jueves, 22 de mayo de 2008

Grandes discos que (casi) arruinan a su discográfica ( II )

My Bloody Valentine
My Bloody Valentine - Loveless (1991)

Así estaba el tema (y tal...)

Nerón quemando Roma, el Hinderburg calculando mal a la hora de aparcar, el vídeo Beta siendo desplazado por su hermano tonto, el Windows Vista (todo él)... en esta pequeña lista tienen cabida algunas de las catástrofes económicas (y la mayoría trágicas) de la historia de la humanidad. Todas, excepto el Vista -que no hay por donde cogerlo-, además comparten la característica de ser obras de arte en su ámbito. Nadie está aquí comparando el epítome de las ciudades modernas con un cacharro en el que se introducía una cinta magnetoscópica (y si lo hacemos pedimos perdón a cualesquiera sociedades históricas que se hayan sentido ofendidas). Como decíamos, fueron y son grandes dispendios económicos o serios fracasos, pero con un buen fondo. A esta entrañable lista, la humanidad debería incluir el disco que My Bloody Valentine tuvo a bien publicar en 1991.



La historia es la siguiente: Irlanda finales de los años 80, principios de los 90. En el país del trébol, dos mangarrianes como Colm O'Ciosoig y Kevin Shields forman un grupo, el tercero o cuarto desde que eran adolescentes, con el cantante Dave Conway y la novia de éste como teclista. Dan varias vueltas al tema del nombre y se deciden por My Bloody Valentine, extraído de una película de terror de serie z o inferior. Después dan el paso más lógico en sus carreras: se van de gira a los Países Bajos y a Berlín, vamos lo que todo hijo de vecino haría en esos momentos. En la capital alemana, Shields empezó a cogerle gustillo a la grabación en el estudio (en qué hora...) y, junto con el grupo, registraron su primer álbum de My Bloody Valentine: "This Is Your Bloody Valentine" con escaso éxito. Con la orejitas gachas, vuelven a Londres donde se quedan sin teclista, pero ganan una nueva bajista: Debbie Googe. El grupo sigue dando tumbos por discográficas y sufre más abandonos: Conway decide irse; había que buscar vocalista. Para encontrarlo, Shields puso un anuncio en la prensa (al lado del "se vende piso, razón aquí"), contrató a la Bilinda Butcher; con quien a partir de entonces compartiría micrófonos. Con ella, el estilo del grupo estaba ya maduro.

Por aquel entonces, ya eran conocidos por sus actuaciones en directo, principalmente por dejar en ‘shock’ a la audiencia permaneciendo quietos en el escenario con las cabezas mirando al suelo (el mismo efecto se consigue con la tertulia de Cine de Barrio). La prensa, tan dada a poner etiquetas, bautizó esa actitud como "shoegazing" (algo así como tocar mirándote las zapatillas). En esos momentos, eran el grupo que había que ver en directo, su sonido era la máxima influencia en las islas y tenían fama (sin ironía ninguna) de sacar sencillos y Ep's a con una frecuencia que ni la RENFE cuando viaja un ministro. Como si te tratara del timo de la estampita, Alan McGee picó y los contrató para el sello Creation, porque vio en ellos a los Hüsker Dü ingleses y parecían buenos chicos. Angelito mío…

My Bloody Valentine

Porque la foto es en blanco y negro, pero en realidad son como los Parchis del rock alternativo


Al principio, como casi en todas las cosas que tienden a salir mal, la cosa pintaba bastante bien: Kevin Shields le dijo a Creation que tendrían el disco grabado "en cosa de cinco días" (se dice que en casa McGee todavía tiene pesadillas con esa expresión como protagonista). Lo dicho, el segundo disco se fue complicando, hasta que los cinco días se convirtieron en dos años. Shields se ganó la fama de perfeccionista extremo: grabando pista tras pista de guitarra, midiendo con escuadra y cartabón la distancia del micrófono con respecto al amplificador o mandando a paseo a cada uno de los 14 ingenieros que trabajaban en la grabación porque le bajaban los volúmenes cuando iba al baño. Todo tomaba el marchamo de ser como la obra de El Escorial: cada semana, en las oficinas de Creation, recibían a líder del grupo que conseguía sacarle otro cheque a señor McGee prometiéndole el oro y el moro (la misma situación que cuando ibas a pedirle la paga a tu padre, sólo que las 10.000 libras que le entregaban a Shields dan para comprar muchos paquetes de chicle Boomer). La cifra que se suele apuntar como definitiva del costé de la grabación son 250.000 libras. Resumiendo, en 1991, la cosa estaba peliaguda: la prensa se dedicaba a hacer público el comportamiento de Kevin Shields (del que se dice llenó su casa de alambre de púas entre las habitaciones para que nadie tocara sus cosas), Creation estaba en bancarrota técnica y las relaciones del líder y alma mater del grupo con Alan McGee y el resto de la banda estaban en punto muerto. Y sin embargo, Lovelees (el fruto de tan arduo trabajo) sigue siendo un grandísimo álbum.

Hablar de las canciones de este disco por separado puede parecer poco menos que una herejía. Todo esta unido como si de un puzzle sideral se tratara. Si bien es verdad que, el disco, se percibe de muchas maneras en la primera escucha (y las siguientes): unos dicen que "ven" las canciones, otros "huelen" los interludios y, los menos, hasta las escuchan (como Homer con las tartas). Lo que sí que es verdad es que no deja indiferente a nadie (en Garajeland nunca renunciamos a utilizar un buen tópico): algunos lo rechazan con vehemencia, otros agachan la cabeza y abrazan el sonido noise y, los menos, se comunican con Carlos Jesús vía Fax, de todo hay en la viña del señor.

Kevin Shields

Kevin Shields: Conviene no darle de comer después de la medianoche ni dejarle solo en un estudio


Así todo, no es un disco que engañe. La primera canción: "Only Shallow" presenta perfectamente el sonido de la banda: toneladas de pistas de guitarra que rugen, creando una textura de mar crispado que sólo se rompe con la delicada voz de Bilinda Butcher. Samplers, efectos creados con el trémolo de las Fender Jaguar y Jazzmaster de Shields, una batería hipnótica... todo cuenta para crear esa particular atmósfera, que es -al mismo tiempo- impenetrable, adictiva y tan tatareable como tu canción pop favorita. Así hasta completar 10 temas que se mueven entre el pop de los 60 reconstruido a base de capas de guitarras distorsionadas de "When You Sleep" o la medida delicadeza de "Sometimes".

Puede que el disco tuviera un parto difícil, pero mereció la pena. Lo mismo pasa con Kevin Shields: el cual volvió a sacarle pasta a Island Records, la discográfica a la que McGee vendió los derechos del grupo, prometiendo una continuación mucho mejor del "Loveless" que nunca llegó (en Island todavía hay un señor que espera las cintas con fe inquebrantable). El resto del grupo también salió tocado de la experiencias con Shields, dos de ellos abandonaron la nave por puro agotamiento y Bilinda Butcher (que mantuvo una relación con Kevin, que debe ser fabuloso en una cena familiar) dejó la música para hacerse ama de casa. De Shields se han ido sabiendo cosas: colaboró con Sofia Coppola en dos de sus películas o que estuvo un tiempo con Primal Scream. En este mismo año, grupo completo actuará en el Festival Benicassim. Pero les debo una confesión: juraría haber visto a Shields como el encargado de alguna obra. Por lo que se ve, le pone mucho empeño, el problema es que pide adelantos todos los meses. Si ustedes están dispuestos a arriesgarse, posiblemente -tras la reforma- su casa aparezca en la revista Casa Diez, como una de las más influyentes de la historia, sólo tendrán que esperar unos añitos.




Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verleín


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miércoles, 21 de mayo de 2008

Conversaciones insustanciales sobre música

Volumen Techno-Dance: ¿Qué música te gusta?



Es bien sabido que los seres humanos y humanas, en un alarde evolutivo, han creado un sistema de comunicación articulando palabros (a veces), que en muchas ocasiones es útil y en la mayoría de los casos es utilizado para decir tonterías, sin ir más lejos solo hay que ver la sección de noticias gilipollas (creo que se llama así) del telediario de Antena 3.


Dentro de este marco de conversaciones, hay veces que tenemos que contestar a esa incomoda, y por otro lado terrorífica, pregunta de ¿Qué tipo de música te gusta? Como no hemos encontrado un perfil semilla del Homo Habilis que te interroga por tus gustos musicales, hemos supuesto que se puede transformar en todo tipo de apariencias, como ejemplo básico de este homínido pueden observar la fotografía adjunta. A este tipo de personajes los conoces más bien poco, pero la necesidad comunicativa y tu desaforada pasión por hablar de música coincide con su curiosidad por esta afición, al fin y al cabo a todo el mundo le gusta la música, irremediablemente no te va a preguntar si el ingeniero de sonido de los Badfingers es mejor que el del tercer disco de los Flamin´ Groovies, así que la primera pregunta no puede ser otra, ¿qué música te gusta? Para ti es una pregunta compleja pero que requiere de una respuesta sencilla para el pueblo llano.


Normalmente el interrogador contestaría algo así como “a mi es que me gusta de todo”, ¿de todo?, ha quedado fichado de inmediato, eso quiere decir que es capaz de fumarse cualquier cosa (musicalmente hablando), incluida una banda sonora de programas nocturnos de Llama y Gana, o lo que es peor, una banda sonora de Phil Collins. Si su variante es: “me gusta de todo, menos el jevi…salvo alguna balada”, echa a correr directamente, es posible que estés hablando con la audiencia del programa de Teresa Viejo. Efectivamente, alguien que entiende Alta Fidelidad no puede contestar algo semejante aunque le saque del apuro.


Lo mejor es preparar una fracesilla que no comprometa demasiado, que diga un par de grupos (sin matizar cuales de sus discos son un truño), que no te haga parecer una de esas personas que se preocupan por conocer datos (complicado), que se note que tienes el mejor gusto musical del mundo pero sin parecer un prepotente, no insinuar que la gente sabe mucho menos que tú (aunque sea cierto), tirar a lo no comercial pero sin pasarse, pero sobre todo dejar claro que a ti no te gusta de todo.


La muletilla que he ido perfeccionando con el tiempo es algo así: “pues… (mascullo un poco), me gustan grupos de la época de los Jam y los Clash (algo antiguo pero no mucho, bien pensado), algunos grupos actuales de menos éxito están bastante bien, …y ahora estoy muy metido comprando cosas de (póngase aquí estilo musical como Powerpop, Psicodelia-Romántica o Garaje-Jazz)”. La frase tiene errores, está claro, así lo atestiguan las caras que pone la gente, ¿pero acaso tú lo harías mejor?
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jueves, 15 de mayo de 2008

Cuando Eric Clapton era Dios


John Mayall and the Bluesbreakers - Bluesbreakers with Eric Clapton (1966)

A lo largo de la historia se han creado (normalmente por casualidad) una serie de asociaciones clásicas que han calado en la cultura: el gordo y el flaco, el Dry Martini y las aceitunas, la la serie Bonanza y Chiquito de la Calzada... Si nos ceñimos a lo estrictamente musical, una de estas parejas desencadenó una revolución que dejaba en pañales la aparición de Nesquik: El uso de una Gibson Les Paul tronando a través de un amplificador Marshall. La ecuación era sencilla: un disco aprobado por una de la referencias en el blues que se de las islas (John Mayall), un inglés de los de té con pastas y talento extraordinario para la guitarra que quiere seguir fiel a la tradición del blues electrificado (Eric Clapton) y dos de los mejores instrumentos para crear música que hechos por el hombre. El resultado de todo esto es un disco incendiario, revolucionario, pero poco conocido por las nuevas generaciones, entre otras cosas porque no gozaba de una versión en CD en la que fuera digno gastarse unos aurelios. Aunque es bien sabido que, en Garajeland, apostamos por el vinilo por una simple razón: si quieres hacerte una foto imitando a Mickey Mouse, el efecto es mucho más realista con dos vinilos que con dos cedés (y con esto no quiero decir que yo lo haya hecho...). Pero volvamos a lo importante: ¿a qué sonaba esa guitarra que sostenía Clapton con 21 añitos? pues a una extraña mezcla entre técnica e intuición, que consiguió abrir las orejas de muchos ingleses al blues que había venido de América. En el disco, las manos de Clapton parecen estar domeñando a una animal furioso, consiguiendo notas que - a ratos- suenan urgentes, frenéticas y -a otros- tan lánguidas e hirientes como cuando descubres que tu cuñado se ha comido la última Copa Danone.


La historia de John Mayall y Eric Clapton comenzó poco antes de grabar el disco. El primero ya gozaba de una reputación como bluesman con argumentos suficientes para dominar el cotarro: tenía una buena voz, era un teclista más que solvente y un armonicista superdotado. Entre 1965 y 1966, vio tocar a Eric Clapton con su primer grupo: los Yardbirds, Eric no estaba contento con Keith Relf y los suyos, ya que se estaban apartando de la senda del blues para abrazar el pop. Así que, viendo al situación, John invitó a Eric a unirse a él. El grupo, además de ellos dos, lo formaban John McVie (posteriormente en las dos encarnaciones de Fleetwood Mac, la bluesera y la que vendió millones de discos en los 70) al bajo y Hughie Flint a la batería, un gran conjunto que se complementaba con músicos de sesión que aportaron los arreglos de metales y que, casualidades de la vida, habían crecido como instrumentistas gracias al caldo de cultivo del que habló mi conspicuo compañero. Eric Clapton se marcharía después de editar el disco, pero Mayall no se amilanó y escudriñó el horizonte hasta encontrar sustitutos a la altura de las manos de Clapton, como Peter Green (alma mater de Fleetwood Mac y uno de los músicos con más talentos de su generación, naturalmente acabó en un psiquiátrico) o Mick Taylor, que se formó con Mayall y acabó sustituyendo al malogrado Brian Jones en los Rolling Stones. De hecho la nómina de músicos que han tocado con Mayall en los Bluesbreakers es un salón de la fama en sí mismo: Jack Bruce de Cream, miembros de Canned Heat, Andy Fraser de Free.. y la lista sigue. Visto así, propongo a John Mayall como seleccionador español de fútbol, cumple todos los requisitos: es viejuno, sabría que decir 'y tal' y, sobre todo, tenía un ojo para elegir a los músicos de su grupo que ya quisieran muchos.

