Bono y los pies de A. Lincoln
Bono andaba meditabundo. ¿Habría perdido su encanto personal? ¿Sería el momento de hacerse mayor y dejar de ponerse la ropa de sus hijos? Le asaltaban serias dudas sobre un buen puñado de cuestiones, incluido si es mejor poner en la cocina una placa eléctrica o una de gas. Hasta el calvo con gorro de su grupo le había perdido el respeto organizando un evento benéfico sin avisarle. Eran momentos duros de verdad para él.
Necesitaba despejar la cabeza, una respuesta trascendental a sus problemas. Y qué mejor que tomar una Beamish con unas croquetas en ese bar, sito en calle estrecha y de fuerte pendiente donde entras oliendo a fritanga y sales apestando a Febreze. Caminando hacia el mismo, con la cabeza gacha topó con unos pies, miró hacia arriba para comprobar la identidad del sujeto y comprobó que sólo eran unos pies. Pero eran los pies de A. Lincoln.
Los pies de A. Lincoln parecían serios, Bono le dio las buenas tardes para romper el hielo. “¿No le sorprende estar hablando con unos pies?” espetó el calzado de A. Lincoln. “Impone un poco el hablar con dos. Una vez hablé con un pie de Enrique VIII. Pero no es lo mismo”. El semblante serio del cordón izquierdo de A. Lincoln se tornó en una furiosa expresión de desaprobación. “¿Y usted cree que un personaje semejante hubiera sido capaz de liberar a los esclavos mediante una proclamación de Emancipación?”. “No, pero le pintaron unos cuadros muy bonitos. A lienzo grande y todo” respondió Bono no sin incredulidad.
A. Lincoln seguía algo tosco con Bono: “Ustedes los jóvenes se piensan que lo de Gettysburg fue cuestión de dos minutos”. Bono empezaba a cansarse de la fangosa conversación con A. Lincoln y así se lo hizo saber: “Verá, no creo que pueda darme un consejo ante mi estado de aflicción, yo soy muy de la Iglesia Católica y del Logroñés, y usted es muy controvertido con esos temas, muy sputnik”. “Bien” le espetó A. Lincoln “Le ofreceré las palabras que merece: Tiene que mentalizarse, ese cuerpo, tener carisma, quererte tu mismo a quererte tu mucho, quererte al que tienes a tu lado, y todo sale de verdad de deporte”. “Creo que voy a tomarme las croquetas” sentenció Bono.
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Necesitaba despejar la cabeza, una respuesta trascendental a sus problemas. Y qué mejor que tomar una Beamish con unas croquetas en ese bar, sito en calle estrecha y de fuerte pendiente donde entras oliendo a fritanga y sales apestando a Febreze. Caminando hacia el mismo, con la cabeza gacha topó con unos pies, miró hacia arriba para comprobar la identidad del sujeto y comprobó que sólo eran unos pies. Pero eran los pies de A. Lincoln.
Los pies de A. Lincoln parecían serios, Bono le dio las buenas tardes para romper el hielo. “¿No le sorprende estar hablando con unos pies?” espetó el calzado de A. Lincoln. “Impone un poco el hablar con dos. Una vez hablé con un pie de Enrique VIII. Pero no es lo mismo”. El semblante serio del cordón izquierdo de A. Lincoln se tornó en una furiosa expresión de desaprobación. “¿Y usted cree que un personaje semejante hubiera sido capaz de liberar a los esclavos mediante una proclamación de Emancipación?”. “No, pero le pintaron unos cuadros muy bonitos. A lienzo grande y todo” respondió Bono no sin incredulidad.
A. Lincoln seguía algo tosco con Bono: “Ustedes los jóvenes se piensan que lo de Gettysburg fue cuestión de dos minutos”. Bono empezaba a cansarse de la fangosa conversación con A. Lincoln y así se lo hizo saber: “Verá, no creo que pueda darme un consejo ante mi estado de aflicción, yo soy muy de la Iglesia Católica y del Logroñés, y usted es muy controvertido con esos temas, muy sputnik”. “Bien” le espetó A. Lincoln “Le ofreceré las palabras que merece: Tiene que mentalizarse, ese cuerpo, tener carisma, quererte tu mismo a quererte tu mucho, quererte al que tienes a tu lado, y todo sale de verdad de deporte”. “Creo que voy a tomarme las croquetas” sentenció Bono.