las raíces del Powerpop


VV.AA. - The Roots Of Powerpop (1996) 

Hoy en un nuevo capítulo de confesiones de garajeland: No sé qué es el powerpop. Una afirmación que no llega a la categoría de “Hola cari, no sé qué hace Bowie conmigo en la cama” o “esa que me abraza en la foto es una prima lejana” pero que deja a las claras la incultura que padece al menos la mitad de personajes que cubren más lento que rápido este bloc. Me sé la historia de tan (por otra parte) adorable etiqueta musical en la que seamos claros, entran otros grupos no tan adorables y bastante más carroñeros. Ya se la saben todos: Pete Townshead sobre los Who, Big Star y esa poca gente de bien que quedaba a principios de los setenta, etc, etc, etc. Pero no tengo claro si se escribe Power Pop o Powerpop. Puede que estas dudas asalten a más de uno, y si ha habido alguien que ha puesto de su parte por solucionarlas ha sido Greg Shaw. Capo del sello Bomp! y protagonista de la semana por su recopilación The Roots Of Powerpop. Obviaremos el lado oscuro de su vida (que como todos los que se dedican al negocio lo tuvo) y nos centraremos sólo en el lado amable, en el de editar tantas buenas canciones y en el de las presentaciones de grupos en las que ofrecía en su propia casa junto a su mujer canapés con salchichitas y salsa que parece kétchup pero amigo: no es kétchup.


Greg Shaw presentando lo que debería ser la moneda de intercambio en el mundo. 

Greg Shaw que debió de nacer rubio y nunca abandonó su color de pelo, lo hizo en San Francisco en 1949. Vivió de primeras el amoroso ambiente de la música de los sesenta en su ciudad natal, donde fundó el fanzine Mojo Navigator. Escrito y editado de forma casi artesanal no es poca cosa: en sus primeros números se podían leer entrevistas con Grateful Dead, Country Joe And The Fish o los Doors al completo, además de un montón de referencias discográficas con bastante tino. Como a principios de los setenta la juerga ya era pura trasnochada con todos los grupos un poco más mayores, un poco más endrojados y sobre todo con las canciones un poco bastante más largas, el amigo Shaw echa el cierre a Mojo Navigator e intenta la regeneración con un nuevo fanzine y una nueva época musical con grupos más oscuros, dichas páginas nacerían bajo el nombre de Who Put The Bomp. Coincidiendo con los primeros años de la edición del nuevo fanzine, algunos grupos opuestos a la corriente musical de lo progresivo empiezan a reivindicar el pop de los sesenta, entre ellos los Flamin' Groovies de Cyril Jordan tras la marcha de Roy Loney, que el pop no iba con él y siempre ha sido más de mover el peluquín a ritmo de R&R. Es precisamente Cyril (Cirilio para los amigos) Jordan el que propone a Greg Shaw la creación de un nuevo sello discográfico donde podría editar las nuevas canciones que venía preparando con los Flamin’ Groovies. 


La diferencia entre una bufanda normal y una de cashmere es una sonrisa más brillante y un descuento para tu acompañante en la barbacoa 

Con la edición de “You Tore Me Down” en 1974 nacería el nuevo sello, Bomp! Records, que potenciaría durante años posteriores el hacer visible a la ola de grupos dispuestos a las canciones de poco más de dos minutos, frescas y enérgicas, melódicas con saladas guitarras, letras en las que no hace falta hablar de la campana de Gauss y unas voces cálidas con sus justos coros. Entre los grupos que siguieron estas directrices y pasaron por el sello Bomp! en algún momento habría que mencionar a los ya citados Groovies, los Plimsouls, Romantics, Zeros, 20/20, Shoes, Poppees… una extensa lista que queda recogida en el recopilatorio The Roots Of Powerpop. Una especie de épilogo a lo que se le vendría encima al género powerpopero entrada la década de los ochenta. Nada bueno, por cierto. Se caería en el empalago y el intento de llegada a las satánicas listas de éxito por la vía rápida. Shaw vio como andaba el tema y se pasó a nuevas y estimulantes tonadas garageras con el sello Voxx, palabras mayores también aunque otra historia. 


Los Plimsouls desconocen que millones de niños españoles acabaron tullidos en una atracción de feria similar 

Sobre el recopilatorio Roots Of Powerpop muchas cosas interesantes. La mayoría son algunas pistas más perdidas de los grupos comentados anteriormente y editadas en su momento por el sello Bomp!. A destacar precisamente una de las que ha visto la luz hace menos tiempo en formato single: “The Trains” de los Nashville Ramblers, que hasta el momento sólo se había podido disfrutar en un recopilatorio Mod y en este disco. Merecería capítulo aparte semejante goce de dos minutos. Entre otras sugestivas canciones se encuentra la cara B del primer single editado por el sello, “Him Or Me” de los Groovies; dos canciones de The Breakaways (un derivado de los Nerves sin Jack Lee); “First In Line”, una de las primeras canciones antes del estrellato de los Romantics; los imprescindibles canadienses Pointed Sticks y el trallazo de “Apologies”; “Biggest Gossip in Town” materializada por Rockin Horse; los perdidos pero recomendables Poppees y los celos con “Jealousy”… Croquetando (del verbo croqueta): una buena dosis de cultura e inframundo musical disfrutable si eres de los que le gusta investigar música con lupa en mano y bigote. 

Hasta su fatídica muerte en 2004, Greg Shaw había dejado un legado de una tienda de discos, nuevos sellos más de su creación (Alive Records, AIP…), la serie de recopilatorios Pebbles con clara inspiración “Nugget”, grandes grupos editados bajo sus sellos… y afortunadamente todo ello a salvo y en funcionamiento bajo la gestión de su mujer, Suzy, que además publicó los dos libros (inabarcables por su cantidad de contenido) sobre el sello, con escaneos de los fanzines Mojo y Bomp y un sinfín de cosas más en “Bomp! Saving The World One Record At A Time” y “Bomp! Born In The Garage”. Como ayuda personal, si pierdo el rumbo de lo que es el Powerpop, busco alguna canción en este recopilatorio y vuelvo a recobrar el sentido de la orientación.

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sábado, 24 de marzo de 2012

Los chicanos que se convirtieron en estrellas: Thee Midniters


Thee Midniters - In Thee Midnite Hour!!!

Es curioso como el paso de los años va aclarando ciertas facetas de la vida de un rockero sin tupé como es mi caso. Primero caes en la cuenta de que hablar a tus amigos en una discoteca de que tal o cual canción es de un grupo alemán llamado Kraftwerk puede importar un pito a los colegas que precisamente lo que les interesa es lo contrario al pito, y con razón. Más tarde descubres apesadumbrado que la MTV es en principio, y sólo en principio, una televisión musical y que una vez superado el número de video clips sin raperos deja de ser la tele de la música para pasar a ser simplemente la tele de cosas. Poco a poco vas labrando una personalidad musical a la par que te vas quedando sin sitio en las estanterías, y descubres que en casi el cien por cien de los casos la música actual carece de alma (y esta vez no ha sido Milhouse el que se la ha comprado a Bart). Afortunadamente, en algún momento de la vida aparecen Thee Midniters, y otra vez a hacerse preguntas: ¿Se puede tener la técnica instrumental idónea y utilizarla para tocar canciones plenas de emoción? Podría ser.