John Mayall Eric ClaptonClapton tiene cara de haberse quedado con la cartera del de blanco y luego irse a los recreativos a gastarse los cuartos en el Street Fighter II



Y en estas llegamos al disco, grabado prácticamente en directo, con Mayall a la mayoría de las voces, el piano y la armónica y Eric fundiendo estilos de varios bluesman: Freddie King, Otis Rush o Buddy Guy. Blues de Chicago, pero a la inglesa. Para muestra, la primera canción: "All Your Love", un riff elegante, manteniendo el espíritu original, pero con pinceladas del sonido denso y sostenido que luego seña de identidad de Cream (o Led Zeppelin). El solo que se marca Eric pondría de pie a la tertulia de Sánchez Dragó y se complementa perfectamente con la voz del propio Mayall. El grupo suena compacto, moviéndose con maestría entre los blues desagarrados y los instrumentales, como "Hideaway"; en el que McVie y Clapton se echan un mano a mano (la leyenda cuenta que Clapton mantuvo el nivel de volumen del Marshall cercano al máximo, para pasmo de los ingenieros). Estos parámetros se mantienen hasta "Another Man", en la que John Mayall dice su particular "hasta aquí hemos llegado" y se marca una interpretación en solitario con la ayuda de su armónica y de su respiración (presente en toda la canción). La primera cara del vinilo acababa con "What I'd say", una versión de Ray Charles, algo alejada del estilo del grupo, pero que sirve para colocar un solo de bateria (que nunca viene mal) y para que Eric Clapton realice un guiño al colar unos acordes de "Daytripper" de un grupillo de Liverpool que no eran muy allá. "Key to Love" y "Parchman Farm" fueron grabadas en directo, con todos los músicos tocando a la vez, en un intento de capturar lo que los Bluesbreakers realizaban en sus actuaciones en directo. Por lo que se ve, el efecto del grupo en las masas es similar al que se produce aquí cuando se dice eso de "Buenas noches Madrid" o "Ese rock" (que juro que oí pronunciar a la excantante de la Oreja de Van Gogh). El Blues lento vuelva a tomar protagonismo en "Have You Heard", donde Mayall dejó libertad para improvisar a Clapton, dándole confianza, lo mismo que tuvo que hacer en "Ramblin' On my mind", un blues de Robert Johnson y la primera canción con voz solista de Eric Clapton de la historia. El disco (discazo a estas alturas) acaba con "Steppin' Out", otro instrumental de sublimes fraseos de guitarra y con "It Ain't Right", con Mayall a la altura de Little Walter en el empleo del arpa de Blues.


El blues hecho guitarra (si quieren verme sufrir les aconsejo que agarren esta guitarra y toquen con ella los acordes de Paquito el chocolatero, ni en el garrote vil oiga!)


Y eso es todo, un grupo iniciando una racha, un guitarrista de 21 años al que el talento le desbordaba, 12 canciones y un sorprendente éxito en las listas (Mayall pensaba que este álbum sólo gustaría a los entusiastas del blues): el disco no sólo llegó a número 6, sino que se mantuvo en listas durante 17 semanas y, por si fuera poco, convirtió al grupo en legendario y al propio Clapton en una deidad. Éste es el disco responsable de que aparecieran pintadas en las paredes de Londres con la frase "Clapton is God" (Clapton es Dios). Al poco tiempo, fue elegido por la NME como el mejor guitarrista del año. En la fiesta de entregas de premio coincidió con Jack Bruce (mejor bajista) y Ginger Baker (mejor baterista) y decidieron hacer un grupo: "Cream" (no se pregunten por qué en España no se forma un "Súpergrupo" con los que ganan premios, aquí todos se los lleva Alejandro Sanz, o como mucho Miguel Bosé, así nos va). 1966 fue uno de los mejores años de Clapton y, el inicio, de una gran época en lo profesional (en lo personal le iba un poco peor: se enamoraría de la mujer de su mejor amigo, descubriría que su hermana es su madre, le daría a la heroína a la altura de Keith Richards, se le morirían varios amigos íntimos... Ni en el Diario de Patricia se oyen tantas desgracias). Más que posiblemente, Clapton ha acabado imitándose a sí mismo, pero durante 1966 fue un Dios en la tierra, que ya nos gustaría a algunos durante cinco minutos.



Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verleín


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miércoles, 14 de mayo de 2008

Aquí huele a nuevo estilo...


The Raspberries - Fresh (1972)

El segundo disco de los Raspberries debería incluir un buen asterisco que rece: “*No te fíes de nuestras pintas”, cualquiera que vea la foto pensará que conoce a esos cuatro tíos, que los ha visto por una gira veraniega de fiestas patronales recorriendo municipios en torno a la carretera de Andalucía, pero no.

Efectivamente, sus chaquetas no están de moda salvo en la boda de Farruquito, y sus canciones tampoco entraban en los ideales musicales de principios de los setenta, donde el Rock más autocomplaciente empieza a comer terreno a grupos con regusto por sus raíces más inmediatas de la década recientemente finalizada. La querencia de Eric Carmen por los discos de los Beatles, los Hollies o los Small Faces le hace formar los Raspberries. Los inicios de la banda, tocando por su ciudad natal de Cleveland, van formando paulatinamente el grupo con Carmen en el bajo, Jim Bonfanti en la bateria, Wally Bryson como guitarrista principal y Dave Smalley, el último en llegar al que se le asigna un puesto de funcionario en guitarra rítmica. Esta formación es la que llama la atención de la gente de Capitol Records y graba el álbum que vamos a comentar, Fresh.


Conoce quién es quién mientras bailan Paquito "el Chocolatero"


Como bien comentó Tomás Verleín en el artículo de Big Star, un reducto de grupos reivindican la canción pop en un mar de canciones de largo minutaje, los Raspberries reinventan a su manera sus influencias musicales y casi sin quererlo sacan un disco que trazaría el camino de (sorpresa) una nueva etiqueta para el mundillo musical, Powerpop. La publicación de Fresh, a diferencia de los comentados Big Star, si que viene acompañada del apoyo y buen hacer de su sello discográfico, hay que recordar que a Capitol Records trincaba un buen dinero por los discos de los Beatles. El principio del disco cuenta con los dos singles del álbum, “I Wanna Be With You” y “Let´s Pretend”, compuestos por el capo Eric Carmen, luego se ponen descarados en temas como “Every Way I Can” o “Drivin Around”, se marcan melodías absorbentes en “Nobody Knows” e “It Seemed So Easy”, y no dejan de enganchar con los juegos de voces en “I Reach For The Light”. Diez canciones frescas y directas que casi te trasladan a orillas del Mersey en los sesenta. Pese al panorama poco propicio para estas composiciones de escasos dos minutos, el disco funcionó decentemente bien comercialmente, entrando en los cuarenta principales americanos (esos que hablan con acento de Fernandisco), y colando algún single entre los veinte primeros.

El disco se resume en que ampliamente, se puede comer con nata, azúcar, cilantro y lo que uno quiera. Lástima que al cabo de los años Capitol se quedó sin ideas sobre las frambuesas (sacaron discos en forma de cesta, incluyeron ambientadores de pino con olor a frambuesa, etc.) y a Eric Carmen no le hizo gracia la idea de cambiar el nombre del grupo por otro fruto que saliera en los fruitis. La formación original se desintegró poco a poco y aceptó la derrota ante los discos conceptuales y grupos que ocupaban solos de guitarra con una duración aproximada de cuarto y mitad respecto a las canciones de los frambuesas. ¿Derrota?, bueno ahora pueden tener una nueva oportunidad.


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viernes, 9 de mayo de 2008

De cero a cien en doce canciones


The Sonics - Here Are The Sonics (1965)

Algunos de los que lean esta página pensarán que porque nos llamamos garajeland si no comentamos ningún disco garajero, para enmendar el error que mejor que empezar con el primer disco de los Sonics, Here Are The Sonics, publicado sabiamente en 1965.

El manual de uso para una banda garajil es fácil de entender, cuatro paredes, un techo y generalmente un suelo, es decir, un chamizo que previamente han dejado unos padres comprensivos y confiadillos como Ned Flanders, ignorantes de que el coche se moja y que esa ilusión paternal de tener unos hijos en la orquesta filarmónica terminaría en una locura de banda, con cinco elementos aporreando instrumentos de forma más agresiva que la Pantoja ante un micrófono con Tomate.


