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lunes, 14 de marzo de 2011

Fábula musical e inverosímil

Bono y los pies de A. Lincoln

Bono andaba meditabundo. ¿Habría perdido su encanto personal? ¿Sería el momento de hacerse mayor y dejar de ponerse la ropa de sus hijos? Le asaltaban serias dudas sobre un buen puñado de cuestiones, incluido si es mejor poner en la cocina una placa eléctrica o una de gas. Hasta el calvo con gorro de su grupo le había perdido el respeto organizando un evento benéfico sin avisarle. Eran momentos duros de verdad para él.

Necesitaba despejar la cabeza, una respuesta trascendental a sus problemas. Y qué mejor que tomar una Beamish con unas croquetas en ese bar, sito en calle estrecha y de fuerte pendiente donde entras oliendo a fritanga y sales apestando a Febreze. Caminando hacia el mismo, con la cabeza gacha topó con unos pies, miró hacia arriba para comprobar la identidad del sujeto y comprobó que sólo eran unos pies. Pero eran los pies de A. Lincoln.

Los pies de A. Lincoln parecían serios, Bono le dio las buenas tardes para romper el hielo. “¿No le sorprende estar hablando con unos pies?” espetó el calzado de A. Lincoln. “Impone un poco el hablar con dos. Una vez hablé con un pie de Enrique VIII. Pero no es lo mismo”. El semblante serio del cordón izquierdo de A. Lincoln se tornó en una furiosa expresión de desaprobación. “¿Y usted cree que un personaje semejante hubiera sido capaz de liberar a los esclavos mediante una proclamación de Emancipación?”. “No, pero le pintaron unos cuadros muy bonitos. A lienzo grande y todo” respondió Bono no sin incredulidad.

A. Lincoln seguía algo tosco con Bono: “Ustedes los jóvenes se piensan que lo de Gettysburg fue cuestión de dos minutos”. Bono empezaba a cansarse de la fangosa conversación con A. Lincoln y así se lo hizo saber: “Verá, no creo que pueda darme un consejo ante mi estado de aflicción, yo soy muy de la Iglesia Católica y del Logroñés, y usted es muy controvertido con esos temas, muy sputnik”. “Bien” le espetó A. Lincoln “Le ofreceré las palabras que merece: Tiene que mentalizarse, ese cuerpo, tener carisma, quererte tu mismo a quererte tu mucho, quererte al que tienes a tu lado, y todo sale de verdad de deporte”. “Creo que voy a tomarme las croquetas” sentenció Bono.
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jueves, 26 de noviembre de 2009

Fábula musical e inverosímil

Heroína de protección oficial


Bajo una espesa neblina oceánica, P. Hernando “El Pocero” giraba la cabeza en clotoides y veía un cochambroso barco atestado de, en su opinión, cochambrosos irlandeses cubiertos de pulgas y con zapatillas de Los Guerrilleros. No muy lejos veía la ciudad de su destino, había una señora de cuarenta y cinco metros de altura y doscientas toneladas de peso que con mirada perdida le deseaba suerte. P. Hernando captó el mensaje (no sin esfuerzo) y puso mirada de pensar, pero al ponerse a ello se dio cuenta de que necesitaba comer algo. Cogió un taxi, cuyo conductor tenía un franco parecido a los de su país: se sentaba sobre una funda de bolas y su tez era tan morena como su amigo “el Grifa” cuando regresa en Agosto del Alberche, más negro que el sobaco de un grillo.

Consiguió localizar un restaurante típico de la zona: una marisquería; y sentado (no sin dificultad) en su interior miraba el menú sin ver nada que le convenciera, hasta que un señor muy amable con pinta de invertido le dijo: “¿Es usted Sputnik?”. “Pues sí” respondió P. Hernando, y continuó “Es que esta comida parece del ACNUR comparada con la que doy yo cuando inauguro una metrópolis, no vea usted que medias noches y gambas peladas que sirve mi señora”. El misterioso amigo le observó y atisbó algo de pop-art en sus ojos, así que decidió presentarse: “Me llamo Andy W. si lo desea puede venir a mi taller de manualidades, en donde estaré encantado de servirle un chorizo amorcillado en condiciones”.

P. Hernando se animó ante la fluida conversación que mantenía con Andy W. y mostró sus impresiones de la ciudad: “Me gusta, pero hay solares para hacer un millón más de viviendas de buenas calidades, sin bombonas de garambutano y con moqueta de la buena”. Una vez en el interior del centro de manualidades P. Hernando presenció un ambiente lúgubre pero con retratos de colores repetidos por toda la estancia. Andy W. buscó un tema de conversación ante la evidente incomodidad de P. Hernando: “Esto está lleno de chatis”. “Sí, sí, ya veo, aunque aquí donde me tiene, y con mis dos metros de ancho traseril, no vea usted de las que me rodeo yo en un barco que me he comprado. Me las presentó Berlusc...”. Un nuevo personaje paralizó el discurso de P. Hernando, se llamaba Lou R. y su aspecto daba un miedo que acojonaba. “¿A qué se dedica usted joven?” preguntó P. Hernando con voz temblorosa. “Normalmente escribo canciones en una banda. El grupo es malo, las portadas también, en cambio yo soy un genio sin inspiración”. “Lo que usted parece es uno de esos que se pinchan con la heroína, un drogaíno, vamos. Debería dejar los productos químicos y hacer como yo cuando necesito inspiración: me tomo tres gelocatiles, pimientos del padrón de los que pican, un yogur de los que anuncia José Coronado y ya no sé adonde voy. Te aseguro que las cosas son muy distintas, te crees el hijo de Jesucristo y que ya no sabes nada”.
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sábado, 18 de abril de 2009

Fábula musical e inverosímil

Héroes

David B. se acostó por la mañana, pero su ojo verde ya estaba entreabierto, sus días en Las Pedroñeras habían llegado a su fin y ahora estaba en Berlín compartiendo batidos de leches de soja con su gran amigo Iggy P. igualmente adicto a los agujeros de filipinos blancos. Era hora de bajar al estudio y grabar algo de prog-rock-experimental-art-pop.

El estudio de grabación le aguardaba una sorpresa: Brian E. le esperaba con un peluquín de R. Stewart y con cara más seria que de costumbre. “David B., te tengo que dar una noticia sensacionalista: Iggy P. ha dejado una nota en la que dice que se bajaba a los ultramarinos a desayunar unos churros con el tío Camuñas. Últimamente está muy cáustico, yo que tú bajaba a buscarle”. David B. miró transpuesto a Brian E. y contestó: “Lo cierto es que me fastidia bajar a buscarle Brian E. en la calle hace un frío y una ventolera que peina a raya”. Sin más remedio David B. agarró su astracán y se bajó a las frías calles Berlinesas.

Al empezar su búsqueda se paró frente a una tapia muy larga en la que una pareja charlaba mientras escondían una cerveza en el abrigo. “Hola chicos, soy David B. ¿por qué estáis aquí escondidos? En mis tiempos de joven uno podía estar con una chica en la calle tomando una cerveza sin que nadie le detuviera”. El chico (que parecía más despierto) le comentó: “¿Sabe lo que pasa señor?, su padre es guardia civil jubilado y es por el único sitio por el que no pasea en bici. No le gusta que su hija ande con un ingeniero en Topografía, usted ya me entiende.”. “¡Y tanto!” le refutó David B., “Pero si no queréis pasar frío a la sombra de estos tres metros setenta y cinco centímetros de altura podéis subiros conmigo al estudio, he dejado a Brian E. haciendo ruiditos con unas máquinas pero no os molestará”. “Perdone señor David B., aceptamos la invitación, pero si me dice usted que está grabando con Brian E. y sus máquinas a estas alturas del año en Berlín es que es usted un auténtico Héroe”.
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viernes, 23 de enero de 2009

Fábula musical e inverosímil

El Sargento Pimientas


Inusualmente llovía en Londres, era uno de esos días donde a uno le apetece pasar la tarde en El Corte Inglés. P. McCartney salía de sus clases de guitarra con un buen barullo de ideas en la cabeza. Se encendió un cigarrillo y se dispuso a pasar por aquel paso de cebra que no tenía semáforo, cuando una alarmante visión llamó su atención debido a que era Halloween. Un hombre iba disfrazado con chaquetas militares de colores y calzaba un bigote a la antigua usanza. Se paró delante de P.McCatney y le dijo: “Yo te conozco, tocabas en Los Pekenikes”, pero P. McCartney le tuvo que corregir: “No, no, yo soy P. McCartney”, aquel señor esperó un segundo y le dijo: “Tome usted esta entrada, dos tercios a siete euros”.

Cuando llegó a casa llamó a sus amigos del grupo para bajar a ver Informe Semanal, pero todos habían salido a comprar al Economato. Ese fue su toque de atención para examinar la tarjeta que le entregó el misterioso personaje. En ella se podía leer: “Rock hasta las seis, dos tercios a siete euros” y una foto de Tony Genil. Ante la falta de un plan mejor, se convenció para visitar aquel misterioso lugar.

Tardó un buen rato en encontrar el local, la tarjeta no tenía dirección y tuvo que ir preguntando por la calle cómo llegar hasta allí. En el interior sonaba el Pet Sounds y unos hippies hacían sonar instrumentos indios. P. McCartney observó el acontecimiento y no dudó en preguntar al primero que pasaba por su lado si ese grupo se llamaban como un utensilio de chocolate. “Creo que no señor, tienen nombre de despertador o de fresas. Y son psicotrópicos”. “¿Sabe usted una cosa encargado? Espetó P. McCartney, “Ahora mismo he tenido una idea para un disco y pienso disfrazarme para la portada”.
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lunes, 17 de noviembre de 2008

Fábula musical e inverosímil

La Puerta de Alcalá

El personaje principal podría ser un alborotador, para no desvelar su nombre diremos que se llamaba Victor M., no, no. Mejor V. Manuel. Vivía en una fértil tierra de color verde llamada Asturias, donde el buen comer estaba a la orden del día. Paralelamente, y en una de las esquinas de Estados Unidos vivía X. Stringfellow, que poco a poco se convertiría en el personaje principal de esta historia.

V. Manuel se trasladó una tarde hacía Madrid en búsqueda de unos visillos, X. Stringfellow se encontraba allí e intentaba llegar pronto a un concierto. De repente X. Stringfellow pensó para sus adentros: “Necesito tomar un cerveza en Casa Paco”, y así fue. Cuando llegó allí le ofrecieron unas delicias asturianas de las que se quedó prendado, como las fabes con chorizo. Un camarero muy majo le dijo: “Ahora mismo en este bar hay un cantante asturiano”. X. Stringfellow buscó por todas las mesas a esa incógnita, pero pensó que la identidad que buscaba era del Partido Popular y no terminó su búsqueda. Finalmente, y por descarte se acercó sigilosamente a V. Manuel y le dijo: “¿Tu eres asturiano?” a lo que V. Manuel contestó: “Y del PSOE, ¿Te gustaría probar el chorizo a la sidra?”

Pasaron juntos la noche y X. Stringfellow sabía que en España gustaba hablar de fútbol, así que hablaron durante toda la noche del Sporting de Gijón y el Logroñes. X. Stringfellow ya recopilaba ideas para escribir una canción, e incluso se llevó consigo una propuesta para cantar en otra. Rápidamente y pese a una conversación de gran calibre se fue al concierto con el compromiso de estudiar la propuesta musical de V. Manuel. A los pocos días V. Manuel recibió una carta con matasellos de un bar de cañas. Era la respuesta de X. Stringfellow y sus dedos sudaban por la seriedad del asunto. La carta era escueta y la leyó en voz baja para no molestar al vecino. Literalmente decía: “Oye V. Manuel, el chorizo a la sidra estaba muy rico, pero la canción de la Puerta de Alcalá no la canto contigo, que lo haga Ana Belén. Agradezco tu propuesta”.
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