No se fíen, tras esa apariencia de buena gente planean estrangular a la guitarra y luego ocultar las pruebas

Thee Midniters formaron durante el segundo lustro de los sesenta una de las bandas más ardientes de la ciudad de Los Ángeles. Quizás sea mucho decir, codeándose con, sin ir más lejos, los Beach Boys, Doors, Byrds o Love; pero para el barrio de East LA, los Midniters eran unas auténticas estrellas, a las que todos adoraban o tomaban como ejemplo para formar un nuevo grupo musical. Formados precisamente en el barrio del Este de Los Ángeles, de amplia comunidad de hispanos, y como suele ocurrir cuando las cosas se desproporcionan, un lugar poco propicio para ir repartiendo publicidad por los portales. El grupo inicialmente llamado Midnighters se gesta en la Salesian High School, localizada entre la calle Soto y la principal arteria que cruza el barrio chicano, Whittier Boulevard, que tendría algún Economato por la zona. Tras unas primeras formaciones tan cambiantes como el humor de Luis Aragonés y tal, con dos voces, órganos, saxos…, el grupo se puede resumir en siete canallas esenciales (existe información detallada en Internet y como no entra en examen mejor no aburrir): Willie García alias Little Willie G cantando, George Dominguez guitarra principal, Ronny Figueroa al órgano, la sección de vientos de Larry Rendon y Romeo Prado, George Salazar en la batería y Jimmy Spinoza al bajo.

No me dirán que han visto una formación más exquisita haciendo el numerito de un paso palante y otro patrás

Unos conciertos iniciales salvajes (y con máscaras de carnaval que afortunadamente abandonaron) hace que sean llamados por el sello de Hollywood Chattahoochee Records, que ya se hacía eco de las aventuras de los chicanos gracias a las numerosas radios locales del condado angelino, que durante los sesenta apoyaba a un amplio número de grupos de la ciudad programando emisiones musicales sin alternancia de tertulianos. Para la primera referencia discográfica el grupo se cambia el nombre, sólo ligeramente por el de Thee Midniters para no tener problemas con los Midnighters de Hank Ballard, y se estrenan en un siete pulgadas con una versión de “Land Of A Thousand Dances”. Single que provocó confusión por el hecho de su duración (casi seis minutos) y que la canción completa se encontraba por ambas caras. Finalmente se sustituyó por un formato clásico de cara B convirtiendo al original en codiciada pieza para los coleccionistas que se pueden dejar los cuartos en esas cosas. La tierra de las mil danzas supone unos mandamientos muy respetados por el grupo en sus canciones: influencias del Soul, el Rock And Roll que estaba invadiendo las americas de mano de los ingleses, sucio sonido garagero, calientes canciones directas al sistema nervioso y sobre todo energía a raudales.

Su segundo single no se saldría demasiado de las reglas señaladas: “Whittier Blvd.” Además de servir de homenaje a la principal arteria del barrio picotea del los instrumentales surferos con bastante acierto, tanto, que durante una gala de premios Hollywoodiense en la que se encontraban James Brown, Rolling Stones, una conexión telefónica con los Beatles (me pregunto si les llamarían con el marcador automático del profesor Frink) y un largo etcétera, fueron premiados en la categoría de mejor canción instrumental (aunque a Tomás Verléin le hubiera gustado más un premio en la sobresaliente labor en el campo de la excelencia). Esta canción debió dejar a Brian Wilson una grata impresión, tanto que decidió utilizar el inicio de la misma (el “Let ´s take a trip down Whittier Blvd.”) cambiando la calle de los ya ilustres chicanos por la avenida Howthorne, que como bien sabrán los fanes de los Beach Boys es el barrio de los Redd Kross y sí, también de Wilson y compañía. Que Brian Wilson pagara el tributo mediante el amigo parné no lo podemos aclarar.

Verbigracia del Street View se puede ver que el cruce de Soto y Whittier tiene ahora un local de tacos y un montón de coches como el de Tony Soprano.

La grabación de su primer álbum seguiría por los mismos caminos de alternar canciones propias con versiones, a destacar en este apartado “Empty Heart” de los Stones o “Everybody Needs Somebody To Love” de Solomon Burke. Sería ésta su última grabación con Chattahoochee para realizar una pequeña innovación: crear su propio sello y editar ahí posteriores trabajos. Ahora suena un poco ligero, pero estamos hablando de 1965, un año antes de que los Beach Boys crearan Brothers Records y los Beatles el famoso sello de la manzana granny smith. Whittier Records se les adelantó.

Seguirían tres discos más en y otro tanto número de singles, que el sello Norton tuvo a bien de ofrecer hace unos pocos años a todos los que andaban perdidos en otras moderneces. En esta recopilación que enlazamos por lugares ocultos además de los mencionados singles unas líneas más arriba se encuentran piezas donde el grupo asimila el legado de Ritchie Valens de llevar el sonido latino a terrenos hasta ahora inexplorados por el hombre blanco, escuchen por ejemplo “Love Special Delivery” una de mis canciones favoritas del disco. Algunas de sus canciones propias merecen mucho la pena “I Found A Peanut” o “Never Knew I Had It So Bad” que podría perfectamente salir de las tierras garageras del Noroeste. Tuvieron tiempo para que Willie G aprendiera a tocar la harmónica y el grupo descubriera la psicodelia en “Jump, Jive And Harmonize”, y siguieron eligiendo acertadas versiones como “Gloria” de Van Morrison o “Money” del tándem de la Motown Bradford/Gordy.

Tuvieron modestos éxitos en las listas americanas, bastante repercusión en el área de Los Ángeles en donde se codearon y trataron con bestias escénicas como los Standells, Byrds, Electric Prunes o The Seeds en una ciudad que vivía en pleno epicentro la efervescencia musical de la segunda parte de la década de los sesenta. Pero por encima de todo, fueron idolatrados en su barrio de East LA, eran hispanos, eran del barrio y eran suyos. Sí, eran unas auténticas estrellas.

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jueves, 10 de noviembre de 2011

Creer es poder y otras historias religiosas




Billy Nicholls - Would You Believe (1968)


Los días sin mucho que hacer son peligrosos, en particular si uno puede elegir entre su perversión favorita y, lo que es peor, hacer uso de ella. En mi caso mi último momento de procrastinación acabó en un sinfín de búsquedas aleatorias en la Wikipedia con resultados inciertos. Números y cifras sobre cualquier cosa, por ejemplo: religiones del mundo.


Religiones organizadas: según nuestra fuente hay 2.100 millones de católicos, 1.800 de musulmanes, 900 millones de practicantes de hinduismo, unos 19 millones de judios  y, como dato curioso, de 200 a 1.600 millones de budistas (incluyendo a Lisa Simpson). Tal disparidad en el criterio solo se explica con un recuento hecho por varias fuentes, resumiendo: 1.600 millones según los organizadores, 200 según la policía, dos (y despistados) según la Comunidad de Madrid. No quiero olvidarme del Secularismo, que alcanza los 1.600 millones adeptos y, por supuesto, del Pastafarismo, que no me negarán que tiene la deidad más molona de cuántas se nos puedan ocurrir.


