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martes, 8 de octubre de 2013

El retorno a la inocencia de Gene Clark: Gene Clark with the Gosding Brothers



Gene Clark with the Gosding Brothers (1967)

Tanto con los Byrds como con Gene Clark entré en un conflicto que se explicaría fácilmente y por la vía corta por mi tendencia a caer en un cono de ignorancia. En cualquier caso, lo voy a intentar explicar por la vía larga. Seguramente los Byrds sea sin duda uno de mis grupos favoritos (¿acaso no lo es vuestro?), de esos que incluiría en una lista, en un hipotético viaje al espacio o en un hipotético viaje a Guadalajara. De los Byrds tengo, obviamente, numerosas canciones favoritas, la mayoría de las que entraría en puestos de honor compuestas o ideadas por Gene Clark. Hasta ahí todo podría ser perfectamente normal. Sin embargo, tendría que decir que como álbum completo, mis favoritos son precisamente aquellos en los que el bueno de Eugenio ya no estaba en el grupo. Un poco lío, puede. Sin embargo de nuevo (ojo y cuidado), es posible que más que ningún disco de los Byrds, el debut en solitario de Gene, publicado bajo el nombre de Gene Clark With The Gosding Brothers se encuentre entre mis discos favoritos. Disco injustamente desconocido o minusvalorado incluso por gente a la que le gustan los Byrds.

Sencilla imagen y posterior canción insuperable. A Clark le faltó exclamar un muajajaja hacia los demás mortales.

Si tuviera que pensar por un momento que es lo que tiene que hacer un chico de un pequeño pueblo de Missouri que ha crecido entre sonidos Country y Bluegrass junto a doce hermanos y un padre melómano; un tipo que ya de mayor inspirado por la Invasión Británica y los sonidos de la costa oeste es capaz de trasladarse a Los Angeles por puro amor a la música; si tuviera que pensar en eso, me rodearía para un primer disco en solitario de la mejor gente posible. Después de dejar los Byrds y pasar un breve periodo en la pequeña Tipton con su familia, alejado de L.A., es lo que hizo Gene Clark, que jugaba con ventaja tras el éxito con el citado grupo, pero que no hay que negarle que hizo unas incorporaciones bastante acertadas pese a no contar con secretario técnico. A saber, los Gosding Brothers (que eran hermanos de verdad a diferencia de ser hermanos de mentira) en tareas de armonías vocales, viejos conocidos como Chris Hillman en el bajo y Michael Clarke en la batería, Glen Campbell y Jerry Cole colaborando con guitarras, Leon Rusell en piano, su buen amigo Doug Dillard… un elenco que da grandeza al disco y la elegancia de una buena habitación de roble. Todo ello sumado a la ya contrastada capacidad para la composición de Gene Clark. 

Gene Clark trazando la ruta para encontrar el nido del águila antes que nadie

Aunque siempre se habla de este disco como otro más en la interminable lista de aquellos que ocuparían el honor de ser el primero en el estilo country rock (una etiqueta en la que incluso hubo cabida para verdaderos muñones musicales), yo, que soy del extrarradio y mi naturaleza pide llevar la contraria y un plato de fritos de tapa, diré que a mí lo que me parece es un disco de Pop mayúsculo. Influencia Country y Folk de Gene, desde luego, pero al fin y al cabo Pop de exquisitas melodías y preciosistas arreglos instrumentales para un disco redondo. Empecé adorando este disco gracias a un programa de radio (diría que incluso local, lamento profundamente no saber su nombre ni emisora) en el que pusieron “Tried So Hard” y no sabía ni remotamente que aquella canción pertenecía al otrora componente de los Byrds. Casi desde el inicio de la canción esperé impaciente el nombre de quien se escondía detrás de aquella melodía. Una vez conseguido el botín completo no paré de escucharlo una vez tras otra, literalmente porque acaba rápido, pues si algo se le puede achacar a este disco es que su duración hace que se me haga corto. No voy a entrar demasiado en las bondades de este disco (que son muchas), desde la capacidad vocal de Gene Clark de “Echoes” y “The Same One”, a las viciantes melodías de “Keep On Pushing” o “Think I´m Gonna Feel Better”, a los arreglos de Leon Russell en “So You Say You Lost Your Baby” (aunque difícil elegir, seguro que esta estaría entre mis favoritas). Lo mejor que se puede hacer con él es escucharlo detenidamente. 

Gene Clark junto a ese gran famoso cantante. Tiempos mejores.

El modesto éxito que cosechó este debut en solitario, dejó a Gene Clark en un minoritario segundo plano el resto de su carrera pese a que no paró de sacar discos repletos de grandes canciones. Hay que recordar que Gene venía de los Byrds, con un éxito mayúsculo y en constante crecimiento, abandonando la banda con una última contribución (“Eight Miles High”) antes de la publicación de Fifth Dimension. La versión oficial y las buenas lenguas hablan de que dejó la banda por su fobia a volar, que impedía completar sus compromisos con el grupo. Las malas y afiladas dicen que por discrepancias con Roger McGuinn y David Crosby, que no llevaban muy bien que el integrante con más talento del grupo fuera Gene, que además ganaba algo más de dólares gracias a derechos de autor. En esta ocasión tomaré partido, y dado que ya han sido varias voces las que hablaban de que la salida no fue amistosa, me alinearé sin duda con Gene Clark, dada la tendencia de este blog a perder el Euromillón semana tras semana. Para completar el infortunio de Gene, la semana de lanzamiento de Gosding Brothers coincidía con la salida al mercado de otro disco de la compañía CBS, el Younger Than Yesterday de sus antiguos compañeros (por cierto, disco que impactó a Clark por lo que habían logrado en cuanto a sonido). Los señores que mandan en esto centraron promoción en los Byrds añadiendo el puñado de arena que faltaba para enterrar el disco, evitando que llegara a una audiencia más numerosa que lo hubiera encumbrado a la categoría que merecía. 

Como nota de briconsejo final, decir que existen varias ediciones. A evitar, la inglesa, con el nombre de Echoes, tiene una portada más fea, distinto orden de canciones y extras demenciales. La americana, con la sobria portada de Clark que es la que se puede, en fin, tomar prestada un poco más abajo. Y por último, la reedición que hizo Sundazed en vinilo, que incluso contiene notas del tito Sid Griffin, evidentemente la que recomendamos junto a una buena Schneider de trigo ahora que estamos en Oktober.

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viernes, 30 de agosto de 2013

Grabando canciones de los sesenta, en los ochenta: The Optic Nerve


The Optic Nerve - Lotta Nerve (1994)

De las jornadas de educación sexual impartidas en quinto de EGB recordamos poco, muy poco, o que nos regalaron un preservativo que fue inmediatamente después llenado de agua. De la (minoritaria) escena garagera de los ochenta recordamos bastantes más cosas: el fuzz, los vox, los botines, el Brian Jones style y peluquerías rebosantes de gente pidiendo su peinado (aunque Pepe Oneto estaba tan confundido que acabó de tertuliano y liando a su peluquero)… el sonido de muchos grupos inspirados por el Nuggets, el Pacific Northwest, la invasión británica, etc. De entre todos ellos muy pocos fueron los que cosecharon cierto éxito y se han mantenido regularmente sacando discos y actuando en directo. Más o menos ya sabrán quienes son. En cambio, muchísimos fueron los que quedaron más olvidados y tuvieron que verse forzados a abandonar con una producción musical más escasa de lo que merecía. Sin duda alguna, mis favoritos entre este último y desafortunado grupo están los neoyorkinos The Optic Nerve, a los que escucho incluso con mucha más regularidad que alguna de las “estrellas” “consagradas” (vayan añadiendo todas las palabras con comillas que vean oportunas) de la escena.

