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jueves, 11 de abril de 2013

Mejor hazlo en clave Mod: The Loved Ones



The Loved Ones - Better Do Right (1994)

No ha mucho tiempo en este vago espacio hubo una entrada dedicada a los californianos The Loved Ones, hablaba concretamente de su homónimo EP de debut. Lo cierto es que una sola entrada sobre ellos me supo a poco, como a croqueta congelada. Aclarados los puntos anteriores se abre un abanico de posibilidades para los que estáis leyendo estas líneas. Opción A: Si ya conocía este grupo y no le gustaron puede ahorrarse el seguir leyendo y evitar alguna que otra referencia a los Simpsons, muchas comas donde no deberían, y una sensación general de que la pestaña de al lado del navegador podría contener algo mucho más interesante. Sepa usted que tendrá nuestro odio eterno, no por abandonarnos (a esto ya hay costumbre), sino por tan escasa sensibilidad musical. Opción B: Que ya los conociera vagamente y quisiera seguir indagando sobre el grupo y lo que sería su última grabación, pues todo lo que hay en medio lo dejamos para que abra su propia línea de investigación (puede que incluso en algún momento se tope con algo de la trama gürtel). Opción C: Que llegue a este grupo por primera vez. En cuyo caso: Hola, aquí encontrará alguna referencia a los Simpsons pero también un posible grupo a añadir entre sus favoritos.

La crisis del ladrillo. Vivimos por encima de nuestras posibilidades.

Para poner el tema en situación, decir que The Loves Ones tuvieron una vida discográfica efímera. Desde su debut homónimo en formato EP, pasando por su disco Price For Love y el final de su trayectoria discográfica con Better Do Right tan sólo habían pasado un par de años, los que van de 1992 a 1994. Desconozco las razones por las que el grupo se disgregó en diversos proyectos, porque éste precisamente aunaba un buen número de cosas que me gustan, y mucho. A saber, Bart Davenport es un cantante de esos que entran en el selecto club de “canto cómo quiero y lo que me da la gana” ya sea aquí, en solitario o recientemente junto a Biscuit rindiendo tributo al Sound Affects de los Jam. Queda sumar su habilidad a la armónica y a la guitarra, eclipsado en este instrumento sólo por un excelso Xan McCurdy que es un líder de masas y dictador de alguna isla con volcán si existiera un apartado especial para las seis cuerdas. Completando el grupo el empaque de la sección rítmica de Michael Therieau (Bajo) y John Kent (Batería). Si a un grupo  (con todo el derecho que le otorga el significado de tal palabra) tengo que añadir que sus influencias me parecen correctísimas, a base de Soul, Blues de Chicago (más evidente en su primer disco), R&B de la British Invasion y todo ello en clave Mod, no me queda más remedio que admitir que son unos favoritísimos sin discusión.

Podría parecer la misma foto de antes, pero no. Xan McCurdy se ha desabrochado la chaqueta y hay una ventana rota. Lo de vivir por encima de las posibilidades sigue.

Better Do Right sigue el esquema casi de un concierto, con una ametralladora “Wishy Washy Woman” para comenzar, seguida de los elementos más Soul del grupo: “What Is Love?”, “Bad Dream” y las bluseras “Crazy Gonna Lover” y “Why? Let…Go”. Hacia el ecuador el disco coge temperatura con “You Better Do Right”. La maravillosa “Good Bye” les convierte en aventajados alumnos de la factoría de Atlantic Records. Y a partir de la instrumental “Xan´s Night Out” todo empieza a desbocarse, con R&B a raudales, el de “You Know”, “Everything” y un jugoso y final con las dos únicas versiones del disco, “Bow Wow” y el incendiario final de “Can´t Stop Me”. Así es como acaban los grandes discos. 

Me quedará siempre la duda de que en directo tienen una pinta de ser cualquier cosa menos flojos bastante curiosa (si alguien ha tenido el placer, por ejemplo en este curioso vídeo en El Templo del Gato madrileño, agradecería que me lo confirmara). Defenderé lo que haga falta mi idea de que hay pocas cosas que molen más que el R&B bien hecho. The Loved Ones eran jóvenes, no creo que ricos, llenos de azúcar y para alocarse al estilo Broadway decidieron que era mejor hacerlo bien. Vaya si lo consiguieron.

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lunes, 28 de febrero de 2011

Sweet Home Chicago



The Paul Butterfield Blues Band – Homónimo (1965)


Ya que no me lo preguntan se lo cuento yo: no soy un hombre muy dado a las celebraciones, efemérides y misas negras. La razón es sencilla: el día de mi cumpleaños causa tanta confusión entre los miembros de mi familia que ya casi nadie acierta a felicitarme en mi día. A estas alturas ya convivo tranquilamente con ello, pero la broma entre mis amigos más simpáticos y dicharacheros ha calado hondo, hasta tal punto de que muchos empezaron con la coña y han terminado por tener serias dudas de cuándo demonios cumplo años. Bueno, ya conocen mi alergia al almanaque, pero es que además he de decir que mi compañero alberga parecidos sentimientos; todo desde que en su última fiesta de cumpleaños no fue capaz de romper una piñata rebelde armado con una estaca con clavo incorporado. Ahora entenderán que no hayamos dado lustre y relumbrón a los tres años que ha cumplido el bloc que están ustedes visitando sin prescripción médica. Dicho queda.


Pese a todo, nos hemos dado cuenta de que, tras todo este tiempo, conocen poco de nosotros. Como método para remediarlo les diré dos cosas sobre mí: que de los ingleses lo que me gusta es Octopussy y de los americanos la capacidad innata de sus guionistas para colocar la frase más ingeniosa en el momento adecuado del metraje de una película. Una respuesta, un giro de guión justo cuando hace falta, ese recurso de genialidad que Azcona sabía dar. Eso se llama clase y se tiene o no se tiene. En este sentido o quizás en todos a la vez (como sí estuviéramos en plena calle en Vietnam) el universo es bastante “karmico” y por cada chica guapa que es capaz de escupir más lejos que tú (éste y no otro debería ilustrar una galería de imágenes sin clase) existen discos como el que hemos escogido hoy. Razón por la que también existen las gomas de borrar y las pajaritas estridentes, como una excusa para dotar a este mundo de clase.


paul butterfield blues bandA día de hoy todavía no se sabe qué tocaba la dama del fondo en la Paul Butterfield Blues Band


Paul Butterfield, nuestro protagonista, podría haber pasado perfectamente por un americano blanco normal, soso y sin ápice de ese savoir-faire del que hablamos. Lo era, al menos hasta que portaba unas gafas de sol, una armónica y una banda de Blues a los lados. Entonces era un gigante. Algo así como el “tú cavas” de Clint Eastwood en El Bueno, el Feo y el Malo, “El que viva Led Zeppelín” de Otto antes de diñarla o el último golpe que Ali nunca dio a Foreman. Lo que suele decirse un tío con clase. Con toda su clase, Paul no sólo tenía que bregar contra su propio anonimato, Sino contra su propia presión autoimpuesta; la de un amante confeso del Blues que quería homenajear a sus héroes.