Billy afirmando que las patatas no se pueden poseer

Vaya por delante que no soy el más indicado para hablar de religión: abandoné toda esperanza el día de mi comunión tras recibir como regalo estrella de mi puesta de gala(imaginen a ese niño gordito vestido de capitán de barco, un poema épico y triste) un despertador con forma de legionario. Descorazonador, no me digan que no. Pero sí puedo atreverme a decir que encuentro una gran similitud entre las religiones mayoritarias y el mundo de los ye-yes que es de lo que hablamos en este blog. ¿Que qué tiene que ver el sermón de la montaña, la flor de loto o el Sabbath (Walter, esto va por ti) con la música? Pues a priori poco, pero andando por la cuerda floja podríamos decir que: tanto una como otra no funcionan sin gente, sin seguidores. Podrían haber existido los Beatles sin seguidores y ser igual de grandérrimos, pues probablemente; podría el cristianismo haber acabado siguiendo a una sandalia o a una calabaza (en el peor de los casos) pues seguramente sí o es que he visto demasiadas veces La Vida De Brian. ¿Existiría este blog sin los Beatles y La Vida De Brian? No me hagan hablar...


Como tengo serias dudas de las afirmaciones anteriores les diré lo que sí sé con firmeza: que la música necesita una parte de pasión y de un tipo de seguimiento que se sitúa en algún lugar equidistante entre una niña de 7 años que idolatra las Monster High y el tipo que intenta salvar los vinilos del naufragio en el peliculón que es Radio Encubierta. Bueno, en realidad así soy yo y, en buena medida, mi hermano 61&49, quien cree en el garaje y en que Krusty vendrá por encima de todo.


Soy capaz de poner esa cara, me ocurre siempre que intento que se me entienda por un telefonillo


Pero en nuestra locura sabemos que no estamos solos, les tenemos a ustedes, seguidores, comentaristas, amigos, futuros demandantes en un juicio civil... y, por supuesto, tenemos muy documentado que existen personas mucho peores, gente que es capaz de apostar por alguien por el simple placer de escuchar su música o por convertirle en algo más. Algo así tuvo que ver Andrew 'Loog' Oldham, el tipo listo que convirtió a los Rolling Stones en esos chicos malos que no desearías que se casaran con tu hija. Además de su impronta como manager y forjador de la leyenda de Keith y compañía (y robarles la pasta en la autoría de las canciones), Oldham, fundó un sello, Immediate Records, que nació con la simple idea de parecerse en lo más posible al modelo de negocio que había creado Phil Spector, y que acabó contando en sus filas con gente como los Small Faces, Rod Stewart, John Mayall, The Strangeloves (a los que alguna vez les haremos un homenaje) o los primeros Fleetwood Mac. Entre esa nómina de músicos a Oldham se le ocurrió que uno de ellos podía crear la perfecta respuesta inglesa al Pet Sounds de los Beach Boys; el elegido para tal cometido no fue ningún empleado del sector 7G sino Billy Nicholls. El chaval tenía por delante una dura tarea: lo que viene siendo hacer algo mejor que 'God Only Knows', más perfectamente ensamblado que 'Wouldn't be nice' y algo que te toque la fibra como hace que 'Caroline, No'. Una empresa casi a la altura que sacar a Apu de la cárcel por sus recurrentes problemilas de exhibicionismo y que este niño prodigio solventó de manera holgada.


Nicholls contaba con 16 primaveras cuando pudo acercarse lo suficiente a George Harrison y pedirle una audición para sus canciones, el Beatle (con cierta experiencia en eso de ver sus temas relegados a un segundo plano) no dudó en concertarle una cita con Dick James, el dueño de Northern Songs y a la postre editor de los Fab Four, quien le grabó una demo que por avatares del destino llegó hasta las manos de Oldham quien no tardó ni un minuto en contratarle como músico del sello o lo que es lo mismo, que le puso un piso, se lo llenó de Revox, mellotrones y guitarras al tempo que cerraba la puerta y le decía: "de aquí no me sales sin unos cuantos números uno" (dramatización exagerada).


Fruto de ese encierro surgió Would You Believe, primero como single y después como álbum completo. Claro que Nicholls no estaba solo; les hago un resumen de algunos de los participantes en el disco: Steve Marriot, Ronnie Lane, Ian McLagan y Kenny Jones de los Small Faces, como espina dorsal, junto a ellos algunos de los mejores músicos de sesión de la época: Caleb Quaye al piano, Joe Moretti y Big Jim Sullivan (ojo a la biografía de este gran tipo) a las guitarras, Jerry Sherley a la batería (futuro Humble Pie), un tal John Paul Jones al bajo y los arreglos orquestales, el omnipresente Nicky Hopkins al haspicordio (aquí el futuro nombre de mi hijo) y Glyn Johns de ingeniero de sonido. Un conjunto de personas que han conseguido que me replantee por fin cambiar mi equipo de chapas de toda la vida: la Holanda -Países Bajos- de 1998, con Dennis Bergkamp al frente; razón por la que siempre gastaba los cariocas naranjas a velocidad de vértigo.


Hacer la tempura con agua helada. Es el consejo de Billy para cocineros aficionados


Pero llegamos a la pregunta que habéis estado esperando: ¿se consiguió el objetivo?, pasar las melodías de bolsillo de los Wilson por un filtro de té de las cinco (atentos, de un momento a otro se disparará la alerta de tópicos). Pues sí, pero no; desde luego tiene unas estupendas semejanzas con la magna obra nacida en 1966, pero quizás Would You Believe se encuentre más cómodo entre otras referencias como Saggitarius, The Millenium, Graham Gouldman... orfebres del pop que seguramente hoy sobrevivan como soldados de fortuna. En cualquier caso hablamos de un álbum que contiene alguna de las mejores canciones de pop de colorines que puedes encontrar en los años 60, una orgía de melodías y arreglos que comienza de manera magistral con la canción que da nombre al disco (y la única no compuesta por Nicholls), 'Would You Believe' con un crescendo instrumental tremendo que hubiera tenido el mismo efecto en Mona Simpson que las patillas de Joe Namath y que cuenta con el estupendo contrapunto de Steve Marriot en la voz. 'Come Again', el siguiente corte presenta un estilo completamente distinto, con Nicholls disparando una tremenda melodía acompañado solo por una guitarra acústica, a la manera de Ray Davies y vestido con camisa de Saville Row. 'Life Is short', por el contrario ya da rienda suelta a las intenciones del álbum: base rítmica con influencia del Soul, armonías de voces potentes y el sonido del teclado de juguete tan prototípico de estos años.