"Así que lo que quiero es que en verano cuando salga de vacaciones me reguéis los geranios"

Si por algo me conquistan los Optic Nerve no es porque tengan nombre de una parte que sale del globo ocular, sino por una propuesta musical opuesta a la mayoría de grupos de garage, facturando canciones que encajarían en un disco de Gene Clark o los Byrds, de un Dylan inocente si alguna vez existió un Dylan inocente, del primer disco de los Stones queriendo ser los Beatles, en definitiva muchas cosas que nos gustan demasiado por estos lares. El principal responsable del grupo y por tanto el encargado de pagar más litros de Mahou para llevar a los ensayos es Bobby Belfiore. Si a algunos grupos ochenteros se les conoce por ser one hit wonder, a Bobby Belfiore se le podría llamar one man wonder, a secas, pues es prácticamente el único responsable de las composiciones, cantar, guitarra y esporádicamente bajo. Rodeado de músicos a tiempo parcial para las grabaciones y los escasos directos en tres años de vida del grupo destacan entre ellos varios miembros de los Fuzztones y muy especialmente Tony Matura, con activa participación al devenir del grupo colando guitarras, voces e incluso alguna composición.

Ojo, que ser un grupo de culto no impide tener una misteriosa groupie en tus conciertos

Tristemente, su material primigenio sólo fue de un par de 45 rpm de tres canciones cada uno para el sello Cryptovision, subsanada esta escasez con el paso de los años gracias al disco Forever And Day y al recopilatorio que nos ocupa, cortesía (esta vez cortesía, porque pagar por este disco no debería ser considerado una transacción de pago) de GET Hip Records. Obviaremos que el disco son dichos singles y algunas canciones rescatadas para tratarlo como un LP con todas las de la ley, pues al menos a mí, su escucha me produce las mismas sensaciones que un buen LP (por emplear la jerga al uso). Las canciones retrotraen a algún verano del 65 o el 66 (no se preocupen, si hacía calor, los niños y las personas mayores, como grupos de riesgo, tendrían que beber mucha agua). Abriendo con una joya de glorioso inicio Rickenbacker, nadie pensaría que “Ain´t That a Man” es una canción del año 86.  “Mayfair” es otra canción de pureza exquisita, voces y coros que harían rescatar en una nueva moda a los cuartetos vocales para facturar otra fina melodía que evoca tiempos musicales mejores. “Happy Ever After”, otra de mis favoritas, de suave psicodelia como si hubieran grabado con los Byrds justo antes de Fifth Dimension. “Leaving Yesterday Behind” sería un single del Nuggets si se hubiera publicado antes. “Same Way Too” es purito Gene Clark, no me sorprendería escucharla en su disco con los Gosdin Brothers. “Kiss Her Goodbye” retoma el suave pop melódico, me recuerda un poco a Emitt Rhodes. De entre las canciones que vieron la luz gracias a este recopilatorio destaco “What´s She Tryin´ To Do”, de sonido merseybeat y “What's Been Missin'” otra canción de indudable calidad, himno pop diríamos en nuestro afán por entregarnos al drama, la comedia y la gramática.

Foto promocional de un grupo. El concepto es estar sentados (o apoyados), uno de pie (por aquello de romper estética) y que alguien lleve gafas de sol

No dejen escapar este disco o algunos de sus singles si se cruzan en su camino, le harán disfrutar del verano, del otoño, de otras estaciones meteorológicas, del sol, del olor de un árbol, de un buen chuletón y en general de todas las cosas buenas que se le puedan ocurrir. Todo ello gracias a la pasión con la que The Optic Nerve buscaron evocar (o incluso mejorar) con gran entusiasmo y acertado sonido tiempos donde la melodía era el factor diferencial en la música.

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viernes, 14 de diciembre de 2012

Contacto con Tacto (XVI): Purple Weekend

Purple Weekend 2012 - León

Dicen que un clavo quita otro clavo. La gente que llega borracha desde la siete de la tarde dice que la resaca la quita una cerveza para desayunar. Yo esto no lo sé porque sigo siendo fiel al Nesquik. Lo que si he aprendido es que si uno va a hacerse un viaje en jornada de puente dejando atrás dolor, mucho dolor por perderse un concierto de los Redd Kross, lo mejor es paliar la tristeza tomando una medicina similar. El Purple Weekend de este año, en su ya vigésimo cuarta edición era la opción médica más aconsejable. Un cartel muy del gusto de este vago bloc, pues a la evidente llamada de Gentleman Jesse, Bart Davenport, The Ripe o Nick Waterhouse había que sumar la no menos gustosa gastronomía leonesa y sus vinos del Bierzo.

El señor de los numeritos tras la última jornada del fin de semana a base de tapas

Primer día: ¡Viva el vino!

Tras la llegada a León y ponerse el mapa de Krusty Burgers en la cabeza (había algo de niebla, no crean) encontrar la zona de bares y comida no fue problema. Una tapa de sopa de ajo ayudó a que unas canillas en temperatura de ultramarino entraran en calor. Rápidamente uno se hacía a la zona más por el instinto desarrollado a lo largo de los años que por otra cosa. Faltaba un factor sorpresa, un Jaycee Carroll de la tapa leonesa: Warrenpelagatos. Si no le conocen como director del programa Tonetti en Radio Arrebato lo harán como un filántropo de los bares que discurren por el corredor de la Alcarria y el astur-leonés. Fue él el que nos puso en el camino de las patatas fritas con pimentón picante del Flechazo. Imprescindible manjar mientras esperábamos la apertura (nocturna) del Purple Weekend, de lo que se encargarían los holandeses The Kik.

Y después del uno viene el dieciséis...

Ellos le pegan al Beat o Nederbeat de forma más que elegantemente trajeados. Una buena elección por parte del festival iniciar de esta manera. Alegres, fiesteros y con sus buenas melodías, cantadas en el idioma de los Van Houten, cosa que no desentona para nada. Personalmente me gustaron más cuando tomaba protagonismo Arjan Spies, de los muy añorados por estos lares Mark And The Spies. Estuvieron simpáticos y si bien su cantante Dave Von Raven, con pintas de profesor sustituto, alargaba en demasía la charla ofrecieron un concierto de lo más ameno.

The Kik. El holandés mola en la intimidad.

La segunda parada de la noche iba más cargada de decibelios, en este caso llegados de Escocia y con más años a sus espaldas que los tiernos holandeses: The Rezillos. Ellos lo tienen todo para que me gusten, sonido de la primera hornada punki, un poco de New Wave por allí, otro poco de pop por allá, y el caso es que nunca me han terminado de engatusar del todo. No dudo de la valía de sus directos, pero una vez más me quedé sin engancharme a ellos. Puede ser que a esas horas y con el viaje a las espaldas ya estuviera pensando en bollos de canela calentitos y no en el espectáculo visual que es ver a estos trasnochados escoceses.

Segundo día: Póngame una más, que yo controlo.

Insano madrugón para hacer turismo, aunque fue bienvenido. La experiencia y la veteranía empezaron a ser un importante activo en la búsqueda de la tapa idónea, y hubo momentos que se conseguía en forma de cazuela de garbanzos con bacalao. Tanto fue así esta obsesión por la tapa y el vino que se nos pasó por completo el concierto de los valencianos Midnight Shots. Mil disculpas. Los conciertos en horario de tarde se realizaban en el estupendo Espacio Vías, que previamente habíamos visitado para ver su mercadillo de discos, la exposición de fotos de ecstasy and wine (recomendable ver sus cápturas del fin de semana), otras variedades sesenteras, y que además nos dio a conocer en sus inmediaciones unos carteles con la estelar actuación de Tony Genil para este Viernes catorce (no sé que hacen leyendo esto y no viajan ipsofacto).