Con esos condicionantes y, manteniendo incorruptible su deseo de tocar Blues, Paul se las arregló para tener actuaciones en Chicago, su ciudad natal y conocer a los futuros músicos de la banda que llevaría su nombre. El más conocido de ellos, Mike Bloomfield fue un extraordinariamente dotado guitarrista que sería pieza fundamental en la historia de la música a través de Electric Flag, formando dupla con Al Kooper o al mando de la conversión a la fe del Blues que Dylan sufrió en 1965. Mike se unió a la banda justo antes de que este disco fuera grabado (no me digan que no tiene magia la historia de la música), Elvin Bishop, segundo guitarra era compañero de la universidad de Paul donde compartían los bocadillos de panceta de la cafetería equitativamente (según nos diría la estadística uno se comía la carne y el otro el pan). Ambos se las apañaron para robarle a HowlinWolf la sección rítmica: el bajista Jerome Arnold y el baterista Sam Lay; se cree que utilizaron alguna hábil estratagema como llamar por teléfono al estudio donde grababa Wolf y preguntar por el señor Lotas, de nombre Empe. Mientras todos los del estudio preguntaban por un tal Don Empelotas, Paul y Elvin sacaron del estudio a Jerome y Sam por la puerta de atrás (1). Juntos, como la Paul Butterfield Blues Band fueron punta de lanza del homenaje del Blues blanco al Blues de toda la vida. Probablemente el reconocimiento más potente a la raza negra que ha dado la cultura anglosajona en el siglo XX. Un alegato contra el racismo que no fue organizado, ni demandado por nadie. Simplemente eran jóvenes blancos que adoraban la música Blues por encima de cualquier otra cosa. Tan sencillo, tan irrepetible, tan poderoso.


Probablemente este grupo podría haber quedado como una mera anécdota si no gozaran de dos características propias e intransferibles: un conocimiento único de las canciones que abordaron en su carrera, nadie intimaba con Blues como ellos, consumiéndolo y viviéndolo con la intensidad que sólo puede dar la pasión incondicional por algo. Una forma de ver y sentir la música que pocas veces se ha logrado en su plenitud y que ningún yogur de Activia puede darte (de momento). El otro punto necesario para que la Blues Band de Paul Butterfield sea eterna es que se trababa de una conjunción judeomasónica de músicos excelsos, virtuosos sin pompa ni circunstancia que formarían en cualquier elenco de sospechosos habituales de la música Blues. Es más: siguiendo una tradición que instauro ahora mismo (y que consiste en dejar de dar rodeos y explicar las cosas de la manera más sencilla posible), tomo como mías las sabias palabras de un señor que me encontré en una parada de autobús: eran gente con tal calidad “que te vuelan el sombrero sin pistola”.


paul butterfield blues bandEn realidad todos sabemos que es poner las manos haciendo "así" y que te salga el lamento blues


Recapitulemos qué tenemos hasta ahora: Chicago, Blues blanco y homenaje, Paul Butterfield, musicazos de manual, Yuhhhuu una pegatina de la ferretería… parece natural que la primera canción del disco sea un blues, escrito por un blanco sobre la ciudad del viento e interpretado con maestría. Born In Chicago, de Nick Gravenites es una profunda declaración de intenciones desde el segundo uno: dos guitarras entretejiendo líneas melódicas con la voz de Paul destacando sobre ellas, ya sea cantando o disparando fraseos desde su armónica. El ritmo sigue alto gracias a Shake Your Money Maker, el himno de Elmore James que las guitarras de Elvin Bishop y Mike Bloomfield llevan a su máxima expresión sobre un órgano de Mark Naftalin (apellido que me hubiera gustado inventarme, pero no, este hombre se apellidaba así. Maldita realidad, siempre me ganas por la mano). Dos canciones y todos los prejucios sobre que el Blues es aburrido tirados por la borda. La Butterfield Blues Band no dejó ningún detalle sin pensar en esta grabación: el disco es la historia del Blues en 11 temas, con referencias continúas, como Blues With a Feeling, de Little Walter, donde Paul tiene la difícil papeleta de jugarse el tipo con el, más que probablemente, el mejor armonicista de Blues de la historia (pendenciero y genial, capaz de gastarse hasta la camisa en el juego e innovar potenciando su armónica con un amplificador, todo en el mismo día).



Entre tanta intensidad, Thank You Mr Poobah o Screamin’ actúan como bisagra. Estos instrumentales del disco demuestran la especial telepatía que tuvo que presidir las sesiones de grabación. Una mezcla imposible de dejarse llevar y empatía musical que está presente desde el primer corte del y que va en progresión infinita: de una chispa hasta el incendio de Hindenburg. Especial atención a Sam Lay que toma el micro en I’ve got my Mojo Working, versión de Muddy Waters de ritmo casi más frenético que la original; característica que comparte con Mellow Down Easy (Willie Dixon) y que dotan al álbum de esa sensación de poder haber sido grabado en un sótano de alguna calle de Chicago, con el calor de la ciudad de Illinois como protagonista. Una bochorno que no tiene un sonido propio, pero bien podría hacerlo como este disco.


Lo que nos queda mantiene la fuerza de abrazo de oso que nos llegó con la primera canción. Our Love is Drifting transmite la devoción que Paul Butterfield tiene por el Blues, mientras que Mystery Train hace justicia con una de las canciones con más historia de la música americana (el departamento de recomendaciones de Garajeland les pone sobre la pista de la alucinante versión que el mismo Paul junto con The Band perpetran en Last Waltz). Para terminar nos quedan joyas como Look Over Yonders Wall, con sus guitarras llevadas al límite y Last Night que transmite esa mezcla de sentimiento y pertenencia que tiene el Blues cuando quien lo toca lo hace con rabioso amor por este género. Una cualidad que dota a la música de una capacidad de llegar sin filtros a tus oídos; de comprender lo que oyes, aunque sea la muestra más dolorosa que Little Walter pudo crear (“Last night I lost the best friend I ever had”).


paul butterfield blues bandMeter un perro en el grupo: ese paso adelante que necesitaba el Blues


La historia de la música ha sido justa con Paul Butterfield (de las listas de éxito ni hablamos), ya que suele aparecer demasiado pocor en la directorio de la biblioteca de la isla Phatt, en la letra B de “Blues blanco, música que haces sin avergonzarte cuando escuchas un disco de Elmore James y eres casi transparente”. La importancia de este buen señor, y su grupo, sólo es comparable al efecto catalizador que tuvo John Mayall en Inglaterra. Ambos quisieron y lograron ser fieles y consecuentes con su música favorita, actualizándola, pero manteniendo sus raíces. Sin gente como Paul Butterfield generaciones enteras no habrían sabido en quién era Son House o Skip James. Eso hubiera sido una pena, aunque tengo que reconocer que lo más me gusta de toda esta historia es es saber que Paul grabó este disco gracias a que Paul Rotchild, productor de Elektra Records, hizo caso a un amigo cuando le dijo que el mejor grupo de EE.UU. encima de un escenario actuaba en Chicago, tocaba Blues y el cantante era un chico blanco. Es reconfortante pensar que la suerte está de nuestro lado en algunas ocasiones.