Este disco tiene poderes, se lo aseguro. Les puedo contar la historia de un chaval muy majete con el porte de Dom Mariani y la determinación ante los contratiempos de José Antonio Camacho que empezó pasando la escoba por su casa mientras ponía el disco por primera vez para "ver qué tal" y terminó subiendo el volumen, sentado en su sillón favorito y disfrutando del disco con cara de absorción de largas cadenas de ADN y una cervezuela en su mano. Todo en una transición tan suave que ningún efecto del Power Point podrá igualar nunca. Culpables de esto: la majestuosidad de 'Feeling Easy', con un areglo de cuerdas que pone todo el talento de John Paul Jones al servicio de la magnífica composición de Billy. A destacar su efecto lisérgico, esa maravillosa sensación de estar tocado con franca letanía. Igualmente inolvidable es la pegadiza 'Daytime Girl', con tantas capas de voz y arreglos superpuestos que transita con gran acierto entre los mejores momentos de The Left Banke y The Zombies. Caza mayor, amigas y amigos. 'London Social Degree' muestra hasta qué punto Oldham tenía asumida la idea de crear un mini muro de sonido en cada canción. ¿Qué podemos meter en el puchero? Pues unos cuantos teclados barrocos, guitarras con todo tipo de efectos psicodélicos, voces etéreas, percusión, lo que haga falta y en cantidades industriales. Un tipo de producción que solo está al alcance de algunos privilegiados capaces de "ver" la musica en cuatro dimensiones, exactamente el mismo efecto que consigue Christopher Lambert cuando se concentra de verdad en un punto fijo.


Las cerillas de "Bar Manolo, buen trato y comida casera" han patrocinado esta entrada


Sin marcharnos de Londres, Nicholls, ofrece un final de disco más introspectivo (traducción, más 'pa dentro'), primero vuelve a hacernos de guía turístico valiéndose de su voz, a mitad de camino entre la ternura y lo espectral con 'Portobello Road' y después se pone por delante de sus coetáneos con 'Question Mark' o 'Being Happy' ofreciendo un compendio de cómo hacer una canción de pop en menos de 3 minutos con multitud de detalles para la desgustación de oreja: ojo a los cambios de melodía y los licks de guitarras pinza ligamentos. El disco se cierra con dos obras maestras, 'Girl From New York' que se beneficia de una guitarra llena de testosterona de Steve Marriot en claro contraste con la voz de Nicholls y 'It Brings me Down', que es con mucho la más oscura y desgarradora pieza del vinílico elemento, pero que tampoco se priva de contener un estribillo irresistible y una coda final hija de una época donde, por increíble que parezca, se prefería el papel celofán de colores al desenfoque gaussiano.


En cierto modo Would You Believe podría compararse con el origen del champán, tanto uno como el otro nacieron con una intención de conservar el mejor aroma, pero la resultado final de ambos tuvo resultados imprevistos: en el caso del disco, no consiguió ser Pet Sounds, pero a cambio es una de las mejores pruebas de pop psicodélico de la historia (y por el que se llegaron a pagar fortunas hasta su reedición) y en el caso del champán, no fue un gran vino, se llevó consigo el ojo de algún monje curioso que quiso comprobar ese tapón "que no dejaba de moverse" más de cerca, pero hizo que los triunfadores de eventos deportivos no tuvieran que hacer la gracia con zumo de naranja, que deja unas manchas horribles. En cualquier caso, tanto los monjes de Champange como el bueno de Andrew 'Loog' Oldham tuvieron fe, igual que ustedes deberían tenerla en nosotros, no en vano este blog se creó con la intención de ser una referencia en labores y bordados y miren cómo hemos acabado.




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Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein
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sábado, 7 de agosto de 2010

El gran legado de la oveja negra

Pacific Ocean Blue
Dennis Wilson - Pacific Ocean Blue (1977)


No sé si les habrá pasado, pero con frecuencia cometo el error de tomar por sabidas cosas que luego no son como pensaba. El error puede ser mínimo, tipo: "oh vaya, creía haberle dicho a fulanito que me trajera esto otro"; peligroso: "juraría que ese semáforo estaba en verde" o tremendamente temerario: "acordarse de que uno es daltónico, ser Macgyver y tener que desarmar una bomba con dos cables, uno rojo y otro verde". Como verán, en este sano despiste, como en casi todo en la vida: la intensidad del mismo es importante.

Pero no crean, también existen despistes en el ámbito musical, una lista interminable de conciertos que te perdiste porque "pensaste que las entradas no se agotarían tan rápido" o de discos de ediciones especial no reeditadas que podían esperar un día más en la tienda y que fueron a la estantería de otro (desde aquí un saludo, oh enemigo anónimo). En este nivel musical del que hablamos podría tener perfectamente su hueco el disco del que soltamos chorradas hoy, el nunca suficientemente ponderado Pacific Ocean Blue de Dennis Wilson. ¿Por qué podría formar parte este disco de esta clasificación de olvidos que me he sacado de la manga? (en un truco de polichinela que haría palidecer de envidia a Krusty el payaso), pues porque se trata del primer disco que salió al mercado de un Beach Boy en solitario y, más aún, no se trataba de un disco de Brian. Quién podía decir que no había dado por hecho que el primer disco de la familia sería de su miembro aparentemente menos dotado musicalmente, más rebelde y desinteresado por la música. Vamos, quiero ver esas manos. India no se me esconda...


Dennis Brian WilsonBrian y Dennis en el psicotécnico del primero. Aquí también le hubiéramos dado el carné aunque no viera tres en un burro, no se preocupen.



Pues sí, el álbum que casi por sorpresa sacó el bueno de Dennis fue el primero de la familia y, por si fuera poco, se trata (al menos para este humilde escriba) de una obra maestra. Obra maestra por ser un conjunto increíblemente equilibrado de melodía y pasión por la música. Por inclasificable y atemporal, por mantener relación con la música del grupo, pero al mismo tiempo suponer una revolución en ese aspecto y, sobre todo, porque nadie lo esperaba y, cuando eso ocurre, todo se disfruta todavía más. Este disco es uno de esos milagros que hacen que mi compañero 61&49 grite "brujería" al escucharlo (también le pasa con toda la tecnología posterior al CD, no se crean) y que encima fue objeto hace poco de una brillante remasterización en vinilo y CD. Las dos estupendas en contenido, diseño y con un respeto al material original mayor al casi reverencial que tengo yo al cartero (ya me vale, que es mi principal valedor en esto de la compra compulsiva de cosas a través de las redes).

Aunque estamos aquí para hablar de la música, no quería dejar de aprovechar este momento para hablar de un libro (al estilo Umbral) y es que por más que este humilde servidor les cuente, todo lo que quieran saber sobre los fabulosos Beach Boys y la fascinante (y también algo triste) historia de Brian Wilson se encuentra en el estupendo libro que José Angel Gónzalez Balsa escribió hace unos años y que es uno de los tratados más completos, subyugantes y entretenidos que he tenido sobre mis dos pies (sí, cada uno lee como quiere), autor al que tengo un aprecio especial por ser capaz de poner un título tan largo para algo, para uno que no sabe escribir sin subordinar algo, casi puedo decir que he encontrado un hermano.


Dennis WilsonParece ser que el poncho fue indispensable para grabar un disco tan bueno como este. Yo de momento he encargado ocho


Realizada la apreciación, volvamos al disco, que fue grabado sin que nadie le prestara mucha atención, casi como le ocurría a Dennis, que siempre fue el rebelde de los Beach Boys, así como Brian Wilson era el genio y Carl el de la voz de ángel, pero nunca estuvo bien considerado como músico. Sea como fuere, sí que es cierto que Dennis aprendió rápidamente cómo moverse en el estudio, grabó muchas de las partes de batería que en principio fueron atribuidas a Hal Blaine y asimiló influencias propias que no eran visibles a simple vista que le sirvieron para encontrar su voz (que no tenía mucho que ver con la de sus hermanos), pero que en el ambiente adecuado pudo desarrollarse hasta conseguir emocionar a los más duros seres con patillas. Su voz es como una especie de susurro grave que pincha donde más duele, más o menos como la apreciación de algún familiar consanguineo o no cuando te dispones a hacer algo peliagudo ( ver este vídeo para una mayor comprensión).