Jacco Gardner al organillo y la maraca. Chico aplicado. 

El primero de ellos el joven, por no decir maldito pipiolo, de Jacco Gardner. Inmiscuido plenamente en recuperar una suave psicodelia pop y hacerlo todo como si saliera recientemente de una pintura flamenca del Rijksmuseum. Pónganlo en un festival con público que vaya a ver a Saxon y no sale vivo de allí. Lo cierto es que su estilo necesita de una dedicación inicial, si bien pasada la sorpresa inicial para quien no conociera sus andanzas, a mí me terminó enganchando, y eso que las seis de la tarde suele ser una hora crítica para mi estado mental.

The Ripe. Camisa de cuadros.

Siguiente turno para uno de los grupos que más ganas tenía de ver, The Ripe. Otros que le dan un poco a la psicodelia pero con alma de más powerpop, y con un resultado que me chifla. Aprovecharon la primera mitad de concierto para alternar canciones de lo que será próximo disco con algunas de Into Your Ears, pero fue a partir de la segunda mitad cuando se centraron en el solomillo y todo empezó a mejorar sin parangón. Todo ello pese a que Jorge Explosión andaba resfriado y se quedó en la velada en un discreto segundo plano, algo chocante para los que le hemos visto habitualmente sobre el escenario.

Bart Davenport. Chaqueta de cuadros.

Como el día era una sucesión de sucesos tras otros hasta que deseamos que se muera Flanders, no había tiempo que perder para cambiar de escenario y dirigirnos al CHF León, donde esperaban Bart Davenport y los barceloneses Biscuit que tocarían íntegramente el Sound Affects de los Jam. Entre medias, caña y tapa para no desfallecer. Podría ponerme objetivo y con ínfulas de crítico para decir algo como “sobraba el ejercicio nostálgico bajo una amalgama de manidas versiones que a estas alturas no aportan nada al parabólico mundo musical”. Al cuerno. Disfruté al máximo. Las voces, la instrumentación y el buen rollo que estila Bart Davenport hicieron que el concierto fuera sensacional, rememorando a uno de los grupos de mi vida.

Gentleman Jesse. Pelazo, y un tipo simpático.

Aún con el regusto que dejó este concierto, y con los gemelos bien tirantes después de unos cuantos saltos y las horas acumuladas del largo día venía el plato fuerte de la noche, Gentleman Jesse. Fue fuerte, intenso, no me defraudó en absoluto y nos dejó casi sin aliento a los presentes. No por el pelazo de defensa del Sevilla que se ha dejado el peluquín de Jesse Smith, sino por la energía con la que salieron a tocar, casi sin pausa y a todo trapo. Intenté seguirles el ritmo, pero me fue imposible y no creo que fuera el único, literalmente: me arrollaron. Ni siquiera recuerdo el orden en el que fueron desgranando las canciones de sus dos discos (salvando una versión de Biggest Gossip In Town que me sorprendió). Ni falta que me hace.

Los Mockers, un poco de lejos pues el objetivo ya estaba fatigado

Para el último concierto esperaban los más veteranos, los uruguayos Los Mockers. No soy de los que suele gustar la repesca de grupos que han dejado impronta hace cuarenta años, ni por estrellas veteranas, ni por cualquiera que tuviera una aparición en Reencuentro. Lo cierto es que los Mockers estuvieron simpáticos, gratificados de estar tocando por primera vez en España, con ganas de agradar y siendo reconocidos como los Stones sudamericanos, versionenando de vez en cuando a los Stones ingleses. Si no hubiera llevado semejante día a mis espaldas los hubiera disfrutado más plenamente, supongo que los más fanes sí lo hicieron.

Tercer día: El frío es para cobardes.

Último día de conciertos y otra jornada de turismo, esta vez más pausada. Según iba avanzando el día la cosa mejoraba tras probar todos los sabores de las croquetas del Rebote y la estupenda morcilla de untar leonesa, servida en pan de hogaza no hace necesario conocer el cielo. En estas nos acercamos al céntrico y atestado escenario del Gran Café donde esperaban los asturianos Stanley Road. Con semejante nombre ya sabrán por donde irán los tiros: punk-pop, estilo mod y tirar de un par de versiones de los Jam. Correctos y con un breve concierto que sentó bien. Vistos desde un segundo plano, pues no era lo más idóneo aglomerarse en los mejores sitios mientras cargaba con una bolsa de morcillas y cecina que habíamos comprado minutos antes. Esto sí que es finura mod.

Stanley Road en un llenazo del Gran Café y publicidad de Mahou

Casi sin tiempo, nuevo desplazamiento para otra doble ración de conciertos en el espacio vías. Esta vez cargado de garage, beat y R&B. Por un lado los gallegos The Phanton Keys, y por el otro los franceses Les Terribles. Cada uno juerguista a su manera, y aunque ambos resultaron divertidos me quedo con Les Terribles, que cuando se enchufan en modo fiesta a darle a las versiones garajeras de yé-yé comandados por su cantante, ahora con la cabeza rasurada Rudie, la cosa se pone muy seria. Incluso finalizaron con una versión del Flamenco de los Brincos, cantada por un invitado que, francamente, no sé quien era. Me los había perdido alguna vez y resultan del todo recomendables.

Les Terribles y la apología por la chica sesentera

El final del festival se acercaba a su fin y sólo quedaban tres conciertos (parece poco y todo) en el escenario principal. A los asturianos Kings Of Makaha llegamos con una par de canciones de retraso. Me gustaron más cuando se ponían en modo surfero instrumental, apoyados en un guitarrista con muy buena pinta, que cuando optaban por el lado rockero vocal. Cosas de mis manías supongo.

Para el segundo concierto, el de Nick Waterhouse, el pabellón CHF ya se había llenado como en ningún otro concierto, hasta tal punto, que los primeros compases de concierto estuve bastante entretenido con tres personajes sin duchar (hay cosas evidentes) que intentaban métodos de lo más variopintos para ligar con un par de señoritas que había a mi lado. Sin suerte, por supuesto. Con Nick Waterhouse tengo una relación difícil de explicar: me gusta mucho su disco, pero hay algo en la personalidad de este joven (y mucho) caballero del R&B que no me acaba de convencer. No es algo como mi odio irracional hacia Dennis Quaid, pero no me termina de enganchar por el lado humano. Musicalmente es un titán, mejor guitarrista de lo que esperaba, canta bien, se apoya en una banda magnífica y especialmente me gusta cuando se pone con el Soul más oscuro. Una cara ésta, que en pos de la parte más bailonga del asunto es la que parece reclamar la mayoría de la gente a esta última y numerosa hornada de revivalistas del género.

Nick Waterhouse, el hombre más buscado de la noche.

Con el último concierto me llevé el chasco de todo el fin de semana: Roky Erickson, el que fuera líder de 13th Floor Elevators y superviviente al LSD, otras drogas varias y el paso por un sanatorio mental. Comencé el concierto razonablemente cerca pese al brutal volumen, poco a poco fui escalando posiciones hasta las filas de más atrás para continuar parte del concierto sentado en las gradas laterales. Hasta que se puso en un plan progresivo, que es a mi persona lo mismo que me apliquen el toque de la muerte. Una lástima, pero me fui fuera a contemplar el frío de la noche leonesa.

Triunfal fin de semana, buena organización, ambiente agradable y selecto, todo acompañado de riquísimas tapas. Mi punto positivo a favor del Purple Weekend 2012, sin duda.