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domingo, 21 de noviembre de 2010

Nada más que Soul

The Black Keys

The Black Keys - Brothers (2010)

Sopladores de vidrio. Más concretamente sopladores de vidrio españoles que fabrican probetas y tubos de ensayo para la investigación de las más variopintas enfermedades. Lo aclaro: sin estos artilugios, probablemente hoy no habría cura para la viruela o el estafilococo común (por mucho que le duela al Sr. Burns) o el baile de San Vito. Ésta y no otra fue la noticia más destacada del telediario matinal de Antena 3. Cuando la vi deduje su importancia porque en la escaleta estaba situada entre el bloque de deportes y la noticia sacada de Guinness de cada día. La noticia era gorda y, claro, me puse a darle vueltas. Esperen lo peor.


Lo primero que me vino a la cabeza es obvio: cómo se llega a ser el mejor soplador de vidrio del mundo. Ante la perspectiva de que contesten que soplando mucho nos quedaremos con la convención de que con una mezcla de trabajo y talento en el orden que más les guste aderezado con cebolla caramelizada, por supuesto. La segunda pregunta y la relevante aquí es (también pueden preguntarse si voy a llegar a algún lado y con razón): ¿Si son los mejores en algo podrían hacer otra cosa igual de bien? Es decir, podríamos poner a nuestros sopladores a hacer macramé y punto de cruz y que triunfaran de nuevo. No lo vean tan difícil, sólo habría que aplicar la misma fórmula de trabajo en altas dosis y confiar en que el talento nos siga. Algunos ya consiguieron esto, por ejemplo Michael Jordan, que pasó de ser considerado un atleta que destrozaba aros mediante mates a desarrollar una capacidad casi mística para ganar partidos tirando desde lejos. Salía en menos posters, pero en el camino ganó 6 títulos de la NBA. Otros, como servidora, nunca podrían convertirse en adalid de la puntualidad mientras siga dudando de la verdadera catadura moral de loa cinco minutos que me concedo a mí mismo bajo la premisa de "bah, me da tiempo". Nuestros protagonistas de hoy se parecen más a Jordan que a uno mismo (afortunadamente para ellos) y no porque sean negros y jueguen estupendamente al baloncesto, sino porque... ya se habrán dado cuenta de las comparaciones no son lo mío.


The Black KeysEl conjunto de lavadora y secadora es un accesorio que no puede faltar en todo dúo de Blues moderno




Por centrar la cuestión, hablo de los Black Keys, dúo sin par de Akron (Ohio) formado por Patrick Carney, un tipo desgarbado, con gafas y que aporrea la batería con sutil brutalidad y Dan Auerbach; el típico guitarrista de sobresaliente talento, barbudo, ceñudo y dotado de una voz que igual rezuma arena como parece el enlace perdido entre Otis Redding y Son House.


Por establecer una correcta analogía, the Black Keys serían al Blues lo que dar golpes con un pico es al refinamiento en cuanto a sistemas de excavación petrolífera. Hacen Blues, con una guitarra y una batería y sin ambages, si los White Stripes se nutren de la principal raíz de la música norteamericana (con permiso de Lurleen Lumpkin y el Country), los chicos de Akron lo alimentan tomando la esencia y reconvirtiéndola en una suerte de guitarras distorsionadas y baterías de la cantera de Pedro Picapiedra. Su carrera y sus discos son un ejemplo de coherencia, que han ido sufriendo un refinamiento que ha ido a la par de su crecimiento como músicos, pero contraviniendo la frase de Carlito en Atrapado por su Pasado, no han perdido fuerza, sino que la han reconvertido adecuadamente.


Brothers es una explosión de Soul, una inyección de estilo que solo te puede dar un traje con chaleco incorporado en una peli de Nolan. El problema surge cuando vuelves a mirar el nombre de la portada del disco y caes en la cuenta de que los responsables del Blues mas sucio y complejamente simple han perpetrado este gran disco que destila clase y funciona tanto como LP de Stax que como álbum de éxito actual. ¿Pero que les ha pasado a estos dos? Lo primero decir que Dan y Patrick ya apuntaban maneras desde su disco anterior en el que abrieron el abanico de instrumentos, hasta entonces en una amplia lista de dos: guitarra y batería, y contaron con un productor totalmente ajeno a su sonido: Danger Mouse. El resultado fue muy interesante y un estupendo preludio a Brothers, que es la mejor evolución de todo aquello. Recapitulando: hay guitarras distorsionadas, baterías propias de los monos de 2001 y voces desgarradas, pero también gusto por la melodía, órganos y teclados, lineas de bajo que bailan agarrados con el Funk y toneladas de un concepto difícil de explicar: este disco exhuma groove de manera palpable, como si las canciones fueran fruto de una elaborada puesta en escena, pensadas hasta la nausea, pero con un toque de improvisación y jugueteo. Algo así como un striptease bien hecho: sabes lo que va a ocurrir, pero es el modo de hacerlo y los pequeños detalles los que marcan la diferencia.


The Black Keys
Patrick consultando las estadísticas de la ACB y comprobando que no fue buena idea prescindir de Brad Oleson para el Supermanager



Un poco de todo eso tiene todo el disco. Empezando por Everlasting Light, con un falsete que maneja la melodía y un base rítmica que pone en movimiento las falanges, las falanginas y las falangetas de tus pies. Antes hablábamos de base rítmica, aquí hay de todo. Un ritmo de granito, un toque allí y allá de pandereta y los consabidos coros que ejercen de caja de ritmos improvisada. La muestra de que tenemos algo importante entre manos surge con Next Girl, amenazante combinación de carisma vocal e intrincada melodía que lleva a niveles espeluznantes en el estribillo.



Si hablamos antes de puesta en escena, nada mejor que fijarse en Tighten Up, ejemplo de planificación para crear un single de éxito: una linea de bajo, un silbido al uso, una respiración antes de cantar y los mejores 3:21 minutos que has escuchado últimamente. Puro Soul, pero tamizado como tema Pop y con guitarras que juraría que tienen vida propia. Algo que también le ocurre a Howlin for You, banda sonora improvisada de una peli de vampiros de la Hammer; es decir, una autentica película de vampiros, con Peter Cushing como Van Helsing, chicas con vestidos vaporosos que se caen a la mínima y mordiscos, si, porque los vampiros muerden, aunque la saga Crepúsculo los haya dejado con imagen de gusiluces apocados y con pinta de Pep Guardiola. Pero sigamos a lo nuestro: ahora suena She's Long Gone, lamento blues interpretado a la manera de los Black Keys: con una guitarra al borde del colapso entre efectos de teclados y una voz que presagia tormenta. La pausa instrumental la pone Black Mud, que podría pasar perfectamente como música de una película de Tarantino sobre el Black Explotation, aunque casi todas las de este hombre al final van de esto.


Llevamos menos de la mitad del álbum y lo mejor aún nos espera. The Only One es la piedra filosofal del nuevo/viejo sonido de esta banda: los teclados, la guitarra acompañándolos, el bajo dando un tono sombrío y el falsete de Dan. El conjunto funciona tanto como música de carretera como pieza bailable. Atentos al estribillo: nunca había hecho "air pandereta" hasta ahora. Patrick a la batería tiene su cota de protagonismo en Ten Cent Pistol, un ritmo que sostiene a la voz de Dan a la manera que Mick Fleetwood hacía caminar a Fleetwood Mac en los tiempos en los que Blues era su pauta a seguir. La razón de la frase de "menos es más" es alargada en esta canción y en varios alegatos en defensa del tamaño de las cosas en el mundo masculino. Justo después de varios acordes de guitarra que deja la canción en suspense, irrumpe Dan con una interjección propia de cómic y una descarga de adrenalina controlada. Un chute de buena música en toda regla. Es Sinister Kid y cada vez que la oigo alimenta más mis ganas de ver a este grupo en directo. Si no existiera este estribillo (construido con la voz de la cantante de Hip Hop, Nicole Wray) habría que inventarlo y asegurarse de que todo el mundo lo conozca. The Go Getter y I'm Not The One ofrecen dos facetas de la voz de Dan, pero en ambas es capaz de mostrar la capacidad expresiva de un señor que canta con barba. Claro que no es lo mismo que lo haga Rubalcaba (por poner) que el bueno de Dan. En ambas canciones y sin haber oído la versión de Don Alfredo preferimos la interpretación de Dan; sectarios que somos.