Dennis utilizó el estudio que tenía en Santa Mónica junto a Carl para sacar adelante sus canciones, alejadas del estilo surfero, densas, adultas, con un trasfondo musical que podía ir desde una tierna balada a piano, pasando por influencia del góspel. Un disco muy ambicioso que suena unas cien millones de veces más interesante que todo el material de los Beach Boys de la época y que ha envejecido de manera excelente gracias a unos arreglos arriesgados y un fondo musical tupido y hecho con mimo. Una obra maestra de aquel que sólo era el guapo del grupo (estigma que algunos tenemos la suerte de no soportar) y que que en realidad ocultaba un carácter sensible y apasionado bajo una máscara de minihostilidad, como Maude en los Simpsons.



Pero aunque sólo hablemos de Dennis, lo que hace tan especial este disco son sus canciones, tratadas con delicadeza de artesano y con colaboraciones de lujo que hacen que luzcan tan esplendorosamente como 'River Song', majestuosa pieza de gospel que va creciendo de manera progresiva hasta alcanzar cotas de disfrute máximas gracias a la profunda voz de en contrapunto con el coro y unos metales tremebundos. Una sutil y subyugante mezcla de Rock, Gospel y Funk. ¡La bomba! El disco sigue carburando gracias a 'What's Wrong', canción que tiene una deuda evidente con las canciones de Brian, pero que está llevada por un camino diferente. Aquí no hay armonías perfectas, pero sí una conjunción casi mágica de piano y metales (dos constantes durante todo el disco), una muestra de música animada que contrasta con la intimidad de 'Moonshine', influida directamente por la relación de amor y odio que Dennis tenía con su mujer en esos años. Siguiente canción, siguiente contraste. Una intro que recuerda a The Band y su Chest Fever, seguida por guitarras fronterizas tipo Ry Cooder y una gran melodía cantada con fuerza por Dennis, es 'Friday Night', agresiva canción que termina mezclando oportunamente con 'Dreamer', un Funk 'arrastraó' en el que bajo y la cantidad de teclados (con un Fender Rhodes magnífico) se te pegan al cuerpo de manera irremisible. Cuando decimos que este disco es moderno, además de por levantar polémica (si todo sale bien iniciaremos un hábil estratagema para conseguir más visitas al blog diciendo que Ninette y un señor de Murcia no es más que un plagio descarado de Kill Bill) es porque hay que recordar que estábamos en 1977, época donde el pop estaba reinventándose a sí mismo, el progresivo dilatando sus últimos años y el punk en la cresta de la ola. Dennis consiguió unir estilos y crear el suyo propio tomando las clases magistrales del pop que había aprendido en casa Wilson mezclándola con funk o jazz, adaptándola a su propia voz hasta crear paisajes tan sentidos e interesantes musicalmente como 'Thoughs of You'.


Dennis WilsonVenga, más rápido: "Cammmmmmpamento Krussssssssty", en el lago Gran Serpieeeente".


Aquellos que piensen que Dennis no era un gran vocalista debería repasarse 'Pacific Ocean Blues', donde su voz alcanza cotas de emoción rasposa que Joe Cocker llevaba buscando muchos años. 'Farewell my friend' es el inició de la última parte del disco, con Dennis consiguiendo el 'efecto Phil Spector' en las canciones, utilizando a parte de su Wrecking Crew pero dando una vuelta al concepto. El álbum termina con maravillas como 'Rainbows', muestra perfecta de que una buena melodía puede convertir casi cualquier cosa en oro y más si está arropada por una instrumentación (ojo cuando entra la mandolina) o la honestidad de 'End Of the Show', donde las armonías vocales del principio dan paso a una segunda parte in crescendo realmente apabullante.


Mis torpes dedos, unas letras de diferencia y Google imágenes nos enseña su magia


En definitiva; ya no tengo que ocultarlo: quien ha escrito estas palabras es un entusiasta del disco, ya que más allá del valor musical que le concedo reconozco que consigue ponerme la gallina de piel en varios momentos, algo que últimamente sólo logra Pixar en todo lo que hace, la esperanza de que llegue el milenarismo y recordar ese momento en el que 61&49 casi me dio la razón. Es bueno que un disco como éste, de alguien que no estaba destinado a hacer una obra maestra, también pueda motivarte de ese modo. Es la magia de la música y de casi todo lo que merece la pena.

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Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein

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domingo, 30 de mayo de 2010

Cuando el equipo B se convierte en el A




Crazy Horse - Crazy Horse (1971)


En determinadas ocasiones, normalmente tan determinadas que suele ser "una y no más Santo Tomás" se produce una confluencia de factores que hacen florecer facetas inéditas de uno revelando indefectiblemente algo que nadie podía prever. Me refiero a esos momentos donde nadie da un duro por nosotros, pero al final conseguimos llevarnos brillantemente el gato al agua ante la incredulidad del respetable (normalmente estos momentos pasan a cámara lenta y con música épica, pero sólo si se está en una peli de Michael Bay). Decir, además, que esos instantes de satisfacción personal saben siempre mejor si se vive a la sombra de un líder que lo sabe todo y que es capaz de las genialidades más absolutas con tan solo arquear una ceja.

Algunos ejemplos de lo que les comento: la conversión de los Breavers de 'Teen Wolf' en los Bulls de Jordan cuando todos en el equipo se dan cuenta de que no necesitan los poderes lobunos de Michael J. Fox. Otro, el partido que gana el Niupi con un gol con la cara de Bruce Arper mientras Olivier se resentía de su enésima lesión en el hombro o, mi favorito: las series secuela de los Simpson, con la irresistible historia del Jefe Wiggum como investigador privado en Nueva Orleans.


¡Sapristi! Gente con barba en el bosque, uno canadiense y otro rubio. Si no se trata de Crazy Horse, tienen que ser los seis enanitos (el árbol cuenta, por supuesto)


Aunque si hay que destacar un momento, en términos estrictamente musicales, que refleje de manera directa lo que queremos decir (y que no sea una historia de ficción) nos quedamos con Crazy Horse, el disco homónimo que sacó Crazy Horse al mercado poco después de unir su nombre al de Neil Young para los anales de historia, convirtiendo a Neil Young & Crazy Horse en una marca de fábrica que dura hasta nuestros días (si después de esta sopa de letras nominativa no les duele la cabeza lo más mínimo, les recomiendo que vayan a Cifras y Letras, que se llevan el premio gordo.

Crazy Horse, el grupo, nació en la soleada california, formado por el talentoso guitarrista y compositor Danny Whitten, el bajista Billy Talbot y el baterista Ralph Molina como núcleo del grupo. Su primera formación, que data de 1962, se mantuvo con el nombre de Danny & The Memories el suficientemente tiempo para darse cuenta de que el nombre no funcionaba y cambiarlo por The Rockerts (aunque no fue sólo su identidad la que cambiaron, ya que consideraron que los grupos vocales no vivirían su apogeo hasta los 80, con los Solfamidas, de modo que se pasan al Rock&Roll) El grupo, que en esos momentos cuenta con cinco miembros estables y un violinista para escenas peligrosa, debutan con un álbum homónimo (muy estimable) que puede encontrarse buceando por blogs ajenos.