Una sala de ensayo como Dios manda


Si esta escena la situamos en el Pacific Northwest americano, concretamente en la ciudad de Tacoma a principios de los sesenta encontramos a dos hermanos de peluquines y flequillos lacios que admiran el sonido de los Wailers, de Chuck Berry, Little Richard o James Brown, hablamos de Andy y Larry Parypa, bajista y guitarrista respectivamente, que ponen a su grupo el nombre de The Sonics. Después de sus primeras formaciones, se incorporan a la banda el cantante y teclista Gerry Roslie y el batería Bob “Boom Bomm” Benett, antiguos miembros de los Searches, aunque nada que ver con el grupo de la orilla del Mersey. Para completar el engranaje se une el saxofonista Rob Lind, que añadiría el frenetismo a los ya de por sí acelerados miembros primitivos de la banda.


Bien peinados, demostrando que salvo el del abrigo peludo todos fueron a colegio de pago

Para su primer disco y después de publicar el single “The Witch” (que sustituyó el "Keep A Knockin" de Little Richard en la cara A) se ponen en manos de dos miembros de los Wailers para la producción. El sello Norton les proporciona unos recursos de grabación que ya quisieran en la revolución industrial allá por el siglo XVIII, un dos pistas y un micrófono para todo el grupo, unas condiciones de grabación que llevarían directamente al psiquiátrico a músicos tan mantas y amantes de los mil ruiditos como Justin Timberlake o Camela. En 1965 se publica “Here Are the Sonics”, doce canciones en la edición original, con ocho versiones atronadoras que llevan hasta el límite del salvajismo y la velocidad a temas de Chuck Berry (“Roll Over Beethoven”), Little Richard (“Good Golly Miss Molly”), Berry Gordy (“Do You Love Me”), Rufus Thomas (“Walking The Dog”) o la tremenda canción del creador de “Louie Louie”, “Have Love Will Travel” de Richard Berry. Echando un poco más de gasolina al fuego, Gerry Rosley cuela cuatro composiciones en las que da rienda suelta a sus historias sobre chavalas de mala vida, coches o psicópatas enamorados, que acompañadas de sus chillidos y el frenético ritmo de la banda se traducen en canciones imprescindibles, “The Witch”, “Psycho”, “Boss Hoss” y “Strychnine”.

Seguramente, cuando las cucarachas inteligentes nos reemplacen y encuentren los discos de los Sonics y a los sosainas grupos que abundan en el actual panorama, poniendo en un altar a Kike Santander, pensarán que en algún momento nos volvimos locos al no aprovechar las canciones Sonicas como bien se merece. Y tendrán razón.

El que quiera ver a los Sonics con unos añitos de más, en la quincuagésima reunión musical puede hacerlo en Bilbao el día 31 de Mayo, las críticas parecen favorables.


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viernes, 2 de mayo de 2008

El verdadero axioma del Pop


Teenage Fanclub - Songs from the Northern Britain (1997)


Hay que reconocerle a Alan McGee que, pese a tener menos glamour que Tony Wilson -el otro gran gurú de la música inglesa de los 80 y los 90-, su aportación al mundo musical ha sido tan importante o más que la del no-protagonista de "24 hours party people". McGee, con su sello Creation, ha conseguido de todo: descubrir grupos de culto (como The Jesus and Mary Chain), ganar mucho dinero (con Oasis), perder mucho dinero (gracias a Kevin Shields y sus My Bloody Valantine, con quienes los contables de la discográfica debían tener pesadillas) o poner en circulación a bandas tan camaleónicas como Primal Scream. Como curriculum no está mal, aunque el departamento de investigación de Garajeland, armados con una guía de ciudades con encanto sin encuadernar y teléfono de góndola, ha conseguido averiguar que Alan McGee siempre tuvo una espinita: que Teenage Fanclub, su grupo favorito; en los que él creía tan ciegamente como sólo puede hacerlo una madre con sus hijos, aunque estos sean los más feos (mamá, un saludo desde aquí), no triunfaran como debieran. No han triunfado, no, pero en el camino han ido dejando algunos discos soberbios.

Teenage Fanclub nació en Glasgow (Escocia), cuna de grandes músicos (algunos reconocen su pertenencia a las Highlands y otros niegan su pasado relacionado con cualquier faldita). Hacer una lista ahora de personajes relacionados con la música que hayan nacido en el país de la gaita nos llevaría bastante tiempo, lo que quita argumentos al por momentos incontestable monólogo de Renton en Trainspotting.


Teenage FanclubNorman dice: "No es por nada, pero al de las gafas y las converse trajanas le cantan los pinreles cosa fina"


El caso es que, a mediados de los 80, se conocieron Norman Blake, Raymond McGingley y Gerard Love, los tres residentes en Belshill (barrio de Glasgow), los dos primeros guitarristas y el señor Love bajista, los tres con gustos parecidos: Byrds, Beatles, Beach Boys, Big Star y, también algunos artistas que no empezaban por B, como Neil Young o, incluso Sonic Youth o Dinosaur Jr. Su primer grupo juntos se llamó "The Boy Hairdressers", que no vamos a traducir por aquello de lo bien que quedan los nombres en idiomas. El experimento no fructificó a la larga, pero sirvió para que estos buenos señores se conocieran y compartieran Fresisuis en el portal de alguna casa. Blake se unió entonces a los BMX Bandits, donde conoció a Francis Mcdonald (batería y residente en Glasgow). En 1989, los cuatro comenzaron a tocar como Teenage Fanclub, al tiempo que McGingley y Love abandonaban sus carreras y se despedían para siempre de las ventajas del carné universitario. Su primer disco salió a la venta un año después, "A Catholic Education", proponía las bases del grupo, recuperando el Power-Pop a través de sus armas habituales: melodías y guitarrazos. Después de un par de Ep's en los que se incluye alguna joya como una versión de Madonna ("Like a Virgin", ahí queda eso), vino "Bandwagonesque" (1991), que cimentó algunos de los himnos de pop que todavía hoy perduran ("The Concept", "Alcoholiday"); "Thirteen" (1993) y "Grand Prix" (1995).