The Black KeysLa versión de este pack de los Chesterfield Kings incluye algunos accesorios extras y un tanto más coloristas


Por si se lo peguntaban, la cosa acaba tan bien como había empezado, con Unknown Brother respetando toda la tradición de los discos que se han grabado en Muscle Shoals (no lo había dicho, la mayoría de estas canciones se grabaron allí), la versión de Never Gonna Give You Up de Jerry Butler, canción que habrán oído mil veces y de la que nadie recuerda su autor. Esta buen señor, fue el primer líder de los Impressions, escribió a medias I've Loving You con Otis, amén de otros estándares del Soul. Su contribución, como ocurre muchas veces, ha sido tan importante en la música como grande es su anonimato. Los Black Keys se entregan con pasión a la versión, homenajeando al maestro (encima de buenos músicos, lo mismo hasta son buena gente. La hecatombe). El álbum se cierra con These Days, melancólica y autoconclusiva como la "O" con canuto, zigzaguea durante los minutos que suena como queriendo dejar el río en calma después haber pasado por allí este Brothers.


Y eso es todo. El que suscribe estas líneas todavía no se han encontrado en este año con un disco mejor, que además me ha supuesto una sorpresa: uno tiene sus invariables y entre ellas estaban que los Black Keys hacían Blues garajero y sucio. Pero los buenos discos provocan milagros, como que yo cambie de opinión o que alguien sea capaz de encontrar un nexo entre una noticia en Antena 3 y este disco. Los Black Keys han conseguido hacer dos cosas realmente bien y eso significa que merecen ser conservados en formol, junto con Aaron Sorkin, la palabra austrohúngaro y los sopladores de vidrio españoles.





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Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein

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sábado, 16 de enero de 2010

Recopilatorio alargador (y engrosador) 2009


Ante la polémica suscitada por nuestro anterior recopilatorio adelgazante, este año hemos querido acordarnos de esos héroes anónimos que han gastado sus ahorros en un aparato alargador y caminan por la calle sin que no se les note nada. Como viene siendo habitual, el recopilatorio se compone principalmente de las canciones que han pasado por las líneas de este humilde bloc, con alguna sorpresa oculta. Repiten algunos grupos habituales e imprescindibles como los Redd Kross, los Kinks, NRBQ o lo Hi-Risers; pero también se incluyen otras moderneces como los Real Kids, el Duque y la Duquesa, Juanito Truenos, Young Fresh Fellows y Downliners Sect.

Al igual que el año pasado, el estupendo diseño de las carátulas corre a cargo de Mr. Mosstrem, que este año se ha inspirado en el planeta del que proviene y que le ha dotado de un increíble sentido para analizar la raza humana y animal en su imprescindible blog 846,00 Motivos. En su defensa hay que decir que ha aguantado estoicamente nuestras directrices de “póngame eso un poco más a la derecha” para que finalmente lo pusiera abajo a la izquierda, una paciencia sólo explicada porque este hombre es más majo que las pesetas. Igualmente mandamos un saludo a nuestros colegas de BeatGaragePop, a los que hemos robado (pero avisando) una de las canciones de su recopilatorio sobre los Kaisers. Nos pidieron 154€ por ello, pero si se los hubiéramos dado ya no sería un robo.

Un fuerte abrazo a todos los que pasáis a saludar (o no) por aquí, se agradece mucho que simplemente nos aguanten dos palabras de las múltiples tonterías que decimos a lo largo del año. Ya saben que si no les gusta el disco siempre lo pueden dejar en una empresa de autocares para que sus clientes cabreados pidan el libro de reclamaciones. Si tienen una clínica podológica mejor no, los pacientes no dejarán de mover los pieses.


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martes, 17 de marzo de 2009

Contacto con tacto (VIII): The Steepwater Band


Sala El Sol (Madrid) -12/02/2009


Si esto no fuera un bloc sobre música y sí sobre cómics, seguramente el protagonista negativo, la némesis de esta historia sería un señor malísimo, un malo de opereta que se encargara de poner todos las dificultades que se pueden interponer entre unas amables y bondadosas personas amantes del Rock 'n Roll y uno de los mejores grupos que han venido últimamente desde los estados juntitos. Por si se creen que exageramos haremos una rápida enumeración de los obstáculos, problemas y objeciones de conciencia encontradas: el concierto era un jueves, día señalado por los más crápulas para ejercer su derecho a tomarse unos asuntos en la tasca de la esquina o bien para un acto de introspección buscando una reacción parecida a la que Santa Teresa tuvo en su momento. Por otra parte el susodicho concierto tenía como hora de inicio las 23:30, con lo que todos los juanlanas que al día siguiente tenían que a trabajar en la central nuclear (nucelar, se dice nucelar) se hacían a la idea de que antes de la 1:30 no saldríamos de la sala, con lo que teníamos que hacer frente a la dura decisión de alcanzar el estado zombie en nuestro puesto de trabajo al día siguiente, pedir el día libre o dormir sin pijama esperando el oportuno catarro. Como susto o muerte, vaya.


Steepwater bandFue un momento cumbre; Tod diciendo a Jeff: "¿eres poeta?". El resto sólo hay que imaginárselo



Por si fuera poco, los dimes y diretes de internet aseguraban que los señores de Chicago venían un poco perjudicados, añadiendo a su lista de souvenir españoles la típica gastroenteritis tonta que te deja con ganas de no salir de la cama (a propósito de todo esto, nuestros espías nos han confirmado cierta polémica suscitada en los foros musicales acerca de qué población tenía la culpa de los males de la Steepwater Band, mucho se habló de la mariscada culpable como la búsqueda del Santo Grial de todas las intoxicaciones, pero amigos míos el problema no fue la calidad, sino la cantidad, ya que Jeff, Joe y Tod parecen que acabaron con las existencias de percebes y demás en todo el norte de España).



Bueno, ya sabemos todo lo que jugaba en contra de los que se acercaron el jueves a la sala el Sol (incluida la expedición garajera, acompañados esta vez por el señor Café Olé, gran catador del género rock en todos sus afluentes, menadros y deltas), pero también había mucho a favor: volvía a España de una de las mejores bandas de blues rock (o como quieran llamarlo) que han salido de los EE.UU. últimamente (junto con los Black Keys), tras una actuación memorable en el Azkena. Además, venían a presentar su nuevo disco, producido por Marc Ford (ex Black Crowes) y con unas canciones que van desde los Beatles más lenionanos, hasta los desarrollos eternos de Neil Young. Si alguna vez participan en una hipotética resurrección del 'Un, dos ,tres' y les preguntan por grandes tríos musicales de ahora, hoy y siempre no lo duden, mencionen a la Steepwater Band, después de los Tres Sudamericanos, por supuesto.