Las fotos de calidad 'variable' y el desenfoque gaussiano ha hecho milagros por la carrera y autenticidad de muchos grupos.


The Rockets
fueron hijos de su década, adoptando el pop psicodélico tan de moda entonces y estableciendo su campo de operaciones en San Francisco, cuna de todas las cosas que molaban, excepto de la bomba que bota, patrimonio y orgullo de Manchester. En su sonido, ya destacaba el muro rítmico de Talbot y Molina, así como el talento de Whitten escribiendo canciones. características que no pasaron desapercibidas para Neil Young quien, en 1968, y tras un par de actuaciones e improvisaciones de prueba les propuso convertir al trío en su banda de acompañamiento, de la misma manera que caían las broncas en casa cuando eras el pequeño de una larga saga familiar (en orden descendente en edad y ascendente en la fuerza de la colleja que te tocaba).


Young contó con el grupo para su siguiente disco, el gran Everybody Knows This Is Nowhere, con unas profundas y marcadas señas de identidad: melodías infalibles, largos trabajos de guitarra que perdurarían en el sonido de Young y que producen una digestión lenta en el oyente, casi tanto como una comida con pacharán de postre,. Con este disco se iniciaba una de las más longevas y discontinuas asociaciones de la historia de la música.

Como decimos, Neil comenzó a jugar al sile/nole con los Crazy Horse. Contó con ellos en Everybody, luego cambió de aires uniéndose a Crosby, Stills y Nash en el legendario Déjà vu, contando con el grupo de nuevo en su siguiente disco en solitario: After the Gold Rush, pero sólo en tres canciones. El grupo, por su parte, no pierde el tiempo y mientras Neil saltaba de flor en flor, ellos reclutaban a dos secundarios de lujo del mundo musical: Jack Nitszche (mano derecha durante muchos años de Phil Spector, tanto que hasta se me parecen físicamente), fino productor y arreglista de algunos de los temas más grandes de la música y al guitarrista Nils Lofgren, al que Bruce Springsteen debe parte de su sonido con su banda. Con el apoyo de Young en algunas composiciones y la producción de Bruce Botnick (Love, The Doors) configuran un debut que nada tiene que envidiar al trabajo de Young de esos años.

El disco es una colección de temas que beben de varios estilos y que cuentan con al menos tres voces principales. Una fórmula arriesgada, pero que aquí funciona de manera muy cohesionada, tan difícil de conseguir como una bechamel sin grumos (se agradecen comentarios respecto a esto, razón: cocinero inexperto, pero con voluntad). Así, Crazy Horse sorprende con el pop danzarín de 'Gone Dead train', con su estupendo trabajo de bajo y un estribillo a tres voces realmente irresistible. 'Dance, Dance, Dance', es una de la canciones que Young cedió al grupo, festiva y con con fiddle autóctono, nos muestra otra faceta más del grupo. El pop de gran armonía vocal es rescatado en 'Look at all the Things' de Whitten, que da paso a 'Beggars Day', que firma Nils Logfren y que cambia el tercio, ofreciendo un sonido ampuloso. Por no romper la tónica de encontrarnos con grandes temas en diversos estilos, Whitten escribe y canta 'I Don't Want to talk About It', balada de las que dejan poso y que no necesita de mecheros encendidos para tocar la fibra sensible (con el slide de Ry Cooder es suficiente). Más famosa por la versión que hizo Rod Stewart, pasará a la historia (o no) por ser una de las canciones favoritas de Rob Fleming, el prota de Alta Fidelidad (versión libro). El pulso del caballo desbocado se recupera con 'Dowtonwn' que cuenta con un gran trabajo de los dos guitarristas del grupo, lo que se repite en 'Dirty Dirty' o 'I'll Get By'. Jack Nitzsche es el último en sumarse a la fiesta, pero entrega dos grandes gemas pop: "Carolay" y "Crow Jane Lady", preciosistas y de estructura sorprendente, funcionan como canción pegadiza y como dato para saber cuándo un grupo puede ofrecerte más de lo que esperabas.

Danny Whitten en una de sus fotos a lo 'Gaizka Mendieta'.


El disco termina dejando una sensación de hacia dónde podría haberse desarrollado la música de Crazy Horse que lamentablemente nunca pudo llevarse a cabo (Whitten perdió sus mejores años en la heroína y murió poco tiempo después), aunque Molina y Talbot lo volvieron a intentar una año más tarde con Loose (del que hay variopintas opiniones según el crítico influyente al que sigas) y posteriormente con At Crooked Lake.

Fue una lástima que este grupo (formado por secundarios en esto de la música) no pudiera repetir esta fórmula y haber seguido entregando buenas canciones, pero no creo que ninguno de los participantes (que han tenido sus momentos de estrellato y gloria pero siempre de manera muy moderada) cambiara la creación de momento tan glorioso como este disco por cualquier otra cosa (a menos que se ofreciera un aparato para tener razón siempre, por el cual vendería mi alma, dos veces). De hecho, si lo pensamos fríamente, no sé si yo mismo cambiaría un momento de gloria por un montón de momentos medianos, más aún si tenemos en cuenta lo que significa mediano para según qué personas, pero ejemplo, para Zara significa que careces de hombros, tienes cintura de avispa y pecho palomo. Si eso es mediano, perdónenme, pero me quedo con este disco y con mi perfil Bertín Osborne.

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Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein


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lunes, 21 de septiembre de 2009

Caminando se llega más rápido

The Ventures


Como se dice en el saber popular, el calor aturulla las neuronas, y a tenor de las temperaturas estivales, nosotros, responsables inconscientes de garajeland hemos padecido lo que bien se conoce como un fundición local del lóbulo izquierdo, que, dilatado a nuestra tabla de surf, ésta se ha visto notablemente perjudicada, por lo que nuestro sueño de siempre de bajar con la tabla al Manzanares ha acabado en una tremenda decepción. Este mes ha sido largo como un mes, y en el mismo, unos supuestos surferos de la costa oeste americana han llegado a una cifra de ventas que hace gotear el colmillo de los tiburones discográficos. Cien millones de discos, arriba o abajo. Son los Ventures, y aunque nuestro José Luis Perales está a las puertas de tamaña gesta, no deja de ser una cantidad nada desdeñable para un grupo que no se prodigaba en tener cantantes y que sentó cátedra en el rock instrumental y en la música surf durante la década de los sesenta.




La formación clásica de los Ventures junto a una elegante japonesa, ahora reconvertida en china vendedora ambulante de latas de Mahou


La historia biográfica y cronológica de los Ventures comienza en las frías tierras del estado de Washington, Pacific Northwest americano (otra vez), corren los felices años cincuenta y Bob Bogle, un joven aficionado a la guitarra eléctrica acude a una tienda de coches en busca de un dichoso Chevrolet del 83 (sí, ya sé que es una relación espacio-tiempo algo confusa). El dueño del parque móvil es el señor Wilson, que con un gran carisma y simulando el ruido de un látigo consigue que Bogle se lleve un coche y conozca a su hijo, Don Wilson, otro aficionado guitarrista y colega desde entonces del bueno de Bob, con el que quedarían para aprender a tocar.


