domingo, 10 de octubre de 2010

El Revival revivalista del revival del garage: Swingin´ Neckbreakers



The Swingin´ Neckbreakers - Live For Buzz (1993)


La proposición del día se basa únicamente en que por primera vez (algo increíble a tenor de lo que se suele exponer en estas líneas) una crónica musical será escrita bajo los efectos de las drogas. Sí, de las drogas, de esas que se suponen que curan catarros pero te dejan el cerebro hecho fosfatina para según qué actividades neuronales. No obstante, como buen seguidor de Trainspotting, el coloque me ha sido patrocinado por la Seguridad Social, un cambio sustancial en mi vida, como un cambio en nuestros amodorrados artículos sobre flojeras bandas musicales podríamos hacer volviendo otra vez al lado oscuro del rock and roll; al chillón, al varonil, al sucio y potente garaje del debut de los Swingin´ Neckbreakers: Live For Buzz, rebautizado desde el momento que uno es fan de los Simpsons como Live For Buzz Cola.


Tres hombres y un coche fúnebre como clara alusión del viaje al más allá que puede provocar mirar fijamente a los pantalones de Snook


Como muchos saben y muchos no, los Swingin´ Neckbreakers son una angelical banda de Trenton, Nueva Jersey, un lugar donde seguramente no pasen muchas cosas, pero donde por ejemplo te puedes tomar unas almejas en salsa verde por sólo trece dólares. Formados por los hermanos Tom y John Jorgensen, posibles jugadores seleccionables como interior derecho y pivote defensivo de la selección danesa de futbol, pero que finalmente tras ninguna llamada del seleccionador grabaron unas cuantas demos musicales en el garaje de su casa y empezaron a dar conciertos por la zona, inicialmente con John a la seis cuerdas y Tom berreando desde el bajo hasta la llegada de Shaggy Snook, que relegaría a John al multidisciplinar trabajo de baterista del grupo. Tras un primer single que les ponía en órbita se publicó su primer largo, este pescado con espinas llamado Live For Buzz.

Un disco cuya biblia dice que hay que honrar con versiones bien elegidas a los padres del garaje, es decir, prácticamente todos, puesto que a los SN se los podría englobar en una especie del revival del revival que comenzaron años antes algunos grupos ya de sobra conocidos como los Lyres o los Reyes de Rochester (Si es que realmente el garaje se fue de la vida cotidiana alguna vez). Así nos encontramos con más de la mitad del disco compuesto de gratificantes y saludables versiones de los Kinks (“I Took My Baby Home”), de los Troggs (“You´re Lying”); por supuesto de los Sonics, que ya disponían de un capítulo aparte en esto de las santas escrituras del garaje y de los que versionean el “Boss Hoss” de Gerry Roslie; de los sesenteros Jay-Jays se apropian de “Shake It Some More” y así hasta obedecer los nueve mandamientos en forma de nueve canciones.


El pobre Tom Jorgensen comprueba que Nuria Fergó se encuentra entre el exaltado público


El resto son sus logrados temas, “Little Pink Medicine”, “Thinkin´ Man´s Girl”, “Take You Live” o “I Live For Buzz”, llenos de energía destructiva, vitalistas, con tres verracos que no paran de maltratar la sensibilidad pop de cualquiera que ponga sus oídos frente a las guitarras de Snook, los puntuales órganos en las canciones, los temerarios golpes de baquetas de medio kilo del colega John Jorgensen y el bajo sin frenos del hermanísimo Thomas. Son chillones, cavernícolas, machacantes y seguro que hasta sudan, pero no dejan de encantarnos esas tonadas absolutamente absorbentes de Live For Buzz. Un placer completo sería hincarle el diente a su segundo disco (Shake Break!), y porque no, tras estar intermitentemente desaparecidos desde hace unos años a su última entrega Pop Of The Tops. De momento, a disfrutar del debut con los hermanos con más mandíbula que ha parido Nueva Jersey desde que Bon Jovi y los suyos decidieron entrar en los primeros puestos de los más bellos del Superpop de Octubre del noventa y uno.


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No intenten encontrarlos en el siguiente vídeo, los que tocan no son ellos, pero el creador de la imagen ha tenido la bondad de poner piernas al aire.

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viernes, 1 de octubre de 2010

Una crónica de Turborock sin recurrir a la palabra turbo para explicarlo

Imprescindible festival el que se proponía para este mes de Septiembre, casi surgido de la nada y con un cartel que despertaba sueños húmedos entre los integrantes de este bloc. Su propuesta era juntar a un buen puñado de grupos de la escena clásica del rock y el garaje, en un recinto donde los músicos no los ves como alejadas cagarrutas entre un mar de peluquines que se sitúan entre tu persona y los treinta metros de distancia al escenario; con la ventaja de que no sufres incómodos cacheos de la mochila por si el bocadillo de atún con pimiento decides arrojarlo con fuerza al guitarrista de cualquier grupo, confundido en la distancia con, por ejemplo, David Bustamante; donde los precios por un vaso de plástico de cerveza no son ligeramente inferiores al producto interior bruto de la isla de la Gomera; y que su localización sea en un pequeño pueblo de los valles pasiegos, en donde los vecinos más cercanos alucinaban desde sus ventanas intentando adivinar (luces apagadas del salón) qué hacían esa panda de hippies con patillas en un viejo mercado del que salía un ruido infernal. Sólo faltó la aparición de Sharon Stone en sus años mozos para que el sueño se hubiera consumado, por lo demás, el festival pasó con nota su primera entrega (por supuesto, opinión que sólo hemos contrastado con la propia y con la que estamos en mutuo acuerdo).


Instantánea tomada al grito de "frena, frena conductor conductor con". Nota: Es posible que los Fruitis no estuvieran en ese momento pasando por allí


Llegada el Viernes por la tarde, es entrar en Cantabria y en lo que más pensábamos ni siquiera era en que grupos iríamos a ver, no, son los efluvios de un viaje al Norte lo que nubla nuestra mente en el oscuro y verdadero motivo de este viaje: comer hasta llegar al concierto de los SOOL y que la gente se haga fotos con nosotros pensando que somos el amigo Ebbot Lundberg. Los primeros en pasar por nuestros oídos el grupo australiano The Meanies, con un cantante que no paró de tirarse al suelo berreando cual Iggy Pop, nos dejó la sensación de que al día siguiente viajaría a Valencia con un ligero dolor en el morroplastio izquierdo y hematomas de grado tres en cuello, zona lumbar, tronco en general y peritoneo en particular. Aunque francamente entregados al público, nuestra sensibilidad pop no se sintió del todo cómoda con los aussies.


Verdadera protagonista del segundo día de conciertos. Hay quién pensó que eran los Redd Kross y quien dijo que de ahí salían cien platos de almóndigas (nos disculpen nuestros amigos vegetarianos)


El siguiente ya era plato fuerte: Los Coronas. Una vez más, soberbios. Cada día tocan mejor y ya es decir, eficaces en las deficiencias de sonido terminaron por llevarse el primer gran aplauso de la jornada. Hubo poca charla de Fernando Pardo debido a las limitaciones de tiempo, una pena, porque este hombre suele ser bastante dicharachero y saleroso.