Steepwater BandSe lo crean o no mi madre me abraza con menos cariño que Jeff a su Gibson



Con una puntualidad extrema, los tres señores (una mezcla entre hippies y una cuidada despreocupación por lo que la pasarela Cibeles ha dicho que está de moda) se presentan ante media entrada con el Grace and Melody bajo el brazo y, al menos, dos discos anteriores igual de buenos: Revelation Sunday y Dharmakaya Además, tenían fama de entregarse tato en calidad (capaces son de marcarse un 'Cortez The killer' dejando claro que Neil Young tendría en ellos a unos dignísimos sustitutos de los Crazy Horse si estos decidieran dejarlo) como en cantidad (en Gijón estuvieron tocando tres horas y media los angelitos).


Pronto arrancaron con las primeras canciones del Grace And Melody, como la beatlemaniana 'All the way to nowhere' o la contagiosa 'Lord Knows', que no dejaron dudas de lo que nos íbamos a encontrar: una base rítmica de acero puro formada por el hierático Tod Bowers (hay gente que ha perdido fortunas jugando con él a mantener la mirada) y la titánica batería de Joe Winters; ellos podían llenar toda la sala a base de un pulso vibrante, preparado para que Jeff Massey y sus dos Gibson hicieran ver al respetable que se puede sacar fuego de una guitarra sin tener dos yescas a mano. ¡Qué manera de dar guitarrazos¡ Si los expertos opinan que Gregory Townson de los Hi-risers es la mejor telecaster de la década, Jeff sería un candidato más que posible que obtener este título en cuanto a las Gibson se trata, hizo de todo: riff devastadores, punteos que homenajeabean al mejor rock sureño (slide en el meñique incluido) y solos infitinitos que se movían entre la improvisación y la maestría técnica. Con ‘Healer’ ya habían empezado a carburar y la sala el Sol ya empezaba a quitarse los jerseis necesarios (no sé cuándo es el consabido veranillo de San Miguel, pero el pasado 12 les aseguro que no) y a moverse al son de la voz del propio Jeff, otras de las armas del grupo, tan aguardentosa como la de Frank Beard de ZZ Top, pero con tono cálido como el mejor Soul que se les ocurra.


Steepwater BandYo les dije: "chicos, moveros para que dar un efecto desenfocado" y así salío. Robert Capa, muérete de envidia.



Estuviéramos preparados o no atacaron de improviso con ‘Waiting to be ofended’, canción fundacional de su nuevo disco, arriesgada (en el álbum dura 13 minutos y 34 segundos), e increíblemente bien tocada en directo. Faltaba el Rhodes que tiene la original y el espectacular duelo de solos que nos entregan dos ‘mancos’ como Jeff y Marc Ford, pero de alguna manera el primero logró suplir con creces la falta de personal inspirándonos a todos para poder hacer el trabajo de dos al día siguiente en la colocación. Una hora de concierto y quedaba lo mejor, 'Revelation Sunday' y su estilo danzarín, 'Roadblock' y su ritmo monolítico, donde se mezcla un riff poderoso con una melodía sureña. Estos tipos pueden hacer de todo, lo mismo se ponen más acústicos y sacan una vena campera (camisa de rodeo incluida) que entregan himnos como 'Fire Away', con una coda final que alargaron para satisfacción de los presentes y de un señor de Huesca que es muy dado a cogerse satisfacciones por las canciones bien interpretadas.



El tiempo se agotaba (se supone que tocarían unas dos horas, posiblemente porque un señor de gafas podría presentarse en la puerta vestido con una bata y pantuflas diciendo que es el alcalde de Madrid y que ya va sendo hora de terminar el concierto), pero antes había que dejar la sala patas arriba con un ‘Grace And Melody’ en el que Joe Winters comenzó a crecerse de mala manera, lo que sin duda contribuyó a que la última canción del setlist 'World Keeps Moving On' (lenta al inicio y desbocada como una manada de caballos salvajes en su final) fuera el momento cumbre de contacto entre público y grupo. Se esperaban unos bises, incluida una vibrante versión del 'Live With Me' de los Stones (desde Garajeland pedimos la prueba de paternidad de Tod Bowers ya que tenemos fundadas sospechas de que su parecido con Bill Wyman no es sólo casualidad). Así acababan dos horas de gran concierto, bueno así y con unos saludos a los artistas con pelo de Hollywood, ya que los muchachos se bajaron después para tomarse un refrigerio (todos menos Tod, del que se dice que tenía una cita con un tal señor Roca).






Por si no lo han notado, este humilde mensajero recomienda fervientemente la ingesta de los discos de esta banda de Chicago, así como la asistencia a los conciertos y comerse todo lo que hay en el plato que hay mucha hambre en el mundo. Quizás no estaban en la mejor forma (lo de Gijón tuvo que ser delirante), pero aún así dieron dos horas de Rock de muchos quilates, rock clásico, rock actual, el rock de siempre. A estas alturas del tema y con el aliento de la radiofórmula en la nuca sólo le pido a la bestia parda zurda (el bueno de Jimi, el verdadero dios del Rock) que al menos tenga dos horas al año de esto, que no es poco.

Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein.

P.D.: dejo con un vídeo de la actuación. Pido públicamente perdón ante mi pesadez durante el concierto para sacar fotos y mi posterior pataleta porque mi móvil y la luz roja de la sala no se llevan muy bien, por dios qué lamentables fotos.

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miércoles, 4 de marzo de 2009

¿Una secta llamada R&B? Habría que estar loco para no ingresar en ella


Downliners Sect

Cuando uno se acuerda de los Rolling Stones se imagina un pedazo muy importante de la historia del Rock, con todo lo bueno y todo lo malo de morritos y compañía. Pero hubo un tiempo en el que éstos no eran ni los más famosos, ni los más ricos, ni los más buenos, ni los más guapos (bueno, a lo mejor esto sigue igual); simplemente eran uno más, en donde la sana competencia entre los grupos era saber cual era mejor, más salvaje y original utilizando menos luces, artificios, giras en las que se cuentan tráileres con una hoja de Excel pero en donde primaban las buenas canciones por encima de cualquier otra cosa. Esta situación era la que vivían en Londres a principios de los sesenta, donde un buen puñado de grupos se refugiaban en el círculo de R&B que encumbró a los Stones pero que dejó a otro de un salvajismo comparable a los Pretty Things llamados Downliners Sect.

Todos sin tocar y uno que no se entera, el batería. De verdad que es que siempre son los mismos...



El grupo se formaría en lo que Rob denominaría en Alta Fidelidad como “un cagadero de la periferia de Londres” llamado Twickenham. Michael O'Donnell (conocido en el gremio como Don Craine) que es un guitarrista obsesionado por el Blues entra en una banda llamada The Downliners, a la que en breve le haría una limpia de personal digna de un buen día del Señor Burns, tanto es así que el propio Craine, que empezó como guitarrista, pasa a ser cantante; el batería y fundador Bo Dilley termina fuera del grupo y es sustituido por Johnny Sutton, al igual que los respectivos bajista y guitarrista, siendo éstos sustituidos por Keith Grant y por Terry Gibson.