Tocando juntos, tanto Bogle como Wilson logran un éxito escandaloso por la indiferencia con la que eran recibidos en los bares y clubes del noroeste, quizás el nombre del grupo (The Versatones) y el dúo formado no despertaban el agrado del público. Se hacía necesaria la compañía de más músicos, por aquello de repartir los bostezos del público, y para ello se une al grupo un bajista de esos que terminan toda su vida en el grupo, Nokie Edwards. Lo cierto es que el éxito seguía siendo esquivo, hasta un golpe de gracia motivado por una buena elección discográfica en la estantería de la casa de la familia Bogle. Allí encontraron una canción originaria del jazz, pero interpretada por el cantante country Chet Atkins llamada “Walk Don´t Run”, que aunque pudiera parecer un anuncio de Nike, no es así (por aquella época ni la marca, ni las fábricas vietnamitas existían). El grupo decide reinterpretarla de otra manera, con Wilson haciendo de guitarra rítmica, Boogle como enérgico solista y Skip Moore como baterista para la ocasión. La falta de contratos discográficos hace que el grupo decida grabar la canción sin ningún sello que les apoye en los estudios locales de Seattle, con todo un lujo de comodidades: un dos pistas para registrar una canción histórica. Tras sonar como cabecera en un noticiario de la radio local de Seattle, mucha gente pregunta por esa sintonía y el grupo consigue al fin un contrato con Dolton Records (precisamente una de las compañías que les rechazaron anteriormente) que se encarga de la distribución nacional de la canción, alcanzando en pocas semanas el número dos en el Billboard.




Nokie a Wilson: "¿Pero no eramos un grupo instrumental?". Wilson: "Tú calla, que su padre es guardia civil y he dejado mal aparcado el coche"


A partir de este “Walk Don´t Run”, el grupo contrata a un batería que no fuera temporal, Howie Johnson, y la producción de discos empieza a ser morrocotuda, tanto que hasta la salida del grupo de Johnson en 1962 se llegan a sobrepasar la decena de vinilos y una basta cantidad de singles que aparecen continuamente en las listas de éxitos americanas copando varios puestos en las mismas de forma simultánea. A destacar de la primera época canciones como “Perfidia”, “RAM-BUNK-SHUSH”, “Apache”, “Silver City” o “Lullaby Of The Leaves”. Precisamente el fatal accidente de coche que provoca el reemplazo de Johnson por Mel Taylor en las baquetas motiva los cambios más sustanciales del grupo, la formación más clásica de los Ventures se completa con el intercambio de instrumentos que realizarían Nokie Edwards pasándose a la guitarra y Bogle al bajo. De esta manera el grupo va adaptando su sonido a los nuevos tiempos con un poco de Surf por allá (“Wipe Out”, “The Twomp”, ”Driving Guitars”), un poco de Spaghetti Western por acá (“Diamond Head”, ”Hang On Sloopy”), experimentaciones sónicas muy propias de la época (“Telstar”) o un montón de versiones de las canciones más conocidas del pop sesentero, que van desde “Hey Jude” a “Satisfaction” o “Bridge Over Troubled Waters”. Lo que nada cambia son unas inconfundibles portadas (publicidad encubierta de Fender en casi todas) y la inabarcable cantidad de discos editados, siguiendo la misma línea de éxitos anterior, que como se puede ver en la web oficial del grupo rayan a la altura del Alce Pulcro del Señor Burns.




El nuevo plan de reinserción laboral siempre contempla a los grupos de surf instrumental. Aquí se ve la firma del convenio.



A finales de los sesenta las tendencias musicales habían evolucionado hasta la psicodelia, y aunque los Ventures estaban asentados en las entrañas de la música popular americana era una aventura digna de Miguel de La Cuadra Salcedo mantener un cierto nivel de ventas y un estilo de Rock and Roll instrumental que estaba estancado (pero, no, en este caso no fueron los cuartetos vocales los que llenaron el vacío). “Hawaii O´Five” sería el último éxito del grupo, pero su influencia no ha hecho sino más que crecer: siguen dando conciertos manteniéndose en el grupo Wilson, Edwards y Leon Taylor (hijo del baterista Mel); en Japón son idolatrados hasta tal punto que los rumores sitúan las ventas de discos en el país nipón al nivel de The Beatles y la banda sonora de Godzilla, juntos; la enciclopedia británica les cita como una de las grandes influencias en los grupos de Rock; muchos guitarristas como John Fogerty, Van Halen, Steve Ray Vaughan, Gene Simmons (inspirador de Tomás Verléin para su vestimenta diaria), Jeff Baxter o el guitarrista de un grupo de Liverpool, George Harrison, han citado el sonido Venturiano como una influencia en sus inicios. En la web del grupo tienen una completa lista de méritos en la larga trayectoria de los chicos de Tacoma.


Al pinchar en el enlace de abajo puede ocurrir que éste no funcione (seguramente tu empresa no tolera empleados poco productivos) o que si lo haga; si es así, encontrarás un curioso recopilatorio donde hemos mezclado las canciones más conocidas de los Ventures con algunas versiones instrumentales bastante reconocibles. Es posible que no esté todo lo que debería, pero es lo que hay y no hemos dado para más, pero como decía Jebediah Springfield: “Un espíritu noble ensanchece al hombre más pequeño”.

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martes, 5 de mayo de 2009

El padrino del punk


Johnny Thunders - So Alone (1978)


Quizás muchos de ustedes no me entiendan, pero llegado todo momento en la vida uno comienza a plantearse qué personaje podría encarnar si estuviera en una cárcel de película americana. No se pregunten que si estamos locos, es evidente. El caso es que mi compañero 61&49 tiene claro que él sería un conseguidor, a imagen y semejanza de Morgan Freeman en Cadena Perpetua. Sólo que en el caso de mi numérico amigo habría que darle un vinilo de 7" para que nos consiguiera un martillo de gemas Yo, por mi parte me conformaría con ser el tío Paulie en Uno de los Nuestros, cortando el ajo para la pasta con una cuchilla de afeitar y vestido con chándal cómodo y calcetines blancos.Sin embargo, a estos dos dos personajes podíamos añadir otro más. Alguien que no sería el mejor dotado, pero sumaría a cierto talento una cantidad brutal de carisma y una capacidad para estar 'aquí y ahora' que ya quisiéramos muchos. Ese personaje; mitad leyenda, mitad maldito, un hijo perdido de Keith Richards se llamó Johnny Thunders y fue una figura fundamental y desconocida de la música, del punk y del rock.


Instantánea patrocinada por Llongueras. ¿Nunca habían oído hablar del estilo peinado pero despeinado?