Teenage FanclubEso sí que es una tarima flotante y no lo que tengo yo en mi casa

En esas llegamos a 'Songs From The Northern Britain', que para algunos representa la definitiva evolución del grupo; para otros, la meliflua conclusión de una banda que sonaba mucho más potente e interesante allá por 1991 (y con más pelo, todo sea dicho). Nosotros, desde Garajeland (y para dar razones a quien nos acusa de políticamente correctos) diremos que sí: que la lámpara nueva queda mejor encima de la mesilla. Centrándonos en el disco, El primer tema va directo al mentón: "Start Again", una melodía intachable con un fondo sonoro de sintetizador Mogg. El segundo, "Ain't That Enough" ("¿No es suficiente?") te deja directamente fuera de combate. Curiosamente, no es más que una canción sobre la felicidad, el amor y demás zarandajas, pero vaya canción: una explosión pop a la que es difícil resistirse, 3 minutos y 42 segundos de armonías de voz fulgurantes, guitarras luminosas, primaveras de Garcilaso de la Vega, una gran batería (que demuestra que el sonido de un solo plato puede ser más expresivo que cualquier complicado redoble) y un estribillo que debería ponerse en cualquier discusión de una junta de vecinos para apaciguar los ánimos. El orden alfabético de compositores (y no es coña, así son de cumplidores), nos lleva a McGingley con su "Can't Feel My Soul", una melodía construida con efectos de fuzz en las guitarras y una coda con una solista formidable. "I don't Want to Control Of You" nos enseña la cara folky de Blake para sumergirnos en otro estribillo memorable (y van...) que habla de fidelidad, amor y madurez sin que esto parezca "Sor Citroën". Más allá va "Planets" que recuerda a grabaciones de los años 60, donde se podía unir un arreglo de cuerda magnífico con un solo de Mogg sin avergonzarse. Las variadad que dan los tres compositores del grupo es uno de los puntos fuertes de Teenage Fanclub, Love suele escribir deliciosas canciones de pop como "Speed Of Light" (uuh uuh uuh, lo cantarás, ya lo creo que sí) o "Take The long Way Round". McGingley colabora con con gemas como "It's a Bad World" y sus acordes que hacen clic en tu cerebro y Blake profundiza en sus influencias hasta extraer la melodía que te hubiera gustado escribir si el talento y haber nacido en una ciudad que en la que no llueve por capricho no fueran un inconveniente. El estribillo de "Winter", por ejemplo ("There are worlds we can find, a hidden place is in our mind") debe liberar endorfinas en la mente. Y lo bueno es que, a veces, los tres se intercambian personalidades y pueden sorprender, como en la estimable "Mount Everest" de Love, con ecos al Neil Young más introspectivo o la propia cima de Raymond McGingley, la fabulosa "Your Love is The place where I came From", canción de amor que no recurre a trillado 'te quiero', sino a una melodía simplemente perfecta que dice más que cualquier palabra, acompañada de Hammond, grandes armonías de Norman Blake y un piano en el sitio adecuado. Para algunos esta canción puede ser como un capítulo de los Osos Amorosos, pero sin dibujos en la tripa, pero otros puede ser tan gratificante como cuando resuelves un jeroglífico sin mirar de refilón la solución, el autobús llega a su hora en un día de lluvia o cuando una chica no te da un número de teléfono falso en una noche loca. En realidad estoy dando rodeos para describir algo que alguien ha hecho antes (y mucho mejor que yo). Así que me adhiero humildemente a lo que opina Nick Hornby sobre este disco: "Si ya tienes "Rubber Soul", "Songs From The Northern Britain" es el mejor alimento para el alma que puedes comprar" (adaptación libre de la frase de 31 canciones). ¿No es suficiente?







Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verleín

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miércoles, 30 de abril de 2008

¿Como estará ahora la silicona de Paloma?


Emilio Aragón - Te Huelen Los Pies (1990)

Quién más y quién menos se ha encontrado en la ducha tarareando una canción y ha exclamado (no por presencia de maromo que tira la pastillita de jabón): “¡joder!, ¿estoy cantando una canción de las Ketchup?”, es en ese momento en el que empiezas a restregar con fuerza y a entonar una canción de AC/DC o grupo de marcado paquetillo para no parecer un gallifante, pero en el fondo del champú sabes que en ese momento eres un gilí y que si fantaseabas con la posibilidad de que Scarlett Johansson entrará a secarte la has perdido porque te ha visto por una rendija bailando el aserejé. Al igual que en el caso de la ducha feliz, ¿quién no ha visto un pinrrel al viento de un amiguete, y ha empezado a entonar: “escucha bien lo que te digo, amigo te huelen los pies” con la voz de Emilio Aragón en la cabeza?

No hace demasiado tiempo, el secretario de parranda (está vez haciendo honor a su cargo) Tomás Verleín y aquí escribiente, paseábamos a la sombra por discos La Metralleta (conocida tienda madrileña por su ingente cantidad de vinilos, casetes y no apta para dedos con alergia al polvo). En uno de esos momentos en los que giras la cabeza para estornudar consigues divisar un disco de Juan Pardo, ese instante ya de por sí impagable viene acompañado de otro aún mejor, justo al lado está el vinilo original (que no ha sido reeditado) de “te huelen los pies”, disco debut de Emilio Aragón y los Spiders From Mars, todo por un euro, ¿un euro?, si hubiera pagado por lo menos dos por él.


Conozco a dos personas en el mundo que se atan así las zapatillas, y una está en la carcel


Para quién no recuerde Telecinco por aquella época, diremos que Emilio Aragón aparecía más que un concursante de OT en el canal 24 horas, ya sea en el Vip Noche, Vip Guay, Vip Tarde y cualquier variante Vip que se te ocurra. Había que aprovechar la promoción que le daba Telecinco para iniciar una carrera rockanrolera, ya que el tema económico estaba chungo y aún no era posible invertir en Terra. Además, como el canal estaba empezando, su paciencia para mantener en nómina a sus empleados era infinitamente mayor que ahora, es decir, un presentador con un cinco por ciento de audiencia no era puesto en la calle en dos semanas, sino en tres.

La portada muestra a Emilio Aragón demostrando que es fan como poco de (horror) Dire Straits, y que a él le va el Rock bueno. De su expresión forzada sale el título del disco de forma sinuosa simulando que lo que huele es su aliento. La contraportada muestra a Emilio atándose los cordones de unas Converse trajanas compradas en el mercadillo, luciendo calcetines blancos y un peluco muy aparente. Como no podía ser de otra forma el disco se abre con “Te huelen los pies” un buen tema de corte épico y sección de viento pero con una sobreproducción alarmante. El segundo tema es “Cubatita de Ron”, de clara apología a la resaca (la COPE vetaría el disco), y que me ha hecho pensar que mientras merendaba y veía a Rita Irasema este se ponía hasta arriba de cubalibres. “María” es una baladita de cuidado, con un solo de guitarra bien avisado por Emilio diciendo “soloooo ou yeah”. “Cuidado con Paloma” es su otro gran éxito, sobre todo por meter con calzador un nombre que rime con “dí”, quedando nuestra frase favorita de la siguiente manera: “¡Ay…Dr. Pitangui! Que milagros han hecho los millones que te di”. La cara A se cierra con “Ui se mua´” pero no entendemos el francés.


Detalle al estilo 1990: reloj aparente, zapatillas de imitación y calcetines blancos

Al comienzo de la cara B nos encontramos con “Yo tengo una bolita”, canción lisérgica con mensaje satánico incluido “me he tragado una aceituna y la tengo aquí, entre el hueso de la nuez y la nariz”. Le sigue mi favorita, “hey Mr. Waiter”, que cuenta las andanzas de Emilio por Londres intentando alimentarse; como no es posible por la barrera idiomática, la canción acaba con una moraleja merecida “prefiero una tortilla con un vino del país” demostrando que Londres exporta buenos grupos de música pero que se come peor que siguiendo una dieta de productos Hacendado. “Na na na” es la canción que posteriormente plagiarían los Kaiser Chiefs añadiendo un par de “nas”. “422 de Berlín” muestra una facilidad pasmosa para componer estribillos chorra, y el disco se cierra con “Donde estabas tú”, canción de cuarteto vocal que bien recuerda a los solfamidas.

Para despedirme lo hago con una rima forzada al más puro estilo Aragón. No dejen de leer a los payasos de garajeland, que no cuesta na de ná. Y si no quédense con un lema: “siempre nos quedará Rita Irasema”.