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lunes, 20 de agosto de 2012

La importancia de llamarse Van


Them - Angry Young Them (1965)

 
Probablemente lo desconocerán, pero entre mis múltiples talentos uno de los mas ocultos es aquel que hace referencia a mis vastos conocimientos de biología o física. No en vano, puedo explicarles el complejo mundo de las proteínas mediante un sencilla metáfora que implica una puerta, una llave y un profesor de ciencias sin sonrojarme apenas. Sí, habrán adivinado que esto de que hablo es otra de esas cosas en las que tampoco tengo nada interesante que decir.

Contando con ello, he de reconocer que el tiempo me ha hecho ver que alguna cosa ha quedado en mi psique, por ejemplo que cuando alguien dice la palabra "Glúcidos"puedo rellenar un folio en blanco con datos inservibles, pero a velocidad de auténtico vértigo y que ciertos tipos de determinismo escapan al tiempo, a Matrix y a las subidas del IVA. Y como mejor ejemplo de esto, tomo las inmortales palabras de Abe Simpson a su hijo cuando éste está a punto de hacer su diagonal final en su ejercicio de gimnasia artística: "Ahí la pifias". No les tengo que contar el resultado final de mi historia, ¿verdad?

Sí, sí, todo son alegrías cuando ves el piso piloto, pero luego...


Unos folios en blanco más tarde traigo otro ejemplo de determinismo: el de uno de los autores del disco del que hoy hablamos, el determinismo afectaría directamente en una idea bastante simple: "Si uno se apellida Van ya tiene parte del camino hecho". No me tomen a mal, no les digo yo que Van Morrison no podría haber tenido una carrera como la suya apellidándose Pérez Rodríguez (por poner), pero tener el mismo pedigrí que un gato común indioeuropeo no ayuda a darse a conocer, háganme caso que me lo han contado de primeras...

Pero primero empecemos por levantar todas las cartas: les he mentido, y descaradamente. Antes de que saquen las antorchas de emergencia les explico que ha sido una mentira a medias: Van no se apellida Van, bueno al menos no directamente: George Ivan Morrison nació en Belfast el 31 de agosto de 1945, pero en los escenarios siempre fue conocido como Van Morrison, Van The Man. Un señor uraño elevado a categoría de mito de la música británica que en los sesenta era más conocido como la gran esperanza blanca (y ya uraña) del Blues y el R&B.

Van tuvo contacto con la música desde muy niño gracias a los discos que su padre traía de EEUU: Solomon Burke, Ray Charles... carnaza de primera, amigos. Viendo el interés del niño en el tema musical (y la imposibilidad de conseguir una raqueta de tenis para que el pequeño hiciera el Air Guitar correspondiente) su padre  acabó por comprarle una guitarra a los 12 años, con la que empezó a tocar en grupos de Skiffle y a componer sus primeras canciones. Con 14 no le admitieron en un par de conjuntos porque ya tenían a un guitarrista en sus filas; en ese momento decide que quiere aprender a tocar el saxofón. Su padre accede (y esta vez no hay ningún paralelismo con los Simpsons, sucedió así) y un mes después de tenerlo en sus manos ya domina el instrumento con soltura. ¡Un mes! Más o menos el tiempo que calculo necesitaría yo para saber por dónde se sopla y por dónde sale el sonido.

Desde aquel día seguir la pista musicalmente a Van exigía no pestañear ni un segundo: con 17 emprendió su primera gira con The Monarchs, grupo que tuvo más miembros de los que este humilde escriba puede recordar y que deja completamente humillado a todas esas informaciones veraniegas de fichajes futbolísticos que acaban siempre en negociaciones con "flecos" pendientes (la revisión de flecos ese tema en el que siempre hay que estar atento de su evolución, es decir, su falta de evolución). Dos dimes y diretes más mandaron a Van a tocar con un grupo que tenía ya un contrato en un hotel, The Gamblers, los que poco después serían conocidos como Them.

Las caras de circunstancias se deben, como no podía ser de otra forma, a que se trata de un vuelo de Ryanair.


Estamos en 1966 y mientras Revolver deja claro que los Beatles tienen mucho que decir y que no se va a parecer a nada de lo que la gente se esperaba, Van ya es compositor de éxito de Them, ha escrito Gloria, compartido escenario con un tal Jim Morrison y los Doors (que según cuentan las malas lenguas copió bastante de su teatralidad del bueno de Van) y ha conseguido labrarse una fama de cascarrabias de la que seguro tomó buena nota Alfredo Landa para "Lleno, por favor". Un año antes, salía al mercado este artefacto musical en el que quedaban aclarados unos cuantos conceptos:

  1. Que no estaba permitida otra cara que no fuera la de Poker en la portada.
  2. Que el "Featuring de Van Morrison" puede ser una traducción bastante acertada de "Aquí guapines los justos". Un ejercicio de poder que me deja con ganas de proponer otros ejemplos que podrían haber sido justo así: "Taxi Driver, featuring Robert De Niro", "La Biblia, Featuring Jesús o "El Gran Lebowski, featuring el Nota, Noti o el Notarino si no os van los nombres cortos".
  3. Que como elemento recopilador de la tradición del R&B inglés de influencia americana es es un representante más que digno.
En estos momentos pueden argumentar (con bastante razón) que el disco no refleja lo que se supone que eran Them en directo, un grupo que contaba con versiones elefantiásicas de sus canciones: 20 minutos de "Here Comes the Night" enlazados con "Baby, Please Don't Go" donde Van dejaba exhaustos al público presente, pero este disco es el primero donde se escuchó "Gloria" y donde apareció "Mystic Eyes". Dejen paso.

Y eso que aparentemente no era el mejor momento para Them, Van Morrison empezaba a estar cansado de los rigores de ser un grupo inglés en la Inglaterra de los 60: giras, trajecitos, actuaciones en playback en televisión... todo alejado del espíritu indomable del (aquí viene el tópico) León de Belfast. Para más inquina el manager de la banda, Phil Solomon, ya había elegido el producto del primer largo de Them. Ese puesto fue tomado por Bert Berns cuyo mayor mérito (y no está nada mal) era ser uno de los compositores de Twist & Shout. Así que con una mala leche acumulada que dejaba en pañales a los tertulianos de "El gato al Agua" un puñado de canciones ensayadas hasta la extenuación en directos y un sombrero para conversaciones telefónicas The Angry Young Them salió a la calle.

Preciosa estampa de clima oceánico: su río, su neblina, su grupo de R&B, su niño robando la cartera del teclista...


El disco comienza a todo trapo: Mystic Eyes. Torrente de armónica, riffs de guitarra tocados con urgencia y toneladas de testosterona que cierra de la manera en la que podría acabar el mundo: volviendo al punto de partida. Cuenta Van Morrison que la canción nació de una larga improvisación del grupo. Uno de esos momentos mágicos donde todo cuadra, los astros se alinean y el repartidor de MRW coincide en espacio/tiempo contigo. A nosotros nos sabe a poco los menos de 3 minutos del tema, pero incluso así, es una canción que respira sudor y algarabía de manera única. Sin mucho tiempo a recuperarnos Van entrega dos pinceladas de R&B que nos ponen en contacto respectivamente con la parte más negroide y seductora de los irlandeses y con la hechuras de Van como cantante capaz de decirle a Jagger: "¡anda, quita!" del escenario: "If You and I Could Be As Two" y "Little Girl".

El culto a los maestros sigue con "Just a Little Bit", con el órgano de Peter Bardens como acompañante de la voz de Van, mientras que  "I Gave My Love a Diamond"sirve de anticipo para el desembarco de "Gloria", quintaesencia de las canciones rock que han sido escuchadas hasta la saciedad pero no consiguen cansarlos. Quizás es por esa introducción que no es introducción, quizás por la estructura de tres acordes que hacen sencilla su reproducción en cualquier ambiente (concierto ante 200.000 personas o borracho como un lémur en el portal de tu casa) o que su escucha masiva ha servido a generaciones de españoles para aprender "spelling" con más eficacia que cualquier profesora nativa de inglés. No conocemos la receta exacta, pero nos quedamos con todo lo que encierra la canción: desde el acentazo irlandés de Van mezclado con una interpretación a lo Howlin' Wolf, hasta con la sabia y acertada forma de terminar el tema.