Le siguieron el grupo hermano Sex Museum, rockeros de grado cuatro, con Miguel Pardo deleitando al personal con unos pasos de baile bastante singulares. En mi opinión varios pasos por detrás de Los Coronas en cuanto a concepto de concierto, aunque nada se puede achacar a las buenas maneras a los instrumentos de estos clásicos malasañeros. Entre medias nos perdimos a los Muffs, nos pudo el sentir del estómago y sólo llegamos a ver la última canción de un concierto al parecer tan corto como el número de féminas presentes sobre las tablas durante el fin de semana.

El penúltimo concierto de la noche fueron los esperados Hoodoo Gurus, banda que perdió el pelo en la cabeza en pos de la fabricación de pelucas para los seguidores de Mago de Oz. Como buen grupo australiano estuvieron correctos a los instrumentos, con una gran selección de temas, donde sonaron todos sus clásicos, siempre de agradecer para los que como un servidor no ha catado sus entregas más recientes. Lástima que no llegaran a meter en calor a los miembros de garajeland, seguramente aletargados por cada salida al exterior del mercado, con típica meteorología cántabra a comprar unas monedas canjeables en bebida o en el tren de la bruja, nunca estuvo del todo claro para que servían.

Última parada del día, los Redd Kross, razón principal por la que peregrinaríamos a Sarón con un chándal de felpa y unas zapatillas Paredes de color mostaza recicladas de la incineradora de Valdemingómez. En nuestra opinión (nunca del todo fiable de dos devotos de la banda californiana) lo mejor del festival. Se comieron todo lo anterior desde las primeras canciones, estos punkarras camuflados en hacedores de canciones pop que se pegan como el chicle no dejaron lugar a dudas: los Redd Kross nunca fallan. Denunciable fue el tiempo del concierto, no sabemos si culpa del señor que estuvo todo el fin de semana controlando el cotarro desde una silla de jardín, pero faltaron una treintena de canciones más para que nos hubieran dejado mejor cuerpo.


Los Wildebeests, no bajo lo que podría parecer un crucifijo, no, es la clásica viga acolchada que todo buen arquitecto propone para una reforma parcial en casa



El sábado empezó con la pérdida (una vez más) de ver a Muck And The Mires, motivado por la ingente cantidad de comida que nos pegamos (prueben al menos una vez en su vida las fabes con hongos y de postre un digestivo de orujo) fue necesario el repose de la misma si queríamos mantenernos en pie más de diez minutos de concierto. A la llegada nos topamos con la agradable sorpresa de los Wildebeests, tocando “Comanche” en un claro y no reconocido homenaje al desaparecido Enano Buceador. Gran sonido el desplegado, y unas canciones garajeras y rockanroleras muy del gusto de los responsables de estas líneas. No esperábamos menos de un grupo que cuenta en sus filas con ex miembros de los Kaisers o los Milkshakes. En busca y captura de sus vinilos andamos ante tan gratas sensaciones.

El siguiente turno fue para el combo de Soul de JC Brooks, de los cuales aparcamos junto a ellos a la llegada al recinto y pudimos comprobar de cerca que el traje que llevaba se lo habían prestado del fondo de armario de Amar en Tiempos Revueltos. Impresionante y sobrado sobre el escenario, con un solo disco a sus espaldas se llevaron una de las ovaciones del respetable patilludo y patilluda allí congregado. Menudo tío.

Sacrificados por una merienda-cena quedaron los Right Ons, con tiempo marcado para no perdernos a los Young Fresh Fellows, unos tipos tan queridos por nosotros que hasta se les perdona que no estuvieran en uno de sus mejores días, perros viejos ellos se dieron cuenta y para la segunda mitad del concierto volvieron a hacernos sonreír como sólo ellos lo saben hacer. No faltaron los saltos de ese niño grande llamado Kurt Block, los redobles de Tad Hutchison mientras se cruza de piernas y todas esas pequeñas locuras que les hacen únicos.



Nótese que la gente de la banda izquierda se muestra animada, todo lo contrario que los de la banda en donde jugaba Chendo, que saben lo que se les viene encima


Con nuestros sentidos empezando a notar el aletargamiento entraron a escena los Vikingos de los Soundtrack Of Our Lives, un valor seguro en cualquier concierto, boxeadores curtidos en mil batallas suelen dejar noqueados al personal con ese muro instrumental infranqueable y la presencia del gigantón sueco Ebbot, que protagonizó el momento delicado de la noche arrojando sus cinco mil onzas de peso hacia el público, motivo por el cual a nuestro amigo Johnny Lebrel le han diagnosticado una médula espinal en forma de alambre de espino. No sé si estuvieron mejor o peor que en otras ocasiones, pero servidor se lo pasó pipa.

Para el final quedaron los medio grungeros Mudhoney, demasiado para nuestro ya curtido pabellón auditivo, no le dimos muchas opciones de que nos convencieran sus innumerables chillidos y la parquedad en palabras de Mark Arm, al que faltó un “Buenas Noches” para dejar por los suelos la educación de la casa Windsor.

Experiencia gratamente positiva, sólo falta para el año que viene un par de paseos por el escenario de Sharon Stone, cuyo pero es (que nos perdone en este apartado el colega Charlie Don´t Surf) que el sonido es francamente mejorable, pero todo se arregla con una moqueta de la buena en las paredes, una mano de pintura y unos ingenieros de sonido que no se empeñen en que acabemos como el bueno de Hans Topo en este vídeo. El año que viene ya estamos pensando en volver, aunque toque la clásica orquesta de canciones populares a la flauta dulce en clave de Sol, cargar el coche de quesos de Liérganes, unos sobaos de kilo que podrían sustituir en un momento dado a los azulejos de la cocina y esa agradable sonrisa que te deja un fin de semana a base de tan recomendables variedades gastronómico-culturales. Si un día de estos se encuentran por la calle a alguien con una pulsera verde recubierta de azulado moho y cierto aire a cara de anchoa, no duden en saludar, somos alguno de los miembros de garajeland.

Se os deja con un vídeo de los Wildebeests grabados en los estudios Circo Perrotti junto al mismísimo pirado de Jorge Explosion.



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jueves, 23 de septiembre de 2010

Y después de unos cuantos gazpachos de más...

Y después de unos cuantos gazpachos de nuestra marca favorita, volvemos al trabajo tras un corto, muy corto verano lleno de vaguería por nuestra parte. Como cada año, no podíamos dejar pasar la ocasión de recordar a nuestro querido presentador veraniego, pelo en pecho galopante y uno noventa de altura. Últimamente poco pródigo por la televisión nacional, nos tenemos que conformar con catar el gazpacho de su propia huerta y oír perturbadoras historias sobre chicas levantinas que desprecian al resto de mortales ibéricos por no llegar al nivel de masculinidad y canción melódica de Bertín.