Falta un detalle para una orgía completa: a la Juani y al señor Manolo disfrazados de Mama Chicho
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lunes, 28 de abril de 2008

Caldo de cultivo del R&B londinense


Cyril Davies y Alexis Korner

Si nos metiéramos en una máquina del tiempo (aunque sea inventada por un guionista de Art Attack) y nos trasladamos a Inglaterra a comienzo de los años cincuenta quizás encontremos un panorama social y económico algo oscuro. La guerra no hacía mucho que había terminado y la sociedad británica está tocada, Leonardo Dantés aún no había inventado el baile del pañuelo y visto el panorama algunos tienen una vía de escape, montar bandas de música y darle al skiffle o escuchar vinilos que llegan con cuentagotas de tierras americanas. Muchos de estos jóvenes se fijan en el blues e imitan a los bluesman del delta del Missisippi. Toda esta gente que empieza a escucharse es del montón, ahí suenan Skip James, Robert Johnson o Charlie Patton primero, y luego John Lee Hoker, Willie Dixon, Howlin´ Wolf o Muddy Waters. En 1958 ocurre el primer milagro para los ingleses amantes del Blues, Muddy Waters atraca puerto en Londres y difunde una nueva religión sónica, el blues duro y electrificado que se destilaba en Chicago. Entre el público que hay en los conciertos se encuentran Cyril Davies y Alexis Korner, amantes del sonido americano y que tenían su propia banda de Skiffle, animados por esta nueva propuesta se animan a reconducir sus caminos sonoros y convertirse en poco tiempo en canalizadores de las bandas de Rithm & Blues que surgirían en Londres a principios de los sesenta.

Alexis Korner nace en Paris y su vida discurre por Francia, Austria o el norte de África antes de su llegada a Londres en pleno estallido de la segunda guerra mundial, en 1940. Cuenta la historia que empezó a escuchar blues en pequeñas radios mientras los alemanes bombardeaban Londres. Su pasión por el blues comienza con Jimmy Yancey y tocando la guitarra acústica para pasarse posteriormente al enchufe.

Alexis Korner esforzándose por ser una influencia

Cyril Davies es genuinamente inglés, nace en la localidad de Denham, Buckinghamshire, cerca de Londres. Su primera incursión en el mundo musical la hace por los años cincuenta en la Steve Lane's Southern Stompers como armoniquista y cantante. Para no ser menos y no quedarse en un grupo blusero también anda tocando en otras bandas de skiffle utilizando botellas de anís del mono, banjo o peines reciclados de un Marco Aldany.


No han tocado en tu comunión, son los R&B All Stars


El nexo de unión para estos dos músicos se llama Chris Barber, el señor que se encargó de llamar a Muddy Waters para la gira inglesa, no está claro si por teléfono o paloma mensajera. Barber tiene una banda de jazz, pero que cuenta con alguna versión Blues en su repertorio, es aquí donde cruzan caminos por primera vez Cirilio y Alexis. En 1954 deciden tocar como dúo y en 1957 consiguen grabar su primer disco, un año más tarde se produce la comentada aparición de Muddy Waters y hace que la banda de Korner y Davies se electrifique. El siguiente paso histórico ocurre en 1962, Korner y Davies que ya habían bebido cerveza por la mayoría de clubes londinenses donde les dejan tocar montan su propio local, el Ealing Club. Para subirse a sus tablas reclutan a unos cuantos músicos que harían de banda base, en esta primera formación estarían el bajista Jack Bruce, el saxofonista Dick Heckstall-Smith, y un joven batería al que rápidamente se le quedaría el pelo blanco llamado Charlie Watts. Esta formación eléctrica se matricularía con el nombre de Blues Incorporated.


A Jack el destripador le daba miedo pasar por el Ealing Club

El nuevo grupo comienza a tener éxito, ya se habla de ellos por toda la ciudad y una vez más la Decca se cruza por el camino, el productor discográfico Jack Good toma nota y les propone grabar una álbum en directo. El concierto se grabaría en el Marquee Club y en el mismo año, 1962, se publicaría el disco bajo el nombre de “Rhythm And Blues From The Marquee”, disco en el que se pueden escuchar temas compuestos por la banda y versiones del siempre recurrente Willie Dixon.

Como toda buena historia musical no es completa sin un buen berrinche, poco después de la grabación de “R&B From de Marquee”, Cyril Davies abandona la banda por desavenencias con Alexis Korner y sus satánicas intenciones de incluir secciones de viento al grupo. Debido a esta fragmentación y al gran número de bicharracos que pasaron por él, empiezan a surgir nuevas bandas como espárragos trigueros en Abril, ahí quedan Cyril Davies And His R&B All Stars o la Graham Bond Organization.



Esta revolución que inspirarían Davies y Korner atrajo en el Ealing Club a muchos músicos jóvenes tomando apuntes y subiendo a tocar de vez en cuando algún clásico del blues. El mérito de estos dos amiguetes fue atraer al mundo musical a todos los imberbes que se encontraban entre el público y que estaban a punto de prender la pólvora cual invento de marca ACME, cabe destacar que cerca del escenario se encontrarían los Pretty Things, Steve Marriot (luego Small Face), Jeff Beck, Rod Stewart, Eric Clapton, Jimmy Page o los Rolling Stones; pero la historia de todos estos ya la sabes ¿no?

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domingo, 20 de abril de 2008

Verdades como puños, mentiras como pianos ( II )


1.
¿Es verdad que Prince aprendió a tocar la batería con un fajo de periódicos?


Nuestro veredicto: Parece completamente cierto, al menos eso es lo que dice el baterista John Blackwell Jr., quien en estos últimos años ha estado detrás de los parches en los últimos discos y giras del pequeño genio de Minneapolis. Es bien sabido que 'el ahora llamado Prince, pero hace un tiempo no, pero luego sí' aprendió a tocar piano, bajo, guitarra y batería antes de los 13 años y de manera autodidacta. Se dice que es capaz de sacar notas a 30 instrumentos, un número inalcanzable para cualquier ser humano a no ser que el matasuegras y el casiotone cuenten en esa lista. Por lo que contaba Blackwell, Prince no podía comprarse una batería completa (ni incompleta), así que su ingenio se puso a funcionar, apiló un montón de periódicos para simular la caja, los timbales y el bombo respectivamente. Seguramente si cualquiera de nosotros utilizáramos este sistema, lo más que conseguiríamos sería aporrear sin compasión unos cuantos ejemplares de El País, La Razón o El Mundo (a gusto de consumidor), pero Prince aprendió, aprendió lo suyo y lo de otros. Incluso John Blackwell confiesa que tiene problemas para reproducir fielmente algunos ritmos que hace Prince.

Porcentaje de certeza: muy alto. No es muy común entre los músicos decir que hay alguien mejor que uno mismo. Ahora bien, como para aprender la batería sólo es necesario unos cuantos periódicos (se recomiendan las ediciones dominicales y, especialmente, las hojas color salmón), lo mismo para tocar el bajo hay que probar con las cuerdas para tender y lo de la raqueta como sustituto pobre de la guitarra no parece tan peregrino. La imaginación al poder, amigos...


2. ¿Es cierto que Jimi Hendrix se declaró homosexual para librarse del ejército americano?

Nuestro veredicto: difuso, difuso. Es muy difícil asegurar con la mano en el pecho y la mirada fija en el cielo (a imagen y semejanza de nuestro bravos jugadores de la selección española de fútbol que caerán en cuartos como ocurre tradicionalmente) que Jimi se plantó ante los gerifaltes del ejército americano y les comentó que tenía fantasías sexuales con sus compañeros. La historia (no oficial) es la siguiente: durante un tiempo, la bestia parda zurda (Ford Farlaine dixit) estuvo enrolado con el Tío Sam, concretamente en la mítica 101ª División Aerotransportada, famosa por sus acciones en la II Guerra Mundial y que quedó inmortalizada en la serie de televisión 'Hermanos de Sangre'. Jimi debía estar harto de 'súbete al avioncito, tírate en paracaídas y vuelta a empezar'. La versión oficial siempre fue que se lesionó en el tobillo durante unas maniobras y abandonó el servicio activo, pero una biografía no autorizada ha destapado otra posible razón y no era otra que una posible reunión de Jimi con sus superiores en la que les informó de que se había enamorado de un compañero y, ahí no quedaba la cosa, que no dejaba de tener fantasías sexuales con él y de masturbarse. El ejército americano decidió sacarle del cuartel (donde había entrado para evitar la cárcel después de algunos robos de coches en su Seattle natal). El caso es que, en 1962 y de una u otra manera, Jimi abandonó el traje caqui y el mundo musical ganó un mito. Viva Honduras!