Kent Brockman tenía razón, queridos amigos. TENÍA RAZÓN
 

Tras la catarsis de Gloria, Van entrega su propia versión ceñuda de una canción a lo Bob Dylan ("You Just Can't Win") y sigue dejándonos claro que puede convertir canciones de inspiración R&B como "Go On Home Baby" en pildorazos de garaje tanto como  homenajear a los maestros con la versión de Don't Look Back de John Lee Hooker . Aunque como más nos gusta a nosotros es llevando a ebullición canciones como "I'm Gonna Dress in Black", interesante remedo de la casa del son naciente que se beneficia de la leonina voz de Van como mis fracasos en la cocina tras ponerle un poco de orégano (incluyo postres).

Con las parecidas claves, Them convierte el "Bright Lights, Big City" en una pieza de R&B contemporáneo que alcanza las mejores cotas de interpretación instrumental del disco. Y para el final otra versión: "(Get Your Kicks On) Route 66" que funciona como declaración de principios: "esto es lo que hacemos" y como inmejorable última impresión del grupo: voz superlativa, el Hammond dando guerra, una base rítmica tipo adoquín del Pilar y la intención de dejar a todos sin aliento, los que tocan y los que escuchan.



Them fue un grupo de corta carrera (el álbum del que hablamos y otro más, llamado con perspicacia: Them Again) y aunque en Garajeland no nos gusta chivarnos sabemos que fue la peculiar mala leche de Van la responsable de decir "esto no hay quien lo aguante, me voy al bar de Moe" y, también, que no le salió mal la jugada. Pero no está de más darle crédito al grupo, que en solo dos discos fueron capaces de situarse a la cabeza del R&B británico y entregar tres joyas como "Baby Please Don't Go", "Mystic Eyes" y "Gloria". No está mal para cinco chicos airados; no señor.


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Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein.
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martes, 17 de mayo de 2011

Los Padres de la Criatura: Badfinger


No Dice (1970)

Uno de esos días. Los de levantarse con la pierna izquierda (o derecha según la lateralidad cruzada con la que hayan nacido). No atinas con el despertador, pero sí tu muñeca con la mesilla, el perro se ha comido tus zapatillas y la avería de Gas Natural -que te tiene sin agua caliente desde hace dos días- sigue siendo registrándose como “incidencia”. Eres la misma persona que ayer, pero con rotura de escafoides, unas zapatillas babeadas y una temperatura corporal tan baja que asustaría a la comunidad médica. Y aun así sales a la calle convencido de que el día mejorará. Eres un espíritu inquebrantable, que es parte de las mejores cosas del ser humano y también un motivo por el que las razas alienigenas creadas por Douglas Adams nos miran con desdén. La conclusión es que poseemos una incombustible fe en que todo va a salir bien, incluso cuando el sentido común, la experiencia y un señor con tricornio y vestido de verde nos dice: “por aquí no se puede pasar”. Esto se da en nuestro vida, pero también en la música. Normalmente no se reparará en ello, pero Badfinger es el mejor ejemplo de este comportamiento que se me ocurre.


Si se preguntaban a qué nos referimos en Garajeland cuando hablamos peluquines, lo hacemos
exactamente de ESTO


El grupo del que hablamos hoy se tenían mucha fe, es la única razón para que fueran capaces de dejar un legado tan importante (y en tan poco tiempo) con todo lo que tuvieron en contra. Quizás no sea del todo cierto decir que contaban con elementos en contra. Pongamos que todo a su alrededor se desarrollaba de tal forma que, lo más sensato, sería salir corriendo sin mirar sin llevabas las piernas depiladas. Hagamos una lista: son un grupo de Gales, un lugar donde por mucho que te pongas no puedes escribir mejor que Dylan Thomas, jugar al fútbol mejor que Ryan Giggs o vivir mejor que John Benjamin Toshack. Con esas premisas, a los buenos de Badfinger sólo les quedó dedicarse a la música. Seguimos con las cosas en contra: son uno de los primeros grupos en fichar por el sello Apple de los Beatles (que nacía como una gran idea comunitaria de empresa creativa y acabó teniendo un éxito pareció al Rascapiquilandia europeo), graban un primer disco y resulta ser un fracaso comercial. En sus primeros años tampoco parecía el grupo más estable del mundo (entre 1967 y 1969 cambiaron dos veces de guitarrista y una de baterista). Y este disco tuvo que competir en las listas con el Plastic Ono Band, All Things Must Pass o el Led Zeppelin II (y lo irónico es que colaboraron en dos de ellos...). Así pintaba la cosa.



Badfinger fichó por Apple cuando todavía eran los Iveys, grupo que ya contaba con Peter Ham y Tom Evans en sus filas y que se formó en los albores de los años 60. Tras unas cuantas actuaciones y ya con Mike Gibbins como batería comenzaron a tener cierta reputación como banda gracias a que sus canciones se revelaban como pequeñas perlas cultivadas de la música pop. Sin embargo, no fue hasta que Mal Evans (otro sexto beatle) les vio en un concierto y les fichara cuando comenzó su relación con la discográfica de la manzana, lo que para bien y para mal les cambió la identidad para siempre. Tras la firma, lanzaron su primer single, el fallido Maybe Tomorrow, que alcanzó el top ten en Japón, pero no en Inglaterra o EE.UU. El grupo, por su parte, se encontraba viviendo momentos duros: creían que Apple no hacía bien su trabajo y Ron Griffiths (guitarrista) tenía sus más y sus menos con Tom Evans, lo que acabó con el primero fuera de Badfinger. Pete, comprendió que les faltaba algo a su sonido, lo que me suele ocurrir a mí con el cus-cus cuando no le he puesto el conjunto de especias verdes, y llegóa a la conclusión de que el ingrediente X no era otra cosa que darle a algunas de las mejores melodías de pop de las islas la rasposidad de un buen riff de guitarra eléctrica. Una mezcla ésta del Pop y el Rock que hoy llamamos Power Pop y que nos parece lo más normal del mundo, pero que en esa época casi necesitó de un referéndum tipo "Sí a la 24" para consolidarse. Conviene recordar que en los 60 el Pop y el Rock eran compartimentos estancos excepto si los Beatles decían lo contrario (y en 1969 estaban ya muy ocupados autodestruyéndose).



Ya con la nueva formación (Joey Molland se unió al trío como sustituto de Griffiths) y con el grupo rebautizado como Badfinger ( nombre que viene de Badfinger Boogie, uno de los nombres que los Beatles barajaron para el With a little help of my friends) la cosa empieza a fructificar, primero gracias al single 'Come and Get it' escrito y producido por Paul McCartney. Un número uno que les lleva a grabar su segundo disco, el magnífico Magic Christian Music, una especie de tótum revolútum que incluía canciones de la banda sonora de la peli que protagonizaban Ringo y Peter Sellers, composiciones de los Iveys con nuevas grabaciones del Maybe Tomorrow (que en formato disco no había salido en ningún país anglosajón). Esta práctica, la de meter todo en una cesta y esperar que salga bonito y cohesionado por la gracia de Cthulhu, es el truco que llevan buscando esos magos bromistas que meten tu reloj en un pañuelo, sacan un martillo y muestran una amplia sonrisa mientras proceden con el elemento percutor y tú te das cuenta de que ni es una comedia, ni el mago se llama Splendini.