John Anthony Genzale Jr, más conocido como Johnny Thunders pasó por la vida y la música como un auténtico tren descarrilado, saltando de grupo y estilo musical y yendo siempre un paso por delante de la historia (pero sin el crédito que esto merece). Empezó su andadura en 1972 con unos señores que se pintaban como puertas y que inventaron el glam americano y dejaron el terreno perfecto para la llegada del punk. El grupo al que nos referimos empezó llamándose 'Actress' para pasa rpoco después a llamarse New York Dolls. Al frente de estos seguidores de los Stones desfasados, Johnny dejó para la memoria dos álbumes: uno homónimo y el más que respetable Too Much For Nothing que pasaron inadvertidos para el público, aunque confirmaron a nuestro protagonista como alguien muy querido, sobre todo en los bares donde gastaba los pocos reales que su actividad musical le dejaba (muchos de ellos pasaron rápidamente de la categoría de 'bar de mala muerte' a 'bar de mala muerte con baños alicatados hasta el techo, con lavabo de mármol y grifería monomando'). Johnny tenía algo especial: caía bien a la gente y, pese a que su enganche con todo tipo de drogas empezaba a dejar en pañales al de Renton & Cia, fue una de las personas más importantes en el nacimiento del nuevo estilo musical que iba a consolidarse en esos años.


En 1975 abandonó las filas de las muñecas de Nueva York, pero ya les había infectado de una serie de características que les acompañarían hasta hoy a saber: mezcla de música de los 50 con la estética stoniana, canciones de tres acordes y todo el catálogo de productos de Margaret Astor en sus caras. Sin tiempo para cortinillas de estrella de tan gusto de Homer Simpson, Johnny emprendió una nueva aventura en el errático grupo Heartbreakers, que tuvo como primer bajista a Richard Hell (otro personaje de ese tiempo del que algún día hablaremos). Con los rompecorazones grabó un único disco, pero su verdadera contribución a la causa fueron unas giras por Inglaterra que inspiraron a las bandas de punk de allí tanto o más que la visita de cuatro chicos de pelo largo, con vaqueros azules y chaquetas de cuero y que respondían a un apellido común.


Premio para el que me diga la diferencia entre esta instantánea de los Dolls y la puerta de una discoteca cualquiera.


Las actuaciones de los Heartbreakers pasarán a la historia por controvertidas y extrañas. Ni el propio Johnny sabía cómo iba a salir al escenario esa noche, algunas noches era un dandy caótico capaz de entregarse al 100% y otras una versión anglosajona del tío borracho que habita en todas las bodas. Lo peor en esas situaciones es que todo el mundo sabe qué va a pasar pero nadie hace nada por evitarlo; ejemplo: La organización de los juegos olímpicos de Madrid 2016 lleva a la delegación del COI en autobús por la M-40 de Madrid y claro, pillan un atasco de los gordos. Cáspita, nadie podía esperarlo. Con Johnny era igual, se sabía lo que iba a pasar, pero se disfrutaba. De tal manera que si salía cara, lo normal es que el público destrozará la sala de felicidad y rabia ante el concierto visto, si salía cruz, pues más o menos lo mismo.

en 1978 y con todo en contra: un hábito de drogadicción de alto copete, abandono de su banda, la fama de no rebobinar las cintas del videoclub y estando a punto de superar el récord de Keith Richards de 'guitarrista de rock que más veces ha sido dado por muerto', publicó un disco tan acertado como inesperado que bebía de las fuentes más transgresoras del punk (y cimentaba unas cuantas más), pero sonaba como el Rock 'n' Roll de los 50, con toques de música surf. Un disco con corazón de crooner triste, pero envuelto en una coraza dura y rasposa, a imagen y semejanza del propio Johnny. No se puede hacer un disco de una manera más honesta.

El trabajo en solitario de este superviviente (si fuera más conocido se le incluiría como pareja de dobles de Elvis en el torneo de tenis de la isla de los no-muertos famosos. Por si tienen curiosidad se enfrentarían a Jesús Gil y Roald 'el látigo noruego' Dahl) es pura ironía. Se llamó So alone (tan solo), quizás haciendo alusión a sus demonios interiores, a su sentimiento de no-pertenencia a ninguna parte o, sin buscarle tres pies al gatopardo, porque en la portada aparece más solo que la una. Sea como fuere, lo irónico del asunto es que la nómina de colaboradores, en el disco supera al del show de la vuelta de Krusty el payaso: Phil Lynott de Thin Lizzy; Chryssie Hynde de los Pretenders; Steve Marriott de los Small Faces y Humble Pie; Glen Matlock, Paul Cook y Steve Jones de los Sex Pistols; Walter Lure de los Heatrbreakes; Billy Rath, y Peter Perrett de The Only Ones. Como para que saliera un mal disco.


No estuvimos presentes en semejante encuentro, pero seguro que la conversación fue la siguiente: "Sid, dberías revisar el borrador, que últimamente no meten todas las retenciones...".


No me pregunten que si es bueno, es tan bueno que hasta cuesta ponerle una etiqueta; por ejemplo, 'Pipeline' es puro surf, un instrumental que bebe directamente de Dick Dale. 'You Can't Put Your Arms Around a Memory' empieza suavemente con una guitarra acústica para desembocar en un estribillo tan powerpopero que nos hace dudar de lo que escuchamos. Como si fueran disfraces carnavaleros (yo me pondría el de zurullito, que ya lo tengo pensado) Johnny ensaya poses, entregando en 'Great Big Kiss' una canción en la mejor tradición del los albores del género roquero con arreglos de viento y diálogos entre él mismo y sus coristas. Después todo cambia radicalmente hasta mostrar un híbrido entre el 'White rabbit' de Jeferson Airplane y una canción de Pattie Smith. Nos referimos a 'Ask me no questions', donde su voz, como la de un gato jimoteante pero con una personalidad demoledora, pone el perjil en la canción. 'Leave me Alone' nos devuelve al año en el que grabó el disco, tan punk que podría haber sifo interpretado por los Ramones.


Ahí no acaba la cosa, como buscando desconcertar al personal, Johnny nos da 'Daddy Rollin' Stone', que suena a un buen boogie-woogie, con una armónica siempre presente, los acordes de 'Shakin' all over' dando vueltas y la participación de Phil Lynott. Asombroso, hemos pasado por cuatro etapas del rock en siete cortes del disco, pero seguimos: 'London Boys' parece un homenaje a los Sex Pistols (Johnny es más parecido a Johnny Rotten cantando que nunca), mientras que 'She' so untouchable' puede parecerse más a lo que Todd Rugrend hacía por aquel tiempo. Johnny consigue un sonido único, agridulce y complejo, pero tan variado que muchas veces parece que imita, cuando el imitado puede que fuera él, como demuestran 'Subway train' o 'Dead or Alive'; sendos trallazos que dejan pocas dudas de que un día malo de Johnny Thunders podía valer por 100 buenos de otros. Como si de una Copa Danone se tratara, So Alone reserva la nata para el final : la sentida honestidad de So Alone (los golpes de timbales y los parones casi duelen en carne propia).

¿Qué resultado tuvo este disco? Pues fue bien valorado por la crítica en su momento, pero ignorado por el público (un cuento casi tan viejo como yo mismo diciéndole a mi compañero que iba a terminar este panegírico) y Johnny siguió jugando al despiste: desenganchándose y enganchándose de la heroína, apareciendo a tocar en conciertos donde no había sido invitado, aunque le faltó presentarse en alguno de Víctor Manuel y Ana Belén y grabando un directo en Japón donde parecía limpio de polvo y paja. Ese fue su último canto del cisne, el último de un especialista en darse segundas oportunidades que dejó en el camino discos tan interesantes como éste.




Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein

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