Porcentaje de certeza: este tipo de historias entra en la categoría de 'a saber'. Realmente a Jimi Hendrix nunca se le habían descubierto rumores sobre su homosexualidad, por otra parte muy habitual en muchas de las estrellas de rock de la época (no miramos a nadie... Mick Jagger), pero ya se sabe, nunca se puede decir "de este agua no beberé ni este cura no es mi padre".


3. ¿Tiene la culpa Paul McCartney de que los Ramones se llamen así?

Paul McCartney"¿Está el señor Ramone? Que se ponga"

Nuestro veredicto: Todo el mundo sabe que, en lo que rodea a los Beatles, la culpa siempre la tuvo Yoko Ono y, en su defecto, Sir Paul. Así que hay poco que comentar al respecto. Si nos ponemos tiquismiquis, diremos que la anécdota es cierta y no deja de ser un dato curioso. Los hechos son lo siguientes: Paul solía registrarse en los hoteles como Paul Ramone, primero como broma y, cuando la 'Beatlemania' provocaba la locura, como una forma de ocultase de los fans a la hora de de reservar una habitación. Dee Dee Ramone (gran seguidor de los de Liverpool) sugirió el apellido como nombre (si este galimatías no te da dolor de cabeza te damos la enhorabuena) del grupo fundacional del punk. El caso es que el nombre tiene gancho (no hubiera sido lo mismo Paul Pérez, ¿Los Pérez? Parece el título de una teleserie española) y fue un acierto.

Porcentaje de Certeza: es historia pura y dura. Es como cuando te preguntaban en clase qué pueblo había sido pionero en cualquier cosa: la respuesta era siempre 'los fenicios' y en su defecto los griegos (esta va por ti, Luisín). Tú sabías que tu respuesta era correcta un 99% de las veces, así que fíate en esto de Garajeland.

Ramones SimpsonEsto para los que pensaban que no podíamos colar una referencia a los Simpson en cada entrada


Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verleín
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viernes, 18 de abril de 2008

El secreto está a buen recaudo



Built To Spill - Keep It Like A Secret (1999)


Es bien sabido que el mundo musical se ha nutrido de personajes extravagantes y de gente a la que un abusón se le comía el bocadillo del recreo. Sobre todo, esto lo saben bien en Estados Unidos, pregúntenle sino a Black Francis (el gordito de la clase que después se convertiría en líder Pixie) o a cualquiera que toque en Arcade Fire. Efectivamente estos raros elementos capaces de ver entero el programa de Saber Vivir, son capaces de convertirse a la larga en genios musicales, o a veces pueden incluso empeorar, ahí están los extraordinarios casos de Cañita Brava, El Arlequín o Pereza. Pues si cada humanoide ha conocido a alguien así, en la ciudad de Boise, pequeña capital del estado de Idaho deberían estar orgullos de Doug Martsch, el lider de los Built to Spill, que lejos de convertirse en dibujante de los extintos fruitis decidió montar una banda musical en 1992. La idea inicial de Martsch siempre fue la de rotar cual Vicente del Bosque a los músicos que grabarían con él y casi lo ha ido cumpliendo en cada disco.


Doug Martsch es el más normal de los cuatro, el de barba y gorrito.


Prototípicamente conocida por estar en el diccionario como definición de banda indie, sus dos primeros álbumes, “Ultimate Alternative Wavers” y “There´s Nothing Wrong With Love”, se gestaron en los sellos C/Z y Up, cuando el grupo ya estaba pensando en ser ministros de igualdad por el escaso éxito inicial, se convierten en un fichaje de los Warner Brothers a tenor de su actuación en el Lollapalooza de 1995 , y no sólo alegró a sus familiares este contrato, sino que además consiguieron con acierto que el control creativo de toda su música recayera en el bueno de Doug. Su debut en Warner lo harían con un disco estupendo, “Perfect From Now On”, de gran éxito de crítica aunque menos accesible para iniciarse con esta banda que su siguiente trabajo, “Keep It Like A Secret”.


Posad como si fuerais Alejandro Agag que tenéis contrato con Warner

Es posible que el título del disco de una pista del carácter minoritario de su música, pero escuchando la gran mayoría de sus canciones es difícil pensar que ningún colectivo modernillo lo venere cual jersey de rayas de los Franz Ferdinand. El disco se inicia con “The Plan”, una canción estructurada en las ácidas y potentes guitarras y el gancho vocal de la voz de Martsch y su timbre a lo Neil Young. Si el comienzo no te convence espera a escuchar “Carry the Zero”, no valen excusas, su ritmo se te pegará desde la primera escucha. El disco mantiene toda la dulzura y la melodía pop con bases guitarreras en cortes como “Center Of The Universe”, ”Sidewalk” o ”Bad Light”. Otros cortes más divertidos y experimentales como “Time Trap” o “Temporarily Blind” permiten comprobar que gastaron bien la pasta de los de Warner en la producción y sin dejar a un lado el sonido rasposo, algo así como lo que ya hicieron los Pavement algunos años antes en “Crooked Rain, Crooked Rain”.



Si después de escuchar el disco uno piensa que Martsch no es capaz de salir del tono etiquetado casi-para-todo de Indie-Rock-Alternativo o eres de los que descatalogan cosas con comentarios del tipo “suena Indie pero no es para nada hiperbólico y onomatopéyicamente ecléctico” consigue su último disco, "You In Reverse", y comprobarás que el talento para componer de Doug Martsch es aún más largo que la frase anterior.

Tocando Carry the Zero en plena calle, dirán que no es para dejarle, por ejemplo, un descuento en recambio de amortiguadores

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domingo, 6 de abril de 2008

Blues con estilo propio




Taj Mahal - Taj Mahal (1967)


Taj Mahal (Henry St. Clair Fredericks, 17 de mayo de 1942), ha sido y será una 'rara avis' en el mundo musical. Si hay algunas pautas comunes en los grandes bluesmen de los 60: llevar bastante tiempo dedicados a la música, pasados tristes y llenos de sufrimiento, haber electrificado los blues rurales o ser los ídolos de los grupos de la 'invasión inglesa', Taj era poco o nada fiel a estas características. Representa el triunfo de la heterodoxia: vivió una infancia más o menos feliz -hijo de un pianista de jazz y una maestra con gusto por el gospel- se trasladó a Springfield (Masachussets, Nota, juro que no es una mención a los Simpson) donde se concentraba en trapichear con los cromos de pokemon, aunque este dato no está muy contrastado. Como el niño mostraba actitudes, papá Mahal comenzó a enseñarle a tocar el piano, parece ser que cogió carrerilla, porque después del piano vino la armónica, el trombón, el clarinete, la guitarra... así hasta 20 instrumentos (en los que claramente se incluirían la zanfoina y la botalla de anís del mono, porque tantos instrumentos no puede haber). Las enseñanzas musicales de Taj, junto con la cantidad de música que llegaba a su casa (Springfield recibía inmigrantes de todos los lugares: Caribe, Europa, África) conformaron la visión musical de nuestro protagonista. Ese conglomerado de influciencias terminaron de salir a la luz en la Universidad de Massachusetts, donde Taj Mahal se ganó su mote gracias a su 1.95 de estatura y una reputación de inquieto: entre 1960 y 1964 llegó a tocar o compartir escenario con Howlin' Wolf, Muddy Waters, Junior Wells, Buddy Guy, Otis Redding o The Temptations. Todos de segunda, vamos. Tras eso, a los 26 años se dijo a sí mismo: "vamos a grabar unas coplas para tener algo que contar a los nietos" y de ahí llegamos a este disco:



Este es el resultado que te da Google cuando pones "bluesman negro que sacó un disco en 1967 y llevaba sombrero"... malditos buscadores

8 canciones, menos de 34 minutos y todo una lección acelerada de blues. 'Leaving truck' es la primera canción, y ya de por sí, una seña de identidad. Está por descubrir una canción de blues que te haga sentir mejor en mal día: te da fuerzas para enfrentarte incluso a un trámite burocrático en cualquier oficina de la Seguridad Social: "Tiene usted el formulario tal y cual". Por supuesto, no lo tienes, tendrás que volver otro día, pero lo harás como un señor porque te has levantado escuchando esta canción. Para crear un sonido tan compacto, Taj contaba con un grupo extraordinario, entre ellos Jesse Ed Davis - cuya guitarra se puede oír en discos de John Lennon o John Lee Hooker, versatil que es este señor- o Ry Cooder, excelso guitarrista, uno de los mejores 'slides' al oeste del pecos y que ahora es más conocido por su labor en el Buenavista Social Club (aunque, excepto con el Consorcio, ha participado en las más variopinta colección de discos, por ejemplo en el Let it Bleed de los Stones). Ellos y la voz de Taj como base rítmica adicional (en el disco, el ritmo lo marca Taj, que para eso aparece su nombre en la portada) configuran la tónica de todas las canciones: son viejos blues, pero suenan a nuevos; así 'Staesboro Blues' es desgarrada y precisa, con una puñalada al corazón, mientras que 'Checkin' up on my baby' (un viejo blues de Robert Johnson) mezcla pianos de boogie-boogie sobre una base de guitarra lo que hace revivir una canción compuesta en 1926. En 'Everybody's Got to Change Sometime', la voz de Taj cambia, mostrando otra textura, más cálida y lánguida que contrasta con el incendio que provocan los solos de armónica. 'Ez Rider' se acerca al pop y al soul con un riff de guitarra que anticipa el 'Get Back' de Los Beatles, 'Diving Duck Blues' se nutre otra vez del viejo blues añadiendo un pulso rockero; en cierta medida Taj marcó el camino para Cream, con la diferencia de que él utilizaba sombrero vaquero y llevaba un peinado de alguien en el que puedes confiar y a Clapton (por aquel entonces) le iba más la psicodelia y calzaba un pelazo afro que ni Rob Tyner, cantante de MC5. El disco termina con una maravilla de más de 8 minutos, 'The Celebrated Walkin' Blues', donde el peso de la canción recae en la voz de Taj, que canta y aporta color con su armónica sobre una etérea mandolina de Ry Cooder.



Esto es otra cosa...


El debut de Taj Mahal tiene la extraña virtud de ser iconoclasta, rompedor y revolucionario, pero al mismo tiempo (en una paradoja más extraña que el acento de Eduard Punset), es tradicionalista, respetuoso y doblemente revolucionario. Taj Consiguió lo que todos los grupos sueñan en su primer disco: tomar todas sus influencias, hacerlas suyas y crear nuevas versiones dejando su impronta; dejó de ser un seguidor de la vieja escuela, para construir la suya propia. En 1967, las críticas sobre la 'fusión que asomaba en sus disco fueron duras, a Taj no le importó porque se convirtió en la referencia, el espejo en quien mirarse si a uno le daba por armarse con la guitarra, una armónica y mucha actitud y cantarse un I can't be satisfied en pleno metro ante la atenta mirada de dos señores (uno bajito), un guiri que busca la estación de la "sibeles" y el guardia de seguridad, que te sacará de allí en cuanto termines. Eso nunca le paso a Taj Mahal, pero él es grande. Enorme.

Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verleín

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miércoles, 2 de abril de 2008

Los McDonald golpean primero

Redd Kross - Neurotica (1987)

La gente que nos agolpábamos cerca del escenario en uno de sus últimos conciertos no parábamos de oír “los Redd Kross nunca fallan”, pues no es que sean Jordan en el 96, pero en más de veinte años de carrera pocos tiros se les han ido fuera a los de la cruz roja. En garajeland teníamos abierta una guerra para ver que disco comentábamos antes, definitivamente apostamos por “Neurotica”.


Publicado en 1987 y tras participar años atrás en la banda sonora de “Desperate Teenage Lovedolls” el disco ofrece una muestra del talento compositivo de los eruditos hermanos McDonald, Jeff y Steve, nacidos en el barrio angelino de Hawthorne, el mismo que vio crecer a los Beach Boys. A las dos cabezas pensantes se les uniría para la ocasión el guitarrista Robert Hecker, de virtuosos dedos y melenudo por aquellos años (ahora co-protagoniza anuncios de cuchillas de afeitar); después de la grabación de “Third Eye”, el bueno de Hecker dejó la banda tras pronunciar una frase cáustica, al terminar un concierto dijo llorando “tengo que ser New Wave”, esto hizo que los McDonald pensaran que Roberto es de esa clase de gente que puede escuchar un disco de Juan Pardo al derecho y al revés, como para no dejarle ir. Completando el grupo se sumaría el batería Roy McDonald, sin parentesco ninguno pero que permitió al grupo obtener descuentos en el Happy Meal.



No estéis tristes que luego os hacemos la foto con los muñecos de colores


Después de una pausa de tres años sin grabaciones se meten al estudio al amparo del sello Big Time e inspirados por los cereales del desayuno y los dibujos animados de los sábados por la mañana, el resultado: una colección de canciones de melodías pop mezcladas con hard-rock que inspirarían y abrirían camino a bandas de más éxito como los Pixies o las grungeras Nirvana y Mudhoney.


El disco se abre con la estupenda pieza homónima “Neurotica” de inspiración Beatle, y sigue con piezas magistrales como el hit “Peach Kelly Pop”; la declaración de intenciones de los Redd Kross “Play my Song” y su sarcástico final de estribillo "No metal sluts or punk rock ruts for me, oh noooooooo"; “McKenzie”, “What They Say” o el ritmo pegadizo de “Love Is You”, compuesta y cantada por Hecker; así hasta completar las doce canciones del disco sin síntomas de flaqueza.

Ni del Barça ni del Madrid, Jeff portando una camiseta de los Teenage Fanclub

¿En lo que a ventas se refiere? Que más da, siempre se han movido como nadie entre el culto, sus numerosos trabajos paralelos y el aprecio que tienen entre un buen número de bandas e incondicionales como Thurston Moore de los Sonic Youth o el cincuenta porciento de los Posies, Jon Auer, que remezcló algunas canciones de este disco dotándolas de una capa de pintura de Seattle. Da igual que vendan menos politonos y gilitonos que cualquiera que cante sobre una camisa negra, escuchar “Frosted Flake” o “Janus, Jeanie, and George Harrison” no tiene precio. Un grupo de los grandes.



Para más información sobre los Redd Kross, no duden en visitar la página de Johnny Lebrel y su equipo de patilludos, ya sentaron cátedra hace tiempo en lo referente a la banda californiana.

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