"Por última vez, que no vamos a tocar Help"


Tras ese disco, el camino de Badfinger parecía encauzado, así que no tardaron mucho en ponerse a grabar su tercer LP, No dice (una expresión originaria de los juegos de dados que viene a decir algo así como: “de ninguna manera”), de nuevo bajo la producción de Mal Evans con portada a lo mata hari y lleno de canciones de toneladas de talento. El nuevo sonido del grupo es identificable desde los primeros segundos de ‘I can’t Take it’, primera muestra de la maestría de Pete Ham como compositor: menos de tres minutos de fundamentos del Powerpop en los que se demostraba que el grupo iba a tener una capacidad casi mística de juntar el brío de las guitarras de Joey y Pete con melodías que rondarán tu cabeza con una facilidad inusitada. Después de este inicio, el disco sigue demostrando sus credenciales con dos canciones que desmontan todas las ideas preconcebidas que se tuvieran del grupo: ya no eran un grupo de baladas o, por lo menos, no únicamente; eran capaces de conjugar sus dos vertientes, como bien demuestra el cambio de 'I Don’t Mind' o 'Love me do', composición de Molland que además de un gran paso para poder diferenciarse de los Beatles (junto con otros detalles como que eran cuatro, melenudos, grababan en su sello y si cerrabas los ojos te costaba distinguir las voces de Tom y Pete de las de John y Paul) es una conexión directa con el nuevo sonido que estaban creando.


Llegamos a 'No matter what', que fue el primer single (tras un par de arreglos en unas nuevas sesiones de grabación dirigidas por el gran Geoff Emerick, ingeniero de los Fab Four). Una muestra majestuosa de cómo una buena canción puede convertirse en lo que marca la diferencia entre un gran disco y una absoluta obra maestra. No creo que nunca haya hecho una lista de todo lo que tiene que tener un canción para que ganarse mi atención, pero les puedo decir que No Matter What tiene todo eso y algunas cosas más de reserva: riffs de guitarra que te atrapan, la conjunción perfecta de tres voces trabajando las armonías eficazmente y un cambio (lo que empieza a partir de "Knock down the old gray wall") que conjuga al mismo tiempo la complejidad y la imposible sencillez de hacer un tema completamente adictivo.


No pensarían que iba a resistirme a los encantos que Google Imágenes y su imparcial buscador

Aunque si por algo pasó a la historia No Dice es por contener la canción más recordada de Badfinger, o mejor dicho, la canción de Badfinger que más conoce la gente, pero que nadie sabe de quién es realmente y que se añade a esa lista de canciones originales que son menos radiadas que sus respectivas versiones ('All Along the Watchtower', te miro a ti) Nos referimos a 'Without you', que alcanzó fama mundial gracias a la excelsa voz de Harry Nilsson (algún día le dedicaremos un algo a ese un borrachín entrañable) y a una versión de Mariah Carey no apta para diabéticos (a la que no dedicaremos ni un minuto más). La canción, que aquí tiene un tono más folk, deja a las claras el talento de la dupla Ham/Evans para componer (la estrofa es obra de Pete, mientras que el estribillo fue aportación de Tom, ya ven, repartido como buenos hermanos). Los siguientes cortes, como 'Blowdyn' son los últimos vestigios de los Iveys con su sonido antiguo, algo que Better Days rompe por completo gracias a un riff que recuerda en estética y sonido a los que Mick Ronson fabricaría para Bowie en esa época. Del mismo modo, 'It Had To me', supone uno de los mejores momentos de Badfinger, una canción que debemos a Mike Gibbins, el batería. De inicio emocionante, es una de esas melodías que parece que va a romper por alguna parte gracias a la interpretación de Pete y al que siempre, y no sé por qué, lo emparento definitivamente con toda la cara B del 1# Record Big Star. palabras mayores.


Final del disco para 'Believe Me' de Tom Evans, una aproximación -en cuanto a sonido e interpretación- a las canciones que John Lennon entregó para el álbum blanco: honestidad ante todo y, en este caso, un estribillo vibrante. Badfinger saben jugar como nadie con el fino equilibrio entre lo delicado y lo directo y Pete lo vuelve a demostrar con 'We’re for the dark', un fantástico mantra tocado por la inspiración de un genio compositivo, la diestra labor de producción de Geoff Emerick ( el sutil arreglo orquestal es una maravilla) e interpretada con una de las mejores voces que ha habido en este estilo musical. Una voz que podía llenar estadios y tocarte la fibra, ser el nexo de unión entre la exquisita educación victoriana y las pelis de golpes de Guy Ritchie.





Decir que Badfinger merecía mejor suerte, no es hacerle justicia del todo. Coetanos y fundadores del Power-pop sin pretenderlo y sin ser conscientes de ello, se les puede considerar a como uno de los padres de la criatura, quizás el menos reconocido de todos y, con seguridad, el de pasado más trágico: Pete Ham y Tom Evans se suicidaron (con unos pocos años de diferencia) por culpa de contratos no pagados y , para más inri, por los derechos de su canción más exitosa: 'Without You'. No sabemos cómo habría continuar su carrera, pero hay seguro dos elementos claves que seguro se repetirían: el talento y la peculiar inconsistencia del ser humano para hacer lo que parece que está destinado. En el caso de Badfinger, contaban con mucho de ambas.

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lunes, 28 de febrero de 2011

Sweet Home Chicago



The Paul Butterfield Blues Band – Homónimo (1965)


Ya que no me lo preguntan se lo cuento yo: no soy un hombre muy dado a las celebraciones, efemérides y misas negras. La razón es sencilla: el día de mi cumpleaños causa tanta confusión entre los miembros de mi familia que ya casi nadie acierta a felicitarme en mi día. A estas alturas ya convivo tranquilamente con ello, pero la broma entre mis amigos más simpáticos y dicharacheros ha calado hondo, hasta tal punto de que muchos empezaron con la coña y han terminado por tener serias dudas de cuándo demonios cumplo años. Bueno, ya conocen mi alergia al almanaque, pero es que además he de decir que mi compañero alberga parecidos sentimientos; todo desde que en su última fiesta de cumpleaños no fue capaz de romper una piñata rebelde armado con una estaca con clavo incorporado. Ahora entenderán que no hayamos dado lustre y relumbrón a los tres años que ha cumplido el bloc que están ustedes visitando sin prescripción médica. Dicho queda.


Pese a todo, nos hemos dado cuenta de que, tras todo este tiempo, conocen poco de nosotros. Como método para remediarlo les diré dos cosas sobre mí: que de los ingleses lo que me gusta es Octopussy y de los americanos la capacidad innata de sus guionistas para colocar la frase más ingeniosa en el momento adecuado del metraje de una película. Una respuesta, un giro de guión justo cuando hace falta, ese recurso de genialidad que Azcona sabía dar. Eso se llama clase y se tiene o no se tiene. En este sentido o quizás en todos a la vez (como sí estuviéramos en plena calle en Vietnam) el universo es bastante “karmico” y por cada chica guapa que es capaz de escupir más lejos que tú (éste y no otro debería ilustrar una galería de imágenes sin clase) existen discos como el que hemos escogido hoy. Razón por la que también existen las gomas de borrar y las pajaritas estridentes, como una excusa para dotar a este mundo de clase.


paul butterfield blues bandA día de hoy todavía no se sabe qué tocaba la dama del fondo en la Paul Butterfield Blues Band


Paul Butterfield, nuestro protagonista, podría haber pasado perfectamente por un americano blanco normal, soso y sin ápice de ese savoir-faire del que hablamos. Lo era, al menos hasta que portaba unas gafas de sol, una armónica y una banda de Blues a los lados. Entonces era un gigante. Algo así como el “tú cavas” de Clint Eastwood en El Bueno, el Feo y el Malo, “El que viva Led Zeppelín” de Otto antes de diñarla o el último golpe que Ali nunca dio a Foreman. Lo que suele decirse un tío con clase. Con toda su clase, Paul no sólo tenía que bregar contra su propio anonimato, Sino contra su propia presión autoimpuesta; la de un amante confeso del Blues que quería homenajear a sus héroes.