Aseguramos que había público, pero Ramón García y Ana Obregón decidieron irse a dar las campanadas, un cuatro de Abril



Puesto que en sus primeros conciertos ya causaban sensación en Twickenham el grupo se tenía que desplazar hasta el centro de Londres para dar un salto de calidad que diría algún contertulio de Carrusel Deportivo. En cada viaje, los miembros del grupo tenían que ir desmintiendo la participación de Craine en Jara y Sedal, pues su gorra de cazador al estilo Sherlock Holmes era motivo de diversas preguntas bienintencionadas. Pese a que el resto del grupo se puso mohíno ante semejante prenda, el tiempo daría la razón a Craine, que no quería enseñar el cartón pero fue su gorra de cazador trasnochado la que se convertiría en un sello identificativo de la banda. Al igual que Twickenham, los conciertos en su local de residencia del West-End eran salvajes e inspirados, por lo que era cuestión de tiempo que un sello independiente como es Contrast Sound se fijará en sus elegantes botines y les contratará para grabar un EP, que contendría cuatro versiones de las grandes obsesiones del grupo: el “Shame Shame Shame” de Jimmy Reed, “Beautiful Delilah” de Chuck Berry, “Nursery Rhymes” de Bo Diddley, y hasta un “Green Onions” de Booker T and the MG´s.

Durante estos inicios de los sesenta, el R&B es todo un filón para esos grandes entendidos musicales: los ejecutivos de las compañías musicales. Firmando para Columbia graban otro par de singles, el primero con una versión de “Baby What's Wrong” y una composición propia: “Be A Sect Maniac” en la que incorporaron al grupo a un músico cuyo instrumento fuera bien manipulable, el armonicista Ray Sone; el segundo con un poco más de éxito que contendría el “Little Egypt” (hecho popular por los Coasters) y “Sect Appeal”. Sería un buen augurio que el Single les diera a conocer, puesto que es 1964 y publican el que sería su LP de debut, “The Sect”, basado principalmente en versiones del Blues de Chicago que se gastaba por Chess pero con el particular sentido del grupo para embrutecer e incendiar el R&B más clásico en pura energía pre-punki, con un añadido músico de sesión llamado John “merodeo por el fondo” Paul Jones.

En alguna de las bodas a las que he ido suele a ver un grupo muy parecido fuera de la iglesia. En el que me incluyo.



Poco después de acelerar las guitarras en su primer álbum tocaría enfurruñar a los de la BBC solo un año después (ya en el palpable 1965). La culpa es de un Ep con el ya tradicional título auto-referencial (“The Sect Sing Sicks Songs”), en el que se incluía la canción “I Want My Baby Back”, una obra maestra que hubiera firmado el mayor especialista de humor negro y que hizo que la BBC los llamará macabros, sombríos y facinerosos. Pese a las obsesiones del grupo por el R&B, el grupo empezó a picotear en otros estilos, materializándose en el segundo álbum, “The Country Sect”, del que dicen los expertos que es uno de los primeros discos que mezcla el Rock con el Country.

Hay que recolocar la chaqueta de cuadros, el pantalón de cuadros y la gorra de cuadros en un mismo indivíduo.

A partir de este segundo disco el declive del grupo fue una constante. Ayudados por el poco éxito de su mezcla de Rock Folk que no debió de resultar muy atractivo ni para los aficionados al pujante R&B ni para los puristas de los sonidos camperos. Lo cierto es que el último LP “The Rock Sect's In” se publicó en 1966, con la curiosidad de que una canción fue escrita por Lou Reed y John Cale, pero por esos años muchos empezaban a elegir a la psicodelia, las cervezas de la garrapata roja y las camisas de perfil hipnótico. Craine hizo una nueva intentona con algún single bastante decente (que creo que hemos incluido en el recopilata para descargar), pero su última grabación sería “I Can't Get Away From You” en 1968.

Como diría Tomás Verleín cada vez que se toma un Nesquik con cuatro cucharadas y media: “Esto ha sido un viaje rápido pero intenso”. Ya saben, acompañen al grupo con un buen refrigerio, que pocas veces encontrarán una secta tan adictiva…y con muchos menos gastos de mantenimiento!

Por birlibirloque de la vida, dejamos un recopilatorio completamente subjetivo con singles de los Sect, sobre todo de sus primeros años y que se pueden encontrar en el recopilatorio de Singles A´s & B´s. Para saber más sobre los tipos más salvajes del R&B no duden en visitar el garaje de Pablo “Pochola” Cazorla, no necesita que lo ordenen puesto que cuenta con un buen surtido discográfico y si la gente se porta bien es capaz de organizar una barbacoa en la puerta en menos tiempo que dura The Witch. Una página imprescindible para conocer el grupo y el mundo garajero más dicharachero.

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lunes, 16 de febrero de 2009

El verdadero Rolling Stone

Muddy Waters

Muddy Waters – Hard Again (1977)

En la vida las cosas se pueden resolver de muchas maneras, pero lo más difícil –como bien diría Otto en nuestra serie de cabecera- es hacerlo guapamente. La figura legendaria de la que nos ocupamos no sólo lo consiguió, sino que dio un vuelco a su carrera, rejuveneciendo con sabiduría y estilo y lo mejor es que obró ese milagro sin recurrir a Corporación Dermoestética ni un cambio de vestuario sugerido por Agatha Ruíz de la Prada. Lo hizo gracias a un solo disco lanzado justo en el que nadie daba un duro por él y actualizando un género de música que todo el mundo consideraba poco menos que muerto. El disco es Hard Again, la época los albores del punk y el genio cuyo humanidad es la quinta esencia del blues, el nunca suficientemente ponderado Mckinley Morganfield, más conocido como Muddy Waters.

En 1977, el blues no estaba en su apogeo precisamente, aunque la situación no llegaba a los extremos de mediados de los sesenta, cuando los Rolling Stones, en plena primera gira por EE.UU., grabaron en los estudios Chess y se encontraron fuera pintando el recinto al propio Muddy, lo que les llevó a pedir su presencia para grabar unas tonadillas y hacer una sesión para la historia (recomendación de Garajeland, si están haciendo obra en casa y uno de los pintores es negro, entona lastimeros estándares blues y porta un bigotillo fino, no lo duden, podría ser un hijo perdido de Muddy. Acérquense a él todo lo que puedan, sus enseñanzas pueden equiparse a las de un campamento de verano cuando tienes 13 años).


Muddy WatersLo raro no es que en la foto el tipo de la izquierda parezca Seinfield, sino que Johnny Winter pueda ser la digievolución de Andrés Iniesta.


Mr. Waters, en los últimos setenta, por no tener, no tenía ni discográfica: ya que Chess Records había sido vendida o malvendida y Marshall Chess, el hijo de Leonard , ahora era manager de los Rolling Stones, podía ser protagonista de Trainspotting sin mucha dificultad. La posibilidad de que Muddy Waters sacara nuevo disco eran, por tanto, más remotas que en este humilde blog no le pisemos al señor Diving Dwarf su próxima idea para un post. Llegados a este punto reflexionemos: Muddy Waters. El hombre. El BLUESMAN. Mannish Boy; y es posible que no sacara ningún disco más en su vida. La próxima vez que piensen que el actual momento musical está en un mal momento, mediten antes de dar rienda suelta a la sin hueso.

