lunes, 15 de septiembre de 2008

El verdadero sonido de los ochenta


The Sound - Jeopardy (1980)

Dentro de la categoría 'verdades que sólo creen los que las dicen' hay algunas de ellas que tienden a poner a los bajistas como enemigos de la humanidad, que si no aportan nada, que si las siete plagas fueron cosas suya. También se les relaciona con las pocas medallas españolas en los Juegos y se empieza a hablar de ellos como la principal razón de que Saber & Ganar nunca haya sido el programa más visto de televisión. Ajeno a estas acusaciones sin fundamento, tengo que decir que lo mejor del bajista con el que trato habitualmente es su afición al vino Protos y los grandes discos que me ha descubierto (entre ellos, este Jeopardy). Un secreto a voces del punk o post-punk o cualesquiera etiqueta quieran poner (permitidas naturalmente las del Carreflus o sucedáneos, intentaremos mejorar la calidad de los chistes de esta entrada, palabra).


The Sound, muy a su pesar, no obtuvieron la respuesta masiva que otros grupos de la época gozaron. Más aún, fuera de Inglaterra eran unos completos desconocidos, hasta el punto de que sus discos tardaron varios años en aparecer en el mercado americano. Lo que nos lleva a la siguiente pregunta: ¿qué le paso a este grupo? ¿Acaso tenían malas canciones? Negativo, son tan intensas y dramáticas como urgía la época, con buenas melodías y la voz de Adrian Borland destacando. Entonces, ¿su estilo musical estaba algo alejado de la moda de la época? Agua, si Joy Division renovaron todo el sonido proveniente del punk pasando la rabia y la depresión por el filtro de los ruidos industriales y el pesimismo, The Sound son también padres de esa fórmula. La pregunta de por qué se quedaron en un grupo de culto debe estar guardada en el mismo lugar donde reposan otros enigmas legendarios: como el de porqué la nueva cantante de La Oreja de Van Gogh canta exactamente igual que su predecesora. El caso es que Jeopardy suena como si el fin del mundo estuviera muy cerca: intenso, seco, moderno y sin atisbo de autocomplacencia. De hecho desde Garajeland recomendamos encarecidamente ponerte este disco en cualquier formato (el vinilo queda descartado debido a que el comediscos portátil tiene de portátil sólo el nombre) para cuando tengas que llegar pronto al trabajo, Borland & Cia te van a hacer aparecer antes que el guarda de la puerta.

the soundAnte la falta de fotos en Google de The Sound hemos decidido poner una de Maria José Cantudo distorsionada, si alguien nota la diferencia que achine los ojos para minimizar los efectos



Si en estos momentos te estás preguntando dónde surgió el sonido de The Sound que no se te aflija la ingle, aquí encontrarás respuesta. Por lo que se sabe, y hemos consultado fuentes de toda credibilidad como Maria Teresa Campos y el encargado de vestuario de Jara y Sedal, The Sound nació gracias a la disolución de otra banda llamada The Outsiders, que en 1977 practicaban una suerte de punk inglés con la aportación del cantante y guitarrista Adrian Borland y de gente de aquí y allá: el baterista Michael Dudley, un bajista bajo seudónimo, Graham Greene, al que no le gustaban los libros de espías y un multiinstrumentista (saxofón, clarinete y teclados) Bi Marshall, que por los instrumentos que dominaba debía ser el alma de las fiestas. Borland se propuso llevar algo más allá la inspiración del punk, dotándola de una atmósfera asfixiante, la misma sensación que se tiene en Marina D’or por poner el caso. Grabaron su primera maqueta en casa de los Borland mientras la madre preparaba empanadillas caseras a los integrantes del grupo (al baterista le robarían su parte seguro) y el padre de Adrian actuaba como improvisado ingeniero (seguro que realizó comentarios tan alentadores como: "Yo esto así no lo hacía" o "Ahí la diñas"). The Sound estaba en marcha.