La dieta mediterránea en todo su esplendor. Se han colado los Beatles, pero creo que la foto se tomó ayer tras tomar unos champiñones en mal estado.



Sabemos que prometer a estas alturas una nueva temporada repleta de discos y reducir las alusiones a los Simpsons sería incluso denunciable por algún querido lector estafado, pero de momento ya pueden disfrutar con un Fondo de Armario del amigo Verléin, que no es poco.

El vídeo con el que les obsequiamos no tiene nada de particular, si acaso el puré de patatas que cayó a nuestro buche junto a unas salchichazas alemanas el pasado sábado; y que por si alguna vez se lo habían preguntado, nuestra salida del trabajo el día que nos dan las vacaciones es muy similar a la de las dos señoritas que bailan en lo alto de la tarima.

PD: Para empezar con fuerza nos vamos todo el fin de semana a Turborock, festival de dudoso buen gusto en el turbo nombre, pero con un cártel y un precio de birra que ha tocado la fibra profunda de los miembros de este nuestro@suyo bloc.



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domingo, 19 de septiembre de 2010

Fondo de armario ( IV )

Elvis Costello - Blame it on Cain (1977)

Llegado este momento de septiembre todos los seres humanos volvemos a nuestra rutina, incluyendo llorar cuando suena el despertador, rascarnos en ese punto muerto que tenemos en la espalda (inalcanzable de todas todas) y decidir si este año empezaremos sin solución de continuidad la colección de 'camiones de la época de antaño' o la vajilla de porcelana de Hello Kitty; nosotros optamos por volver por ponernos las gafirulas de pasta y enfundarnos los pitillos (aprovechando que mi madre ha terminado de cogerme el bajo esta misma semana), así que... Acoqui!

Nombre: Blame it on Cain
Autores: Elvis Costello
Fecha de grabación: Finales de 1976 (Pathway Studios, Islington, Inglaterra)
Productor: Nick Lowe
Ingeniero de Sonido: Bazza (desconocemos si es persona, animal o mesita de noche)
Músicos : Elvis Costello: voz y guitarra; John McFee: pedal steel guitar; Sean Hopper: piano, órgano y voces; Johnny Ciambotti: bajo y voces; Mickey Shine: batería.

Datos extras: Las cosas de la vida, en 1976 Declan Patrick MacManus era un administrativo que operaba con un IBM, casado y con un hijo. En 1977 era la nueva estrella del New Wave, del punk y del rock. Su disco era un moderado éxito en las listas, pero suponía un tremendo empujón para su discográfica, Stiff (que entre otras gemas nos entregaría discos de Nick Lowe, Wrekless Eric e Ian Dury) y encima significó el primero de unos cuantos discos tremebundos que iría entregando en los años siguientes.


Elvis CostelloCostello en la época en la que cubría los vestuarios del Real Madrid para Supergarcía




Probablemente el señor de las gafas no pensó en que fuera a grabar nada cuando entró por primera vez en las oficinas de Stiff (tuvo que escaquearse del curro con una hábil, original y eficaz estratagema que a nadie se le había ocurrido: se hizo el enfermo). Fue recibido por una amable chica de recepción y dejó una cinta con sus canciones. En principio, Stiff sólo le quería como compositor para Dave Edmunds, pero también dejaron al chico grabar alguna demo con Nick Lowe a los controles y la mitad de lo que serían los News de Huey Lewis encargados de los instrumentos. Una cosa llevó a la otra y cómodamente grabaron lo que sería My Aim is True, en lo que otros hacen un curso de CCC de técnico ornitológico y de interiores, Costello, pergeñó un disco de debut sobresaliente pleno de talento y con composiones que valían lo que se llevó el Dioni en su furgón (a ojo de buen cubero). Así de fácil.



Sea como sea, My Aim is True tiene una colección de canciones inapelable, que atacan todos los puntos fuertes de un oyente avispado y puesto sobre aviso, golpeando sobre tantos estilos: Punk, Rock&Roll cincuentón, blues, New Wave... que más parece una representación de helados playeros (ya saben: chocolá, tutifrú) que un primer álbum. Mucho se ha hablado sobre los artistas que dan lo mejor de sí mismos cuando la situación es más penosa que de costumbre, pero no se ha dicho mucho de los que trabajan mejor cuando tiene poco tiempo para hacerlo. Como si la prisa avivase la llama del talento. Elvis grabó su disco en poco menos de 24 horas. Como ya habían hecho sus idolatrados Beatles o la mayoría de los músicos anglosajones de los 60. Claro que después ellos mejoraron la fórmula, pero esos primeros esfuerzos, con la exigencia por las nubes, pero compensada con desparpajo exigen un respeto. A buen seguro que ante el reto de grabar, Costello se planteó las dos primeras preguntas de la guía de franquicias que sigue Marge, a saber: 'quién soy' y 'qué corcho hago aquí' (no en vano grabó un disco sin darse cuenta, para una compañía de futuro prometedor, pero incierto, con un productor al que idolatraba y unos músicos de sesión que se fueron pasando el testigo entre unos y otros). Pero la cosa salió bien. Particularmente bien.



Elvis CostelloEn realidad esta es la cara que se te queda cuando no te acuerdas bien de la tabla del 7, pero nunca te ves en un espejo para comprobarlo


Y qué les traemos hoy? Pues dentro de la que podíamos elegir(que es mucho) y con los parámetros que se siguen en esta sección les dejamos con Blame it on Cain ('Échale la culpa a Caín'), un blues 'shufflado' (lo que me gusta inventarme palabras) de estructura simple, pero que funciona como el reloj de Cuco de tu tía Adela gracias a buenos fraseos de guitarra y la energía característica que Elvis Costello imprimía sus canciones. Un derroche de talento en una canción menor que naturalmente fue eclipsada por Alison (a la cual precedía), que para los entusiastas de la paradoja tampoco fue un single muy vendido en principio. La canción, que cuenta con una letra realmente interesante, también nos habla del conocimiento que tenía Elvis de las reglas de la música propiciando un final de canción que sube tanto en decibelios como en ritmo y que recuerda a los gloriosos climax que The Band introduce en muchas de sus canciones.




Probablemente nadie se acuerde muy bien de este tema, Elvis Costello tiene cantidad de ellos (pregunten a mi compañero por Less than Zero, incluido en el mismo My Aim is True), pero es testigo directo del talento de un pequeño genio con pinta de empollón en un momento en el que la soltura con la que escribía temas legendarios ponía en duda esa supuesta teoría actual de que se necesitan 4 años de espera entre disco y disco. Elvis acabó con eso de un plumazo saliendo a disco por año hasta 1984 y manteniendo unas cuotas de calidad que le daría un certificado ISO y un sello de Krusty, ambos pruebas irrefutables de casi cualquier cosa.


Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein

P.D.: no me he resistido a ponerles un vídeo tipo "Mundo Viejuno", pero con la canción de la que hablamos. No me digan que no les sale de dentro hacer un doblaje improvisado...