El salvador de esto, la persona que hizo que Mr.Blues volviera a un estudio no fue Superman (la deidad favorita de Homer Simpson) sino más bien un treintañero entusiasta del blues, que junto a su hermano había dado aires de renovación al género. Nos referimos a Johnny Winter, que tras unos cuantos años como solista, había decidido montar un sello discográfico y cuando se percató de que Muddy podría pasarse lo que le quedaba de vida echando una partidita en la tasca de la esquina le contrató sin dudar porque encajaba perfectamente (cual híbrido imposible entre las tallas M y L para los que tenemos el cuerpo jota) en Blue Sky Records.



Muddy WatersY ahora con la chistera se me parece a Juan Tamariz, pero cambiando el violín por una guitarra(y manejándola con maestría)


El siguiente paso fue contratar un estudio y al grupo que acompañaba a Muddy en ese tiempo, tan engrasados y habituados a su figura que podían predecir cada matiz, cada cambio introducido por Muddy mientras se comían un plato de callos (prueba última de maestría musical, como todo el mundo sabe). La lista la encabezaban Bob Margolin, el siempre a la sombra de Sonny Boy Williamson, James Cotton, y el todavía activo Pinetop Perkins (95 años y hecho un chaval cual Paco Martínez Soria del Delta). Johnny actuando a la antigua, encerró en un sótano de una casa a todos los componentes al mismo tiempo que nombraba a sí mismo productor y guitarrista principal del proyecto. Se dice que la energía que liberaban esas sesiones podía haber servido a Marty y Doc para prescindir de los 1,21 gigovatios y enchufar el Delorean al estudio. El propio Margolin comentaba que Winter, de tanto subir y bajar las escaleras del sótano hacía las sala de control estaba envejeciendo por momentos (también se comenta que podía tener algo de isquiotibiales, cual jugador de fútbol sempiternamente lesionado, pero eso es otra historia).

Hard Again empieza con el mantra que nos lanza Muddy: “Everything, everything is gonna be alright this morning”. Eso es parte de 'Mannish Boy', ¿que qué es Mannish Boy? Piensa en aquellas veces donde tu ego masculino (lo siento señoritas, pero esto es para machotes de pelo en pecho) ha sido satisfecho, a saber, cuando le pegaste de punterazo y entró por la escuadra desde 20 metros, cuando abriste un bote de aceitunas sin esfuerzo y sin hinchazón de la vena de frente o cuando cazaste al Yeti con tus propias manos (esto último no comprobable). Eso es Mannish Boy, 5:24 minutos de masculinidad concentrados en la voz de Muddy, una punzada que entra por tus oídos y colapsa por igual todas las extremidades hasta que tu cuerpo realiza una serie de convulsiones eléctricas al ritmo pegajoso de batería y bajo. No es raro que empieces a jalear con ‘Yeahs’ la interpretación de Muddy o que le sueltes al guardia de tráfico de turno aquello de "That mean Mannish Boy" (les llevaremos unos celtas cuando estén en el talego, no se preocupen).


Muddy WatersLes prometo que me he colocado igual (cajas de coca cola incluídas), pero no consigo ni dar una nota como Muddy.


El siguiente pulso al blues clásico es 'Bus Driver', donde el slide de Winter comparte protagonismo con la armónica implacable de Cotton y el piano saltarín de Pinetop. Puedes imaginarte a Muddy sentado en un taburete con su telecaster roja como testigo (que enchufada al amplificador no tocó ni una sola vez en toda la grabación), dirigiendo las operaciones, gesticulando y modulando la intensidad del blues de sus músicos (y también haciendo bueno el tópico español de ‘dos miran y uno trabaja’).

La siguiente canción, 'I want to be loved' parece el manifiesto de Muddy sobre el amor. Una gran lección de alguien que era un rompecorazones, una rara mezcla entre elegancia, dobles sentidos, ternura, e instinto de depredador. 'I can’t be satisfied' rompe los esquemas al escaparse del blues eléctrico de Chicago y volviendo la vista hacia lo hacia el delta, hacia lo rural (trabajando el agro que diría Lisa). Muddy demuestra con esta interpretación que fue algo más que una inspiración para el sonido de los Stones en Beggar’s Banquet. Con el siguiente clásico Muddy juega a niveles metalingüísticos tocando 'The Blues had a baby and they named it Rock and Roll'. 'Dawn in Florida' es la postal de Muddy sobre el estado de las naranjas y los jubilados con James Cotton contoneando notas de armónica con absoluta maestría. Con parte del cancionero de Muddy podría hacerse la historia de EE.UU., sólo Leonardo Dantés ha conseguido tratar tantos temas en un solo disco (bueno, él en una sola canción). Si necesitamos más pruebas tenemos 'Crosseyed cat', de ritmo danzarín y burlón donde Muddy habla sobre las mujeres. El blues, el verdadero, el que te infecta un día y jamás te suelta no habría existido sin las mujeres del mismo modo que sin Chabeli Iglesias no hubiera existido de niña a mujer (no pregunten de donde viene esta referencia, simplemente lean nuestro último mentiras como puños). Mientras divago, Muddy sigue a lo suyo, entregando una perfecta dosis de seducción y atrevimiento llamada 'Little Girl', demostrando una vez más que Muddy era un canalizador, un medio para hacer caminar la música de su grupo. Aun sin cantar su presencia se irradia en cada surco del vinilo (o del CD si no tienen la suerte).





Muddy murió unos cuantos años más tarde y, además de éste, dejó dos discos de estudio, y unas cuantas actuaciones gloriosas en directo y, también, el ataque de corazón que sufrió de Scorsese en “El último Vals” al darse cuenta de que había cometido el error de su vida permitiendo que el equipo de filmación se tomara un descanso mientras Muddy tocaba con The Band. La providencia hizo que Laszlo Kovacs(futuro director de fotografía de Spielberg) estuviera al quite y hoy podamos revisar ese documento donde una fuerza de la naturaleza entregaba sus últimas clases magistrales Pensándolo bien, si hubieran tenido que repetir la canción tampoco hubiera sido un problema; simplemente Muddy se habría dado la vuelta y les habría dicho a la muchachada: “Let’s do it, let's do it hard, again”.




Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verléin


P.D.: dedicamos este post al señor Diving Dwarf dueño de la bitácora más belicosoeroa del servidor más belicosera de la red más belicosera de los Interneses. Visiten su blog (o mejor no lo hagan dado que su calidad nos deja en pañales), no sólo todo su contenido deberian apredérselo cual lista de los reyes godos. Si empiezan a pensar como él no se preocupen, nosotros pasamos por la misma fase y todo sigue correcto, dos ojos, dos narices, tres orejas...