Con esos condicionantes y, manteniendo incorruptible su deseo de tocar Blues, Paul se las arregló para tener actuaciones en Chicago, su ciudad natal y conocer a los futuros músicos de la banda que llevaría su nombre. El más conocido de ellos, Mike Bloomfield fue un extraordinariamente dotado guitarrista que sería pieza fundamental en la historia de la música a través de Electric Flag, formando dupla con Al Kooper o al mando de la conversión a la fe del Blues que Dylan sufrió en 1965. Mike se unió a la banda justo antes de que este disco fuera grabado (no me digan que no tiene magia la historia de la música), Elvin Bishop, segundo guitarra era compañero de la universidad de Paul donde compartían los bocadillos de panceta de la cafetería equitativamente (según nos diría la estadística uno se comía la carne y el otro el pan). Ambos se las apañaron para robarle a Howlin’ Wolf la sección rítmica: el bajista Jerome Arnold y el baterista Sam Lay; se cree que utilizaron alguna hábil estratagema como llamar por teléfono al estudio donde grababa Wolf y preguntar por el señor Lotas, de nombre Empe. Mientras todos los del estudio preguntaban por un tal Don Empelotas, Paul y Elvin sacaron del estudio a Jerome y Sam por la puerta de atrás (1). Juntos, como la Paul Butterfield Blues Band fueron punta de lanza del homenaje del Blues blanco al Blues de toda la vida. Probablemente el reconocimiento más potente a la raza negra que ha dado la cultura anglosajona en el siglo XX. Un alegato contra el racismo que no fue organizado, ni demandado por nadie. Simplemente eran jóvenes blancos que adoraban la música Blues por encima de cualquier otra cosa. Tan sencillo, tan irrepetible, tan poderoso.

 
Probablemente este grupo podría haber quedado como una mera anécdota si no gozaran de dos características propias e intransferibles: un conocimiento único de las canciones que abordaron en su carrera, nadie intimaba con Blues como ellos, consumiéndolo y viviéndolo con la intensidad que sólo puede dar la pasión incondicional por algo. Una forma de ver y sentir la música que pocas veces se ha logrado en su plenitud y que ningún yogur de Activia puede darte (de momento). El otro punto necesario para que la Blues Band de Paul Butterfield sea eterna es que se trababa de una conjunción judeomasónica de músicos excelsos, virtuosos sin pompa ni circunstancia que formarían en cualquier elenco de sospechosos habituales de la música Blues. Es más: siguiendo una tradición que instauro ahora mismo (y que consiste en dejar de dar rodeos y explicar las cosas de la manera más sencilla posible), tomo como mías las sabias palabras de un señor que me encontré en una parada de autobús: eran gente con tal calidad “que te vuelan el sombrero sin pistola”.


paul butterfield blues bandEn realidad todos sabemos que es poner las manos haciendo "así" y que te salga el lamento blues


Recapitulemos qué tenemos hasta ahora: Chicago, Blues blanco y homenaje, Paul Butterfield, musicazos de manual, Yuhhhuu una pegatina de la ferretería… parece natural que la primera canción del disco sea un blues, escrito por un blanco sobre la ciudad del viento e interpretado con maestría. Born In Chicago, de Nick Gravenites es una profunda declaración de intenciones desde el segundo uno: dos guitarras entretejiendo líneas melódicas con la voz de Paul destacando sobre ellas, ya sea cantando o disparando fraseos desde su armónica. El ritmo sigue alto gracias a Shake Your Money Maker, el himno de Elmore James que las guitarras de Elvin Bishop y Mike Bloomfield llevan a su máxima expresión sobre un órgano de Mark Naftalin (apellido que me hubiera gustado inventarme, pero no, este hombre se apellidaba así. Maldita realidad, siempre me ganas por la mano). Dos canciones y todos los prejucios sobre que el Blues es aburrido tirados por la borda. La Butterfield Blues Band no dejó ningún detalle sin pensar en esta grabación: el disco es la historia del Blues en 11 temas, con referencias continúas, como Blues With a Feeling, de Little Walter, donde Paul tiene la difícil papeleta de jugarse el tipo con el, más que probablemente, el mejor armonicista de Blues de la historia (pendenciero y genial, capaz de gastarse hasta la camisa en el juego e innovar potenciando su armónica con un amplificador, todo en el mismo día).



Entre tanta intensidad, Thank You Mr Poobah o Screamin’ actúan como bisagra. Estos instrumentales del disco demuestran la especial telepatía que tuvo que presidir las sesiones de grabación. Una mezcla imposible de dejarse llevar y empatía musical que está presente desde el primer corte del y que va en progresión infinita: de una chispa hasta el incendio de Hindenburg. Especial atención a Sam Lay que toma el micro en I’ve got my Mojo Working, versión de Muddy Waters de ritmo casi más frenético que la original; característica que comparte con Mellow Down Easy (Willie Dixon) y que dotan al álbum de esa sensación de poder haber sido grabado en un sótano de alguna calle de Chicago, con el calor de la ciudad de Illinois como protagonista. Una bochorno que no tiene un sonido propio, pero bien podría hacerlo como este disco.


Lo que nos queda mantiene la fuerza de abrazo de oso que nos llegó con la primera canción. Our Love is Drifting transmite la devoción que Paul Butterfield tiene por el Blues, mientras que Mystery Train hace justicia con una de las canciones con más historia de la música americana (el departamento de recomendaciones de Garajeland les pone sobre la pista de la alucinante versión que el mismo Paul junto con The Band perpetran en Last Waltz). Para terminar nos quedan joyas como Look Over Yonders Wall, con sus guitarras llevadas al límite y Last Night que transmite esa mezcla de sentimiento y pertenencia que tiene el Blues cuando quien lo toca lo hace con rabioso amor por este género. Una cualidad que dota a la música de una capacidad de llegar sin filtros a tus oídos; de comprender lo que oyes, aunque sea la muestra más dolorosa que Little Walter pudo crear (“Last night I lost the best friend I ever had”).


paul butterfield blues bandMeter un perro en el grupo: ese paso adelante que necesitaba el Blues


La historia de la música ha sido justa con Paul Butterfield (de las listas de éxito ni hablamos), ya que suele aparecer demasiado pocor en la directorio de la biblioteca de la isla Phatt, en la letra B de “Blues blanco, música que haces sin avergonzarte cuando escuchas un disco de Elmore James y eres casi transparente”. La importancia de este buen señor, y su grupo, sólo es comparable al efecto catalizador que tuvo John Mayall en Inglaterra. Ambos quisieron y lograron ser fieles y consecuentes con su música favorita, actualizándola, pero manteniendo sus raíces. Sin gente como Paul Butterfield generaciones enteras no habrían sabido en quién era Son House o Skip James. Eso hubiera sido una pena, aunque tengo que reconocer que lo más me gusta de toda esta historia es es saber que Paul grabó este disco gracias a que Paul Rotchild, productor de Elektra Records, hizo caso a un amigo cuando le dijo que el mejor grupo de EE.UU. encima de un escenario actuaba en Chicago, tocaba Blues y el cantante era un chico blanco. Es reconfortante pensar que la suerte está de nuestro lado en algunas ocasiones.