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sábado, 7 de agosto de 2010

El gran legado de la oveja negra

Pacific Ocean Blue
Dennis Wilson - Pacific Ocean Blue (1977)


No sé si les habrá pasado, pero con frecuencia cometo el error de tomar por sabidas cosas que luego no son como pensaba. El error puede ser mínimo, tipo: "oh vaya, creía haberle dicho a fulanito que me trajera esto otro"; peligroso: "juraría que ese semáforo estaba en verde" o tremendamente temerario: "acordarse de que uno es daltónico, ser Macgyver y tener que desarmar una bomba con dos cables, uno rojo y otro verde". Como verán, en este sano despiste, como en casi todo en la vida: la intensidad del mismo es importante.

Pero no crean, también existen despistes en el ámbito musical, una lista interminable de conciertos que te perdiste porque "pensaste que las entradas no se agotarían tan rápido" o de discos de ediciones especial no reeditadas que podían esperar un día más en la tienda y que fueron a la estantería de otro (desde aquí un saludo, oh enemigo anónimo). En este nivel musical del que hablamos podría tener perfectamente su hueco el disco del que soltamos chorradas hoy, el nunca suficientemente ponderado Pacific Ocean Blue de Dennis Wilson. ¿Por qué podría formar parte este disco de esta clasificación de olvidos que me he sacado de la manga? (en un truco de polichinela que haría palidecer de envidia a Krusty el payaso), pues porque se trata del primer disco que salió al mercado de un Beach Boy en solitario y, más aún, no se trataba de un disco de Brian. Quién podía decir que no había dado por hecho que el primer disco de la familia sería de su miembro aparentemente menos dotado musicalmente, más rebelde y desinteresado por la música. Vamos, quiero ver esas manos. India no se me esconda...


Dennis Brian WilsonBrian y Dennis en el psicotécnico del primero. Aquí también le hubiéramos dado el carné aunque no viera tres en un burro, no se preocupen.



Pues sí, el álbum que casi por sorpresa sacó el bueno de Dennis fue el primero de la familia y, por si fuera poco, se trata (al menos para este humilde escriba) de una obra maestra. Obra maestra por ser un conjunto increíblemente equilibrado de melodía y pasión por la música. Por inclasificable y atemporal, por mantener relación con la música del grupo, pero al mismo tiempo suponer una revolución en ese aspecto y, sobre todo, porque nadie lo esperaba y, cuando eso ocurre, todo se disfruta todavía más. Este disco es uno de esos milagros que hacen que mi compañero 61&49 grite "brujería" al escucharlo (también le pasa con toda la tecnología posterior al CD, no se crean) y que encima fue objeto hace poco de una brillante remasterización en vinilo y CD. Las dos estupendas en contenido, diseño y con un respeto al material original mayor al casi reverencial que tengo yo al cartero (ya me vale, que es mi principal valedor en esto de la compra compulsiva de cosas a través de las redes).

Aunque estamos aquí para hablar de la música, no quería dejar de aprovechar este momento para hablar de un libro (al estilo Umbral) y es que por más que este humilde servidor les cuente, todo lo que quieran saber sobre los fabulosos Beach Boys y la fascinante (y también algo triste) historia de Brian Wilson se encuentra en el estupendo libro que José Angel Gónzalez Balsa escribió hace unos años y que es uno de los tratados más completos, subyugantes y entretenidos que he tenido sobre mis dos pies (sí, cada uno lee como quiere), autor al que tengo un aprecio especial por ser capaz de poner un título tan largo para algo, para uno que no sabe escribir sin subordinar algo, casi puedo decir que he encontrado un hermano.


Dennis WilsonParece ser que el poncho fue indispensable para grabar un disco tan bueno como este. Yo de momento he encargado ocho


Realizada la apreciación, volvamos al disco, que fue grabado sin que nadie le prestara mucha atención, casi como le ocurría a Dennis, que siempre fue el rebelde de los Beach Boys, así como Brian Wilson era el genio y Carl el de la voz de ángel, pero nunca estuvo bien considerado como músico. Sea como fuere, sí que es cierto que Dennis aprendió rápidamente cómo moverse en el estudio, grabó muchas de las partes de batería que en principio fueron atribuidas a Hal Blaine y asimiló influencias propias que no eran visibles a simple vista que le sirvieron para encontrar su voz (que no tenía mucho que ver con la de sus hermanos), pero que en el ambiente adecuado pudo desarrollarse hasta conseguir emocionar a los más duros seres con patillas. Su voz es como una especie de susurro grave que pincha donde más duele, más o menos como la apreciación de algún familiar consanguineo o no cuando te dispones a hacer algo peliagudo ( ver este vídeo para una mayor comprensión).

Dennis utilizó el estudio que tenía en Santa Mónica junto a Carl para sacar adelante sus canciones, alejadas del estilo surfero, densas, adultas, con un trasfondo musical que podía ir desde una tierna balada a piano, pasando por influencia del góspel. Un disco muy ambicioso que suena unas cien millones de veces más interesante que todo el material de los Beach Boys de la época y que ha envejecido de manera excelente gracias a unos arreglos arriesgados y un fondo musical tupido y hecho con mimo. Una obra maestra de aquel que sólo era el guapo del grupo (estigma que algunos tenemos la suerte de no soportar) y que que en realidad ocultaba un carácter sensible y apasionado bajo una máscara de minihostilidad, como Maude en los Simpsons.



Pero aunque sólo hablemos de Dennis, lo que hace tan especial este disco son sus canciones, tratadas con delicadeza de artesano y con colaboraciones de lujo que hacen que luzcan tan esplendorosamente como 'River Song', majestuosa pieza de gospel que va creciendo de manera progresiva hasta alcanzar cotas de disfrute máximas gracias a la profunda voz de en contrapunto con el coro y unos metales tremebundos. Una sutil y subyugante mezcla de Rock, Gospel y Funk. ¡La bomba! El disco sigue carburando gracias a 'What's Wrong', canción que tiene una deuda evidente con las canciones de Brian, pero que está llevada por un camino diferente. Aquí no hay armonías perfectas, pero sí una conjunción casi mágica de piano y metales (dos constantes durante todo el disco), una muestra de música animada que contrasta con la intimidad de 'Moonshine', influida directamente por la relación de amor y odio que Dennis tenía con su mujer en esos años. Siguiente canción, siguiente contraste. Una intro que recuerda a The Band y su Chest Fever, seguida por guitarras fronterizas tipo Ry Cooder y una gran melodía cantada con fuerza por Dennis, es 'Friday Night', agresiva canción que termina mezclando oportunamente con 'Dreamer', un Funk 'arrastraó' en el que bajo y la cantidad de teclados (con un Fender Rhodes magnífico) se te pegan al cuerpo de manera irremisible. Cuando decimos que este disco es moderno, además de por levantar polémica (si todo sale bien iniciaremos un hábil estratagema para conseguir más visitas al blog diciendo que Ninette y un señor de Murcia no es más que un plagio descarado de Kill Bill) es porque hay que recordar que estábamos en 1977, época donde el pop estaba reinventándose a sí mismo, el progresivo dilatando sus últimos años y el punk en la cresta de la ola. Dennis consiguió unir estilos y crear el suyo propio tomando las clases magistrales del pop que había aprendido en casa Wilson mezclándola con funk o jazz, adaptándola a su propia voz hasta crear paisajes tan sentidos e interesantes musicalmente como 'Thoughs of You'.