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jueves, 15 de mayo de 2008

Cuando Eric Clapton era Dios


John Mayall and the Bluesbreakers - Bluesbreakers with Eric Clapton (1966)

A lo largo de la historia se han creado (normalmente por casualidad) una serie de asociaciones clásicas que han calado en la cultura: el gordo y el flaco, el Dry Martini y las aceitunas, la la serie Bonanza y Chiquito de la Calzada... Si nos ceñimos a lo estrictamente musical, una de estas parejas desencadenó una revolución que dejaba en pañales la aparición de Nesquik: El uso de una Gibson Les Paul tronando a través de un amplificador Marshall. La ecuación era sencilla: un disco aprobado por una de la referencias en el blues que se de las islas (John Mayall), un inglés de los de té con pastas y talento extraordinario para la guitarra que quiere seguir fiel a la tradición del blues electrificado (Eric Clapton) y dos de los mejores instrumentos para crear música que hechos por el hombre. El resultado de todo esto es un disco incendiario, revolucionario, pero poco conocido por las nuevas generaciones, entre otras cosas porque no gozaba de una versión en CD en la que fuera digno gastarse unos aurelios. Aunque es bien sabido que, en Garajeland, apostamos por el vinilo por una simple razón: si quieres hacerte una foto imitando a Mickey Mouse, el efecto es mucho más realista con dos vinilos que con dos cedés (y con esto no quiero decir que yo lo haya hecho...). Pero volvamos a lo importante: ¿a qué sonaba esa guitarra que sostenía Clapton con 21 añitos? pues a una extraña mezcla entre técnica e intuición, que consiguió abrir las orejas de muchos ingleses al blues que había venido de América. En el disco, las manos de Clapton parecen estar domeñando a una animal furioso, consiguiendo notas que - a ratos- suenan urgentes, frenéticas y -a otros- tan lánguidas e hirientes como cuando descubres que tu cuñado se ha comido la última Copa Danone.


La historia de John Mayall y Eric Clapton comenzó poco antes de grabar el disco. El primero ya gozaba de una reputación como bluesman con argumentos suficientes para dominar el cotarro: tenía una buena voz, era un teclista más que solvente y un armonicista superdotado. Entre 1965 y 1966, vio tocar a Eric Clapton con su primer grupo: los Yardbirds, Eric no estaba contento con Keith Relf y los suyos, ya que se estaban apartando de la senda del blues para abrazar el pop. Así que, viendo al situación, John invitó a Eric a unirse a él. El grupo, además de ellos dos, lo formaban John McVie (posteriormente en las dos encarnaciones de Fleetwood Mac, la bluesera y la que vendió millones de discos en los 70) al bajo y Hughie Flint a la batería, un gran conjunto que se complementaba con músicos de sesión que aportaron los arreglos de metales y que, casualidades de la vida, habían crecido como instrumentistas gracias al caldo de cultivo del que habló mi conspicuo compañero. Eric Clapton se marcharía después de editar el disco, pero Mayall no se amilanó y escudriñó el horizonte hasta encontrar sustitutos a la altura de las manos de Clapton, como Peter Green (alma mater de Fleetwood Mac y uno de los músicos con más talentos de su generación, naturalmente acabó en un psiquiátrico) o Mick Taylor, que se formó con Mayall y acabó sustituyendo al malogrado Brian Jones en los Rolling Stones. De hecho la nómina de músicos que han tocado con Mayall en los Bluesbreakers es un salón de la fama en sí mismo: Jack Bruce de Cream, miembros de Canned Heat, Andy Fraser de Free.. y la lista sigue. Visto así, propongo a John Mayall como seleccionador español de fútbol, cumple todos los requisitos: es viejuno, sabría que decir 'y tal' y, sobre todo, tenía un ojo para elegir a los músicos de su grupo que ya quisieran muchos.

John Mayall Eric ClaptonClapton tiene cara de haberse quedado con la cartera del de blanco y luego irse a los recreativos a gastarse los cuartos en el Street Fighter II



Y en estas llegamos al disco, grabado prácticamente en directo, con Mayall a la mayoría de las voces, el piano y la armónica y Eric fundiendo estilos de varios bluesman: Freddie King, Otis Rush o Buddy Guy. Blues de Chicago, pero a la inglesa. Para muestra, la primera canción: "All Your Love", un riff elegante, manteniendo el espíritu original, pero con pinceladas del sonido denso y sostenido que luego seña de identidad de Cream (o Led Zeppelin). El solo que se marca Eric pondría de pie a la tertulia de Sánchez Dragó y se complementa perfectamente con la voz del propio Mayall. El grupo suena compacto, moviéndose con maestría entre los blues desagarrados y los instrumentales, como "Hideaway"; en el que McVie y Clapton se echan un mano a mano (la leyenda cuenta que Clapton mantuvo el nivel de volumen del Marshall cercano al máximo, para pasmo de los ingenieros). Estos parámetros se mantienen hasta "Another Man", en la que John Mayall dice su particular "hasta aquí hemos llegado" y se marca una interpretación en solitario con la ayuda de su armónica y de su respiración (presente en toda la canción). La primera cara del vinilo acababa con "What I'd say", una versión de Ray Charles, algo alejada del estilo del grupo, pero que sirve para colocar un solo de bateria (que nunca viene mal) y para que Eric Clapton realice un guiño al colar unos acordes de "Daytripper" de un grupillo de Liverpool que no eran muy allá. "Key to Love" y "Parchman Farm" fueron grabadas en directo, con todos los músicos tocando a la vez, en un intento de capturar lo que los Bluesbreakers realizaban en sus actuaciones en directo. Por lo que se ve, el efecto del grupo en las masas es similar al que se produce aquí cuando se dice eso de "Buenas noches Madrid" o "Ese rock" (que juro que oí pronunciar a la excantante de la Oreja de Van Gogh). El Blues lento vuelva a tomar protagonismo en "Have You Heard", donde Mayall dejó libertad para improvisar a Clapton, dándole confianza, lo mismo que tuvo que hacer en "Ramblin' On my mind", un blues de Robert Johnson y la primera canción con voz solista de Eric Clapton de la historia. El disco (discazo a estas alturas) acaba con "Steppin' Out", otro instrumental de sublimes fraseos de guitarra y con "It Ain't Right", con Mayall a la altura de Little Walter en el empleo del arpa de Blues.


El blues hecho guitarra (si quieren verme sufrir les aconsejo que agarren esta guitarra y toquen con ella los acordes de Paquito el chocolatero, ni en el garrote vil oiga!)


Y eso es todo, un grupo iniciando una racha, un guitarrista de 21 años al que el talento le desbordaba, 12 canciones y un sorprendente éxito en las listas (Mayall pensaba que este álbum sólo gustaría a los entusiastas del blues): el disco no sólo llegó a número 6, sino que se mantuvo en listas durante 17 semanas y, por si fuera poco, convirtió al grupo en legendario y al propio Clapton en una deidad. Éste es el disco responsable de que aparecieran pintadas en las paredes de Londres con la frase "Clapton is God" (Clapton es Dios). Al poco tiempo, fue elegido por la NME como el mejor guitarrista del año. En la fiesta de entregas de premio coincidió con Jack Bruce (mejor bajista) y Ginger Baker (mejor baterista) y decidieron hacer un grupo: "Cream" (no se pregunten por qué en España no se forma un "Súpergrupo" con los que ganan premios, aquí todos se los lleva Alejandro Sanz, o como mucho Miguel Bosé, así nos va). 1966 fue uno de los mejores años de Clapton y, el inicio, de una gran época en lo profesional (en lo personal le iba un poco peor: se enamoraría de la mujer de su mejor amigo, descubriría que su hermana es su madre, le daría a la heroína a la altura de Keith Richards, se le morirían varios amigos íntimos... Ni en el Diario de Patricia se oyen tantas desgracias). Más que posiblemente, Clapton ha acabado imitándose a sí mismo, pero durante 1966 fue un Dios en la tierra, que ya nos gustaría a algunos durante cinco minutos.



Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verleín


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