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sábado, 6 de febrero de 2010

¡No puedo creer que lo hayan inventado! ( II )



Beatles remastered boxset (2009)

Muchos de nuestros nuevos lectores, la mayoría traídos aquí por India, cibermusa, alegría de la huerta y red social en sí misma no sabrán de mi atávico gusto por la actuación, el psicodrama y las pantomimitas. Menos aún sabrán que todo esto viene de lejos y llegó a su apogeo allá por sexto de EGB donde tuve un papel protagonista en una obra coral en la que sobreactué a la altura de los más grandes: ya saben,todo el reparto completo de la serie compañeros e incluso hubo momentos donde la crítica me comparó con el rey de reyes de la interpretación infantil: el ínclito Chechu de Médico de Familia. Ahí es nada. Aclarar también que mi compañero 61&49 tenía un papel en la obra, pero como él ha sido siempre mucho más capaz e inteligente interpretaba un personaje escrito por sí mismo (toma ya) y con una perecía que le ponía en la órbita del joven Deniro.También me viene a la memoria que su personaje portaba un gorro de Pluto (o Goofy) directamente traído de Eurodisney para dar más empaque a la interpretación, de nuevo, un acierto.

Conocida ya mi querencia por la actuación y los trucos de polichinela, ahora entenderán que les presente la siguiente escena. Perdonen mi falta de pericia guionística, ya que uno no es William Goldman precisamente:

Interior de restaurante italiano madrileño, amplio, con luz. El día está lluvioso, pero luego igual se queda buena tarde. Vemos un plano general de la situación del restaurante, con varias personas comiendo. Hay de todo, pero si hacemos un resumen:

- Familias con niños: 7
- Niños tirando la comida por el suelo: 4,5 (media ponderada)
- Camareros desbordados: ∞
- Padres que juran y perjuran que no vuelven a sacar a la familia fuera de casa: mayoría silenciosa.

Nos centramos ahora en una mesa donde una pareja es ajena a todo excepto a sí mismos y al plato de parmesano que comparten. Ahora nos fijamos en ella, es guapa y parece interesante. El tipo de chica de la que conviene tener el teléfono y conviene aún más que suela responderte a las llamadas. Ahora nos toca él. Cumple la definición del diccionario de hombre por poco, pero al menos destacaría en una rueda de reconocimiento formada por Jose Manuel Parada, Paquirrín, Lauren Postigo, Richard Nixon y Nikola Tesla

Por la comunicación no verbal y la ausencia de menciones a las progenitoras de ambos, parece que la pareja está de celebración. Se intercambian regalos. En esto, la chica entrega el suyo con ilusión. Como esto no es una peli de Michael Bay, el chico abre su regalo con ilusión (en caso contrario, sería lo mismo, pero con una amenaza nuclear, una cámara girando y girando y zorrón Fox enseñando cacha).

El regalo se trata de la cajaza de discos remasterizados de los Beatles. Llegados a este punto, el chico podría hacer dos cosas:

- Mantenerse en un hieratismo de pintura egipcia mientras desprecia el regalo y dice que la remasterización es un atentado contra los fundamentos musicales de los 60's.

- El chico se alegra desproporcionadamente y al tiempo de sentir que es un regalo inmerecido comienza a dar volteretas laterales mientras recita: el cielo está descarbincunquintado, quién lo descarbincunquintará.

Quedándonos con la segunda opción, por ser verídica, justa y apropiada y comprobando que éste que les escribe alarga la introducciones innecesariamente como lo malos escritores, vamos al meollo: la cajaza.


Dramatización sobre cómo me regodeo en mi propia crapulencia (y lo bonita que es la colcha)


Por resumir qué me parece y como detalle para los que no quieran leerse todo el texto:LA CAJA ES LA BOMBA. Seamos serios: 13 discos oficiales, más el Past Masters y documentales sobre cada disco (vale, son refritos de los DVD que se editó en 2005, pero no están mal) de estos mindundis indiscutiblemente presentados en formato digipack con libretos decentes (no las fotocopias de las ediciones de vinilo de hasta ahora), por no hablar de fotos de los cuatro de Liverpool nunca vistas. Esto ya dispara en la línea de flotación de los mitómanos consumados. Sólo se pueden achacar pequeños fallos como una notas más extensas o una relación de quién toca quién en cada disco (peticiones de fans, lo sé).


Lo que sí es verdad es una vez abierto el paquete completo, paquete Comansi es muy difícil no permanecer con los ojos abiertos cual búho ante semejante despliegue beatlemaniaco. Pero no es menos cierto que también se te pasa por la cabeza una expresión tipo Camachil ibérico español de: "ya era hora", con aspavientos incluidos. Hablamos de más de 20 años para tener una edición en CD que valga la pena ser comprada (si exceptuamos la del álbum blanco de 1998 de la que soy poseedor y el ejercicio de vendetta de Macca contra el resto del Let it be... naked). En fin, que con tiras y aflojas, dimes y diretes, al final otros artistas tienen hasta 3 ediciones del mismo disco en CD (ver Costello, Elvis en su tienda de discos favorita) mientras que los peluquines de Liverpool veían el tiempo pasar y el usuario tenía que comprar ediciones de año de carracuca a precio de oro.



Solventada la crítica sin echarle la culpa a Yoko Ono (un logro) vayam os a la pregunta del billete del trillón de dólares: ¿cómo suena la cosa? La mejor respuesta que se me ocurre es: sorprendente. Con el tiempo, uno se acostumbra a ciertas cosas: a despedirse de los porteros de casa ajenas con un: "vengaaaa", a que Trompi siempre nos salve o al sonido mitad atenazado, mitad añejo de los discos de los Beatles (tengan en cuenta que debido a mi generación y la ausencia de referentes, mi primer contacto con los Fab Four fue una cinta TDK de 60 con el disco azul grabado). Bien, pues eso se acabó: con la nueva remasterización todo parece que está grabado ayer mismo. Los discos suenan frescos, directos, emocionantes, psicodélicos, rupturistas o energéticos según el caso con especial importancia de las armonías vocales y, sobre todo, de la base rítmica que ha ganado en presencia consiguiendo que se pierdan los clichés de la grabación algunas baterías de los sesenta (bombos inapreciables, platos cuyo sonido se asemeja a los de la vajilla de mi madre) y que el bajo de McCartney se aprecie en todo su esplendor (mención de honor para lo que han conseguido en Helter Skelter).


Yo también cambié el conjunto de lavadora y secadora que me mostraba el atractivo Smithers por el contenido de la caja


Quizás el resultado me parece mucho más conseguido cuando las cintas originales de las que se ha realizado la remasterización estaban ya en estéreo (para el que le interese, también existe una versión remasterizada que respeta el mono original de los primero álbumes de los Beatles, al precio módico habitual, por supuesto). Pese a todo, es una combinación excitante de música genial, conocida y, a la vez, llena de nuevos matices: como el nivel de detalle instrumental de algunas canciones, por fin el armonio (ese gran instrumento) tiene su protagonismo.

No voy a hablar de las canciones, que hace tiempo que ya han sobrepasado el término legendarias y nos pertenecen a todos (incluso a Ramoncín), pero me he puesto mi mejor imitación de vestido de Escarlata O'hara para hacer una llamamiento: tanto si los conocen mejor que a su propio padre, piensan que están sobrevalorados, que su música es exclusivamente Love Me Do y el Yellow Submarine, denles una oportunidad o, mejor, convenzan a alguien con mayor o menor nivel de indirectismo para que les regale la caja, aumentará su felicidad un 400%. Si no me quieren hacer caso a mí, háganselo al Cordobés que ya lo dijo en su momento: "lo importante es quererte tú mismo a quererte tú mucho, porque quieres también al que tienes a tu lado y todo sale de verdad de deporte". Más claro, agua.

Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein.


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