Dennis WilsonVenga, más rápido: "Cammmmmmpamento Krussssssssty", en el lago Gran Serpieeeente".


Aquellos que piensen que Dennis no era un gran vocalista debería repasarse 'Pacific Ocean Blues', donde su voz alcanza cotas de emoción rasposa que Joe Cocker llevaba buscando muchos años. 'Farewell my friend' es el inició de la última parte del disco, con Dennis consiguiendo el 'efecto Phil Spector' en las canciones, utilizando a parte de su Wrecking Crew pero dando una vuelta al concepto. El álbum termina con maravillas como 'Rainbows', muestra perfecta de que una buena melodía puede convertir casi cualquier cosa en oro y más si está arropada por una instrumentación (ojo cuando entra la mandolina) o la honestidad de 'End Of the Show', donde las armonías vocales del principio dan paso a una segunda parte in crescendo realmente apabullante.


Mis torpes dedos, unas letras de diferencia y Google imágenes nos enseña su magia


En definitiva; ya no tengo que ocultarlo: quien ha escrito estas palabras es un entusiasta del disco, ya que más allá del valor musical que le concedo reconozco que consigue ponerme la gallina de piel en varios momentos, algo que últimamente sólo logra Pixar en todo lo que hace, la esperanza de que llegue el milenarismo y recordar ese momento en el que 61&49 casi me dio la razón. Es bueno que un disco como éste, de alguien que no estaba destinado a hacer una obra maestra, también pueda motivarte de ese modo. Es la magia de la música y de casi todo lo que merece la pena.

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Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein

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miércoles, 28 de julio de 2010

El Country Indie Modernillo (IV): Los experimentos de Wilco y los cordones para gafas



Wilco - Being There (1996)


Hace algunos años salía muchos días por la estación de Callao en dirección a mirar discos y otras varietés. A decir verdad, los vagos como yo que buscamos cualquier escusa para tener tiempo libre y no tener que trabajar pasamos cerca de muchas estaciones de metro. Lo cierto es que en esa misma salida siempre había un buen señor que vendía cordones para gafas. “A veinte duros los cordones para gafas”. Lo sé porque siempre repetía lo mismo, era un eslogan que permitía pocas variaciones, y tanto que no se alteraba ni una coma en su intento de convencer a la gente de incorporar como complemento tan útil artilugio alargado. Siempre pasaba a su lado y pensaba comprarle alguna vez algún cordón para gafas, por aquello del desgaste que provocaba verle todos los días y guardarlos de recuerdo o algo así. Lo cierto es que casi siempre volvía con un CD (en aquella época uno y no más) o tan pelado que no me podía permitir el capricho gafiruril. Supongo que es por aquella época cuando el señor Verleín (a veces instructivo y con gusto) me empezó a convencer para trincar algún disco de Wilco.


Tweedy con un topógrafo se queda dormido mientras mira un mapa. Te entiendo querido “migrañas”



Decir cosas de Wilco que la gente no sepa es complicado y largo (ya he dicho que era muy vago). Surgieron de cuando Uncle Tupelo se fue al garete y Tweedy se llevó consigo a todo cuanto quedó de aquello, y añadiendo a un pequeño genio de largas pelambreras llamado Jay Bennett. Tras un primer disco todavía con la influencia del sonido añejo de los Tupelo grabaron A.M., pero como diría Sick Boy en edulcoradas palabras: es bueno pero en tu foro interno sabes que no es el mejor. El segundo disco ya son palabras mayores, ni más ni menos que el Being There, un disco doble, con trazas experimentales, con sonidos añejos, popero, y tan difícil de encuadrar en cualquier estilo o influencias que lo único que se puede decir de él es que sólo suena a Wilco. Lo cual no implica que sean tan complicados de escuchar que sólo lo haga Wilco y la familia de Wilco. Ni mucho menos.

Si tuviera que elegir canciones sobresalientes, todo sale muy extenso y tal, aunque para variar me quedaría con las más cortas y directas al higadillo: “Outtasite (Outta Mind)”, “I Got You”, o “What´s The World In Store” en el apartado de las más calientes. “Say You Miss Me”, “Red-Eyed And Blue” y “Someone Else´s Song” en las tiernas. Las camperas “Forget The Flowers” y “Someday Soon”. Y hasta les perdono que se pongan con ruiditos en “Misunderstood” y “Sunken Treasure”. Pero aquí es donde paro, no quería escribir los títulos de las canciones y si me descuido escribo las de este disco y acabo con el recopilatorio de El Consorcio entero.


¿Cordones para gafas o country-indie-modernillo? Ellos se ríen porque saben que en algún momento todos seremos presbicios y ya tienen su cordón...


Han pasado años y el Being There me sigue gustando tanto que hasta negaría con la cabeza de vez en cuando que el disco que más me gusta de los de Chicago es Summerteeth, más powerpopero que el resto. Al hombre de los cordones para gafas he dejado de verlo con tanta asiduidad, aunque una vez conseguí verle con un cliente probándose unas gafas con sus cordones. Finalmente yo nunca le he comprado los cordones (dicho sea de paso no llevo gafas, lo cual habría sido una compra algo ineficiente). Luego llegó la moneda única y el precio se redondeó de los veinte duros a un euro. Un día que estaba lloviendo cambió los cordones para gafas por paraguas a tres euros (hay que reconocer el mérito empresarial de este hombre). Quizás algún día le grabe el disco de Wilco por si le vuelvo a ver, igual termina gustándole, quizás no. En caso de ser así, espero que no llueva y no esté vendiendo los paraguas, mucho me temo que cuando me arroje un objeto, el cordón va a doler bastante menos.

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'>>>Pincha&Outtasite<<<'

'>>>Pincha&OuttaMind<<<'


Para los que digan que Jeff Tweedy lo más atrevido que ha hecho en su vida es comer chili de manicomio guatemalteco, ahí le tienen, tocando en la nieve aun a riesgo de meterse el mismo piñazo que se da (creo) Max Johnston.


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viernes, 23 de julio de 2010

El Country Indie Modernillo (III): El momento cumbre y los Jayhawks


The Jayhawks - Tomorrow The Green Grass (1995)


Poco a poco se finaliza el especial del Country-Indie-Modernillo en el que sólo estamos rascando la superficie de tal estilo (¿alguien esperaba más de cuatro entradas al respecto?). Cuando digo que este disco de los Jayhawks es el punto erecto de cuanto se grabó en aquellos años, está claro que siempre es una opinión sujeta a los diversos gustos que tendrá el personal, pero como dirigimos un bloc de dictadura bipartidista en la que mandamos nosotros, y en su defecto aquellos que consigan nuestras claves de acceso y aprovechen para publicar exabruptos, no me surge ninguna duda en afirmar que Tomorrow The Green Grass es el mejor exponente de muchos grupos que decidieron honrar la tradicional música americana y los manteles de cuadros. Tan cierta es esa afirmación, que se podría haber elegido el predecesor, el también magnífico Hollywood Town Hall, que aparte de un dudoso gusto por posar sentados en la portada en sitios cada vez más inverosímiles (a elegir tienen entre un sofá frente a una iglesia nevada o un tronco de árbol partido de dimensiones desproporcionadas), comparten una calidad de canciones realmente excepcional.


Una cásica escena de antaño, con sus Fresisuis y caras de estar viendo un concierto de Coyote Dax



Los Jayhawks a diferencia de otras bandas del llamado Americana se forman bien pronto, a mediados de los ochenta con un par de pájaros como compositores llamados Mark Olson y Gary Louris. Junto a los dos pilares de la formación se une el bajista Marc Perlman, desde entonces uno de los que no ha fallado hasta el último disco de estos puretas de Minnesota. Desde los principios, las gafas de la tía Mari-Pili que siempre ha gastado el peluquín rizado de Gary no impide al grupo grabar con esas dulces armonías vocales y melodías de postín. Sus dos primeros discos pasaron casi inadvertidos, prácticamente sin distribución y con un sonido tan campero que parece sacado directamente de un paseo de Labordeta, hasta que aparece por sus vidas el personaje de George Drakoulias, ese hombre obsesivo en la producción pero que a los mandos de la mesa es todo un seguro, sacándoles un poco más de pop y fichando por una multinacional de las que pagan con buenos langostinos, American Recordings. El primer Lp fruto de esta unión es el citado Hollywood Town Hall, que les hace ponerse a tiro de los oídos de mucha gente de buen criterio, obteniendo cierto reconocimiento entre el pueblo y unanimidad en que se trata de un disco intemporal.


¿De verdad nunca habían visto a cuatro modernos pelados de frío sentados en medio de una carretera de Minnesota? Yo una vez, o eso creo.



Tras la incorporación a los teclados de Karen Grotberg (la chica debería denunciar al fotógrafo del disco, que hace dudar de su condición femenina en todas y cada una de ellas), llega la obra culminante de estos dos trovadores surgidos de la Tierra del Porrón de Lagos. Todos los matices, influencias anteriores se juntan en este disco: Gram Parsons, Neil Young, los Byrds, Flying Burrito Brothers y hasta el lado Pop de sus admirados Big Star. Todas y absolutamente todas las canciones son redondas. No soy entendido en esto (como ya dije mis conocimientos rara vez pasan del Mi Menor), pero me juego mi vinilo de Te Huelen Los Pies a que ni sobra ni falta una sola nota, las armonías vocales son irremediablemente perfectas y en definitiva suena todo de lujo. Pararse detenidamente a analizar cada canción sería una pérdida de tiempo, casi es mejor escucharlas, y saborear un momento glorioso de la música en los últimos años. Hay que deberle mucho a Mark Olson (ese hombre con cara de buena persona, de esos que dan los buenos días cuando te cruzas con él) y Gary Louris por semejante colección de canciones.

Igual se trata de un disco clásico y aún no lo sabemos, no es ni de los sesenta ni los setenta, donde se aglutinan casi todas las rodajas vinílicas que se suelen considerar como tal, es de bien cerca, pero no pierdan cuarenta y cinco minutos y dense una escucha a estos tipos. En cuanto empiece “Blue”, “I´d Run Away”, “Miss Williams Guitar” o “Two Hearts” sabrán de lo que les hablo. Palabra.


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jueves, 15 de julio de 2010

El Country Indie Modernillo (II): El derivado y Son Volt


Son Volt - Trace (1995)


En estos días de baja productividad nacional y muchos trabajadores que acuden a su empresa sustituyendo el agua de la ducha por la de la fuente más cercana (los trabajadores del Metro de Madrid no, esos no acuden al trabajo) retomamos nuestro especial de duración indeterminada sobre el country indie modernillo. Para quien le cueste hacer memoria, en donde me incluyo, hago un repaso de lo dicho anteriormente. Resumiendo: En los iniciales noventa había grunjes, mucha gente con zapatillas sucias y unos pocos que rescataban el country de antaño llevándolo a nuevos terrenos. Entre los filántropos que encabezaban el movimiento campero se encontraban la gente de Uncle Tupelo. A su vez, este grupo consistía en dos personas que se llevaban muy mal, Jay Farrar y Jeff Tweedy, que aunque abundaban entre ellos las bromitas de compañero no paraban de hacer buenas canciones. Tras la separación, mucha gente no superó que estos Rasca y Pica con sombreros de Brokeback Mountain formaran sus propios proyectos, pero no estaban tan mal. Jay Farrar formó Son Volt y el primer disco es bien fino. Allá va su historia.


¡Caray! En un bar y ya han dejado la barra vacía. Igualitos que nosotros a los cinco minutos de entrar en uno.



Tras la separación no amistosa de Uncle Tupelo la gente se sintió ofendida y hasta se manifestó en contra de las toallas portuguesas. Nadie imaginaba que a posteriori alguno de sus miembros tuviera éxito, sobre todo, nadie imaginaba que el que se llevaría el bacalao sería Tweedy (que aparte de dicho pez se llevó a tres músicos de Uncle Tupelo) y no el capo del grupo, Jay Farrar, que obtuvo por razones obvias de peso (compositivo y no de gravedad) un jugoso contrato con la Warner Brothers. Sobra decir, ciñéndose estrictamente a la palabra éxito, que Farrar no tuvo demasiado con Son Volt. Pero también sobra decir, que lo mismo da, que detrás de ese personaje con un ego tan grande como las ganas que tenemos en garajeland de cruzarnos con Van Bommel, se esconde un tipejo que sabe muy bien lo que se hace y que se rodea de fábula cuando la ocasión lo merece.


Fotografía de estudio patrocinada por la tarima de Azulejos Brihuega y toallas portuguesas super absorbentes para sujetar un píe de micro



Después de las batallitas de Risk que llevaban al escenario Tweedy y Farrar, este último se alió con tres bandarras del pelaje de Mike Heidorn, Jim Boquist y su hermano Dave, hombre orquesta de la familia. Éste su disco de debut dejó muy claro que la parte experimental de los Tupelo pertenecía más a Tweedy que a cualquier otro miembro de los Tupelo. El sonido es mucho más pureta, y quizás más Country-Rock (ah, esas odiosas etiquetas compuestas), más cercano a los Crazy Horse que hablaba mi compañero hace unos días (nótese nuestro desprecio por el tiempo), y menos pop, pero no por ello menos melódico. De aires melancólicos pero con canciones fabulosas. “Windfall”, “Tear Stained Eye”, “Out Of The Picture” y “Too Early” en el lado meláncolico y más Gram Parsons. “Route”, “Catching On” y la conocida “Drown” por el lado más Rockero y Neil Youngniano hacen buena cuenta de las grandes canciones de este disco, que para acabar lo hace con una tierna versión de una canción de Ron Wood: “Mystifies Me”.

Tras este disco de debut, Jay Farrar sigue en activo con Son Volt, sigue sin grabar discos malos, y sigue sin vender más que el amigo migrañas. Algunas informaciones apuntan a que siguen sin llevarse demasiado bien, pero bueno, querido amigo Jay, no todo en esta vida va a ser ganar dinero a raudales y mujeres por doquier (que nos perdone George Best por semejante afirmación).


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domingo, 30 de mayo de 2010

Cuando el equipo B se convierte en el A




Crazy Horse - Crazy Horse (1971)


En determinadas ocasiones, normalmente tan determinadas que suele ser "una y no más Santo Tomás" se produce una confluencia de factores que hacen florecer facetas inéditas de uno revelando indefectiblemente algo que nadie podía prever. Me refiero a esos momentos donde nadie da un duro por nosotros, pero al final conseguimos llevarnos brillantemente el gato al agua ante la incredulidad del respetable (normalmente estos momentos pasan a cámara lenta y con música épica, pero sólo si se está en una peli de Michael Bay). Decir, además, que esos instantes de satisfacción personal saben siempre mejor si se vive a la sombra de un líder que lo sabe todo y que es capaz de las genialidades más absolutas con tan solo arquear una ceja.

Algunos ejemplos de lo que les comento: la conversión de los Breavers de 'Teen Wolf' en los Bulls de Jordan cuando todos en el equipo se dan cuenta de que no necesitan los poderes lobunos de Michael J. Fox. Otro, el partido que gana el Niupi con un gol con la cara de Bruce Arper mientras Olivier se resentía de su enésima lesión en el hombro o, mi favorito: las series secuela de los Simpson, con la irresistible historia del Jefe Wiggum como investigador privado en Nueva Orleans.


¡Sapristi! Gente con barba en el bosque, uno canadiense y otro rubio. Si no se trata de Crazy Horse, tienen que ser los seis enanitos (el árbol cuenta, por supuesto)


Aunque si hay que destacar un momento, en términos estrictamente musicales, que refleje de manera directa lo que queremos decir (y que no sea una historia de ficción) nos quedamos con Crazy Horse, el disco homónimo que sacó Crazy Horse al mercado poco después de unir su nombre al de Neil Young para los anales de historia, convirtiendo a Neil Young & Crazy Horse en una marca de fábrica que dura hasta nuestros días (si después de esta sopa de letras nominativa no les duele la cabeza lo más mínimo, les recomiendo que vayan a Cifras y Letras, que se llevan el premio gordo.

Crazy Horse, el grupo, nació en la soleada california, formado por el talentoso guitarrista y compositor Danny Whitten, el bajista Billy Talbot y el baterista Ralph Molina como núcleo del grupo. Su primera formación, que data de 1962, se mantuvo con el nombre de Danny & The Memories el suficientemente tiempo para darse cuenta de que el nombre no funcionaba y cambiarlo por The Rockerts (aunque no fue sólo su identidad la que cambiaron, ya que consideraron que los grupos vocales no vivirían su apogeo hasta los 80, con los Solfamidas, de modo que se pasan al Rock&Roll) El grupo, que en esos momentos cuenta con cinco miembros estables y un violinista para escenas peligrosa, debutan con un álbum homónimo (muy estimable) que puede encontrarse buceando por blogs ajenos.


Las fotos de calidad 'variable' y el desenfoque gaussiano ha hecho milagros por la carrera y autenticidad de muchos grupos.


The Rockets
fueron hijos de su década, adoptando el pop psicodélico tan de moda entonces y estableciendo su campo de operaciones en San Francisco, cuna de todas las cosas que molaban, excepto de la bomba que bota, patrimonio y orgullo de Manchester. En su sonido, ya destacaba el muro rítmico de Talbot y Molina, así como el talento de Whitten escribiendo canciones. características que no pasaron desapercibidas para Neil Young quien, en 1968, y tras un par de actuaciones e improvisaciones de prueba les propuso convertir al trío en su banda de acompañamiento, de la misma manera que caían las broncas en casa cuando eras el pequeño de una larga saga familiar (en orden descendente en edad y ascendente en la fuerza de la colleja que te tocaba).


Young contó con el grupo para su siguiente disco, el gran Everybody Knows This Is Nowhere, con unas profundas y marcadas señas de identidad: melodías infalibles, largos trabajos de guitarra que perdurarían en el sonido de Young y que producen una digestión lenta en el oyente, casi tanto como una comida con pacharán de postre,. Con este disco se iniciaba una de las más longevas y discontinuas asociaciones de la historia de la música.

Como decimos, Neil comenzó a jugar al sile/nole con los Crazy Horse. Contó con ellos en Everybody, luego cambió de aires uniéndose a Crosby, Stills y Nash en el legendario Déjà vu, contando con el grupo de nuevo en su siguiente disco en solitario: After the Gold Rush, pero sólo en tres canciones. El grupo, por su parte, no pierde el tiempo y mientras Neil saltaba de flor en flor, ellos reclutaban a dos secundarios de lujo del mundo musical: Jack Nitszche (mano derecha durante muchos años de Phil Spector, tanto que hasta se me parecen físicamente), fino productor y arreglista de algunos de los temas más grandes de la música y al guitarrista Nils Lofgren, al que Bruce Springsteen debe parte de su sonido con su banda. Con el apoyo de Young en algunas composiciones y la producción de Bruce Botnick (Love, The Doors) configuran un debut que nada tiene que envidiar al trabajo de Young de esos años.

El disco es una colección de temas que beben de varios estilos y que cuentan con al menos tres voces principales. Una fórmula arriesgada, pero que aquí funciona de manera muy cohesionada, tan difícil de conseguir como una bechamel sin grumos (se agradecen comentarios respecto a esto, razón: cocinero inexperto, pero con voluntad). Así, Crazy Horse sorprende con el pop danzarín de 'Gone Dead train', con su estupendo trabajo de bajo y un estribillo a tres voces realmente irresistible. 'Dance, Dance, Dance', es una de la canciones que Young cedió al grupo, festiva y con con fiddle autóctono, nos muestra otra faceta más del grupo. El pop de gran armonía vocal es rescatado en 'Look at all the Things' de Whitten, que da paso a 'Beggars Day', que firma Nils Logfren y que cambia el tercio, ofreciendo un sonido ampuloso. Por no romper la tónica de encontrarnos con grandes temas en diversos estilos, Whitten escribe y canta 'I Don't Want to talk About It', balada de las que dejan poso y que no necesita de mecheros encendidos para tocar la fibra sensible (con el slide de Ry Cooder es suficiente). Más famosa por la versión que hizo Rod Stewart, pasará a la historia (o no) por ser una de las canciones favoritas de Rob Fleming, el prota de Alta Fidelidad (versión libro). El pulso del caballo desbocado se recupera con 'Dowtonwn' que cuenta con un gran trabajo de los dos guitarristas del grupo, lo que se repite en 'Dirty Dirty' o 'I'll Get By'. Jack Nitzsche es el último en sumarse a la fiesta, pero entrega dos grandes gemas pop: "Carolay" y "Crow Jane Lady", preciosistas y de estructura sorprendente, funcionan como canción pegadiza y como dato para saber cuándo un grupo puede ofrecerte más de lo que esperabas.

Danny Whitten en una de sus fotos a lo 'Gaizka Mendieta'.


El disco termina dejando una sensación de hacia dónde podría haberse desarrollado la música de Crazy Horse que lamentablemente nunca pudo llevarse a cabo (Whitten perdió sus mejores años en la heroína y murió poco tiempo después), aunque Molina y Talbot lo volvieron a intentar una año más tarde con Loose (del que hay variopintas opiniones según el crítico influyente al que sigas) y posteriormente con At Crooked Lake.

Fue una lástima que este grupo (formado por secundarios en esto de la música) no pudiera repetir esta fórmula y haber seguido entregando buenas canciones, pero no creo que ninguno de los participantes (que han tenido sus momentos de estrellato y gloria pero siempre de manera muy moderada) cambiara la creación de momento tan glorioso como este disco por cualquier otra cosa (a menos que se ofreciera un aparato para tener razón siempre, por el cual vendería mi alma, dos veces). De hecho, si lo pensamos fríamente, no sé si yo mismo cambiaría un momento de gloria por un montón de momentos medianos, más aún si tenemos en cuenta lo que significa mediano para según qué personas, pero ejemplo, para Zara significa que careces de hombros, tienes cintura de avispa y pecho palomo. Si eso es mediano, perdónenme, pero me quedo con este disco y con mi perfil Bertín Osborne.

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Vuestro amigo en el tiempo, Tomás Verlein


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jueves, 20 de mayo de 2010

El Country Indie Modernillo: Los inicios y Uncle Tupelo


Uncle Tupelo - Anodyne (1993)


A principios de los noventa el mundo se debatía como El Nota si era tolerable la agresión a Kuwait. Musicalmente se buscaban revolucionarios incluso entre la discografía de Mocedades. Algunos decían que los más modernos eran aquellos que hacían quemar zapatillas (Nike de punta larga) en las pistas de baile, otro apostaban por el grunge y sus derivados con, siempre, zapatillas muy sucias. Nosotros, que siempre hemos sido raros pero con buen gusto por el chorizo de matanza y las peleas entre vecinos del pueblo por las tierras colindantes, apostamos por los sonidos camperos que siguieron el rebufo del No Depression de Uncle Tupelo. Así es, los revolucionarios hacían música Country, y visto a día de hoy, estos discos han envejecido de muy buena manera y sin liftin de por medio. Aviso: Estos días (según el espacio tiempo diferente a garajeland serán semanas) guarden la corbata y los zapatos que viajamos al campo a respirar aire puro.


Uncle Tupelo o la próxima película de Fernando León de Aranoa



Uncle Tupelo no nacieron ni en Nashville, ni en nada que se acerque mínimamente a zona americana del Country. Dos colegas de colegio, Jay Farrar y Jeff Tweddy, crecen escuchando discos de las más puras raíces americanas, pero para no parecer unos bichos raros, también bandas de Punk. La pasión por estos sonidos les lleva en 1990 a embarcarse en la grabación de su primer disco, No Depression, sin un solo centavo en el bolsillo, y siendo timados por la compañía discográfica que se queda con todos los derechos de autor del álbum logran un éxito de ventas absolutamente lamentable. Aunque para sorpresa de propios, extraños, Kodos y Kang, algunos críticos musicales, pero sobre todo muchas bandas, ven en este disco un espejo en donde mirarse para componer y tocar canciones. Hasta tal punto, que todo el movimiento del Country Alternativo lo denominan No Depression (algún crítico con la interminable chorra lista de etiquetas lo llama Americana).


Estragos de la New movida Madrileña



Poco a poco el grupo consigue (ligeras) mejorías en las condiciones de grabación de sus siguientes discos, Still Feel Gone, y con el tercer álbum March 16-20 les echa el lazo un personaje que suele tener buen ojo para esas cosas pese a que no se quita las gafas de Sol ni para entrar al cine, Peter Buck de REM. Siguen sin llegar al éxito masivo, pero fichan por una multinacional como Warner para la grabación de Anodyne. Atrás quedan los músicos que han pasado por el ciclón de egos de Farrar y Tweedy, a los que no voy a nombra salvo a uno: Bill Belzer, baterista al que se despidió de forma amistosa porque según palabras del propio Tweedy, era gay, lo sabía y no hacía muchos ascos en no demostrarlo. La jugada de largarle no salió del todo mal, su sustituto, Ken Coomer, aparte de ser muy alto era un excelente batería que posteriormente tuvo un importante papel en los primeros discos de Wilco.

Anodyne sería el último disco de Uncle Tupelo. Farrar y Tweedy no se podían ni ver: en los conciertos se peleaban por hablar delante del micrófono recordando al público asistente que para aprender buenas normas de educación es mejor ver Bertiniños, el nuevo programa de nuestro adorado Bertín Osborne. Farrar se ponía mohíno al ver que Tweedy acariciaba el pelo de su novia y todo derivó en que Tweedy se enteró de que la banda se disolvía a través del manager del grupo, y anécdotas por el estilo, que de contarlas todas serían más largas que la lectura de la biblia por parte de Jesús Hermida. Ni que decir tiene que los dos no han vuelto a trabajar juntos y han rescindido el contrato que tenían con el dúo de Amena para llamarse al móvil por un céntimo el minuto.


La entrada de su último concierto. Si el afortunado la hubiera sacado a través de ServiCaixa ya tendría las letras borradas y un bonito cartón amarillento.



Con semejante ambiente graban Anodyne en Austin, en donde el buen amigo productor, Brian Paulson tuvo que lidiar con grabaciones en directo y en donde Farrar y Tweedy intentaban no coincidir en la misma sala. Tweedy se libera de su trabajo en el bajo gracias a la contratación de John Stirratt y a Max Johnston le dejan el trabajo sucio con cualquier instrumento de cuerda que pase por sus manos. Lo increíble de todo, es que Anodyne suena estupendamente bien. Algunas de sus canciones son excelentes y altamente recomendables, por citar algunas, “The Long Cut”, “Give Back The Key To My Heart”, “New Madrid” o “We´ve Been Had” deberían (como poco), formar parte de los largos paseos de Labordeta por el campo. Un disco maravilloso grabado en un contexto que no propiciaba en absoluto la calidez del resultado final. Las influencias de Gram Parsons y sus derivados son evidentes, también las de Neil Young o Gene Clark, quizás también las de Bob Dylan, y a lo mejor también las de los Flying Burrito Brothers, Hank Williams, etc. La mayor diferencia es que estos dos elementos habían crecido escuchando punk y supieron llevar sus influencias a un mundo en el que predominaba la polución sonora por encima del puro y tierno campo.


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Os dejamos con un video presentado por el hombre que entrevistó a Bart Simpson cuando éste se hizo famoso. Para el primero que vea la cara de Jay Farrar habrá premio.


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