the soundThe Sound, tras pasar por la tesorería de la seguridad social y rellenar algunos formularios para dar de alta una empresa


La llegada de Jeopardy, el primer largo de la banda, puso de relieve todas las características del grupo. El resultado no podía ser mejor, el álbum te arrasa la mente desde un principio, olvidándose de aquella premisa de que en los primeros discos suele haber un par de buenas canciones y luego relleno cual redondo de ternera. Eso se lo podríamos perdonar, del mismo modo que lo hacíamos con la serie Periodistas, cuando sacrificaba un argumento verosímil para que apareciera el becario tonto y José Coronado se beneficiara hasta las figurantes. Jeopardy no es así, todo lo contrario: no da tregua, dando un nuevo significado a la palabra intensidad. Las 4 primeras canciones consiguen el mismo efecto que Charles Bronson y su recortada, disparos que apelan a la urgencia, a la medida real de ser un ciudadano inglés joven, sin trabajo y sin un futuro claro. La rabia por esa situación ya no se manifestaba como en el punk, sino de una manera más oscura y claustrofóbica. ¿Bonito, verdad? Pues aún no les he dicho que en Inglaterra llueve, y mucho. Así, 'I Can't Escape Myself' propone la intensidad como punto de partida, gracias a una bases rítmicas robóticas (pero sin dejar al baterista en el tejado, al menos sin rebequita) y a un estribillo angustioso y ampuloso coreado por el propio Borland. Sin tiempo para descansar las orejas llega 'Heartland', con sonidos de teclado que anticipan los ochentas que vendrían, la tremenda voz de Adrian y un solo de guitarra punzante. El ritmo se corta con 'Hour of Need', una pieza que crea la pausa perfecta para afrontar 'Words Fail me', una melodía frenética que cuenta con uno de los estribillos más pegadizos que podrás oír en mucho tiempo, coronado por un saxofón que encuentra su hueco en la hipnótica letra de Borland. El disco llega su punto culminante con la explosión que supone 'Missiles'. Que resume en poco más de 5 el concepto de The Sound: melodía, pulso vibrante y estilo. No te sorprendas si te ves cantando a tu improvisado compañero de barra en el metro aquello de 'Who the hell makes those missiles?’ con una angustia propia del momento en el que te está pisando el pie al intentar salir del vagón. Lo bueno de The Sound es que no son un grupo fácil de atrapar, no tienen un par de canciones rápidas arrebatadoras, un par de lentas contemplativas y oscuras y se acabó el chiringuito. Sus miras eran mucho más altas, llegando a zigzaguear con el pop más vitaminado y ochentero (‘Resistance’) o enseñar el camino a U2 (‘Unwritten Law’, con esta afirmación me estoy jugando el puesto de trabajo, no saben como es nuestro amado líder 61&49 con lo que al grupo irlandes tiene que ver. El disco se cierra con ‘Desire’, una balada en la que se juega con el eco de la voz de Borland, un verdadero portento en cómo enfocar las melodías de voz.





Por si alguien no lo sabe, The Sound se encuentran recogidos en todas las enciclopedias del rock como "el gran grupo desconocido de los ochenta sin Santi Campillo a la guitarra”. Pero son tan conscientes del "estar aquí ahora" como Joy Division, tan creativos como Echo and The Bunnymen, tienen más clase que Moe cantando el 'Walk this Way' y una trayectoria por momentos brillante (su segundo largo era un disco formidable). El grupo se separó en 1987 y Adrian Borland se suicidó en 1999 quitándonos la posibilidad de ver un reencuentro del grupo o una actuación en directo. Sea como fuere, este disco sigue sorprendiendo. Por cierto, circula el chiste de que sólo los críticos inteligentes colocaron a The Sound como el verdadero talento de 1980, nosotros nos hemos adherido no vaya a ser que nuestros test de actitud en el colegio se equivocaran y encerremos inteligencias abrumadoras en nosotros mismos . Cosas más raras se han visto